Gabriel García Márquez (Aracataca Colombia 1927-Ciudad de México 2014). Foto: Archivo
Alrededor de las 14:50 del 17 de abril del 2014, en la Ciudad de México, falleció Gabriel García Márquez. Era Jueves Santo. Yo me enteré en la procesión de Jesús de Candelaria, cuando el cortejo iba sobre la 3ª. avenida entre 9ª. y 8ª. calles de la zona 1 y probablemente la imagen del Nazareno estaba pasando por la Capilla del Señor de las Misericordias, para cruzar de la 1ª. avenida hacia la 11 calle. Me lo comunicó una amiga con quien compartimos el gran gusto por la literatura. Yo iba de cucurucho y les comuniqué la noticia a mis amigos compañeros de filas con quienes caminábamos aquel Jueves Santo. Me enteré frente a la histórica barbería Pompadour, la cual fue declarada en el 2008 por el Ministerio de Cultura y Deportes como “Punto de Identidad del Centro Histórico”, propiedad del famoso barbero don Rolando López Ávila. Me entristecí y pensé inmediatamente en mi padre, gran lector y buen conocedor de la obra de García Márquez. No sabía si mi papá estaba al tanto del lamentable acontecimiento, pero lo que se me vino a la mente es que al nomás verlo tenía que decírselo, aunque ya lo supiera. Al poco tiempo, recordé que Úrsula Iguarán, personaje fundamental de Cien años de soledad, una de las emblemáticas novelas de García Márquez, murió un Jueves Santo:
“Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados.
Amaneció muerta el jueves santo. La última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años. La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para morirse en los dormitorios”.
La narración de los eventos de la muerte de Úrsula Iguarán sugiere una relación con lo profundamente simbólico y los potentes significados de los denominados «Días Grandes» en la Semana Santa, sobre todo como se entienden en muchos lugares de Hispanoamérica. Podría asumirse que el entierro ocurrió el Viernes Santo o el Sábado Santo, llamado también Sábado de Gloria. La tradición cristiana católica ha configurado por siglos una serie de prácticas en esos días, con simbolismos luctuosos por la pasión y el martirio de Cristo, y de representación de la institución de la eucaristía, escenificados con los colores morado, rojo, negro, dorado y blanco; pero también por medio de actos en las iglesias, en las calles y en las casas, en los cuales el silencio y la recordación de la muerte constituyen el núcleo figurativo: el sonido seco, repetitivo y hasta desapacible de las matracas; el silencio; los ornamentos fúnebres; los ropajes de penitencia y duelo; los rostros cubiertos de los penitentes; las imágenes del interior de los templos que quedan fuera de la vista pública; la solemnidad de los ritos; los rezos; las luces tenues de las velas; los llantos; los sonidos del viento; la sensación de un tiempo distinto. Todo esto se encuentra representado, aunque con otros símbolos, en los eventos que sucedieron previo a la partida eterna de Úrsula Iguarán y durante sus funerales. El peso del Jueves Santo que se siente en los imaginarios, las cosmovisiones y las cosmogonías latinoamericanas se sintió también con la magnánima Úrsula Iguarán. Ella procuró proporcionarle un camino de ética recta a las bases de la familia Buendía, de la cual ella era fundadora por ser la esposa de José Arcadio Buendía, con quien inició la historia y la genealogía que compone Cien años de soledad, procreando a José Arcadio Buendía, Aureliano Buendía (quien llegó a convertirse en el coronel Aureliano Buendía) y Amaranta Buendía. En el cristianismo, el protagonista de la nueva guía para la humanidad es un hombre, Jesús o Cristo, mientras en Cien años de soledad ese papel lo tiene desde el principio una mujer: Úrsula.
No puedo asegurar que Gabriel García Márquez concibió a Úrsula Iguarán con esa intención, pero al ir creando la historia se entretejieron desde el inconsciente y la conciencia latinoamericana del escritor, criada en el realismo mágico de nuestras culturas, todos los elementos que cruzaron e integraron esas visiones de lo simbólico en lo espiritual de las identidades que nos conforman.
En ese mismo contexto de la muerte de Úrsula, el sacerdote de Macondo, el pueblo fantástico inventado por García Márquez que es la representación de todos los pueblos latinoamericanos, el padre Antonio Isabel, cuyo nombre completo era Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero, habla desde el púlpito en la misa de Domingo de Resurrección, tratando de explicar los extraños acontecimientos. Si en el relato teológico de la resurrección de Cristo esta se representa como la esperanza más grande, pero que debe saberse encontrar e incluso buscar, en Cien años de soledad ese domingo es precisamente una búsqueda de otro tipo: la que procura explicar lo complejo que puede ser el mundo:
“Al principio se creyó que era una peste. Las amas de casa se agotaban de tanto barrer pájaros muertos, sobre todo a la hora de la siesta, y los hombres los echaban al río por carretadas. El domingo de resurrección, el centenario padre Antonio Isabel afirmó en el púlpito que la muerte de los pájaros obedecía a la mala influencia del Judío Errante, que él mismo había visto la noche anterior. Lo describió como un híbrido de macho cabrío cruzado con hembra hereje, una bestia infernal cuyo aliento calcinaba el aire y cuya visita determinaría la concepción de engendros por las recién casadas. No fueron muchos quienes prestaron atención a su plática apocalíptica, porque el pueblo estaba convencido de que el párroco desvariaba a causa de la edad. Pero una mujer despertó a todos al amanecer del miércoles, porque encontró unas huellas de bípedo de pezuña hendida. Eran tan ciertas e inconfundibles, que quienes fueron a verlas no pusieron en duda la existencia de una criatura espantosa semejante a la descrita por el párroco, y se asociaron para montar trampas en sus patios. Fue así como lograron la captura”.
En esta parte se menciona al llamado Judío Errante, personaje mítico de la tradición oral, probablemente surgido en Europa durante el siglo XIII, de quien se dice se burló de Cristo en la vía dolorosa, mientras otras versiones dicen que se negó a darle agua mientras iba a su crucifixión, por lo que Dios lo condenó a deambular por el mundo hasta la segunda venida de Jesús, llamada también Parusía. El Judío Errante forma parte de las leyendas de la Semana Santa en muchos lugares de España y de América Latina, incluyendo Guatemala.
La mención a la Semana Santa en otras obras de Gabriel García Márquez es mínima, pero está con una enorme carga simbólica. En el cuento En este pueblo no hay ladrones, que forma parte del libro Los funerales de la Mamá Grande, hay una mención directa a la Semana Santa y aparecen los símbolos luctuosos para darle al ambiente la atmósfera de algo funesto. El relato trata de un robo en el billar del pueblo, cometido por Dámaso, personaje que al no encontrar dinero se lleva las bolas de juego. Esto deja sin la posibilidad de una importante distracción para los hombres del lugar, por lo que don Roque, el propietario del salón, debe avisar a la clientela, creándose un ambiente de fatalidad:
“El salón se abrió el lunes y fue invadido por una clientela exaltada. La mesa de billar había sido cubierta con un paño morado que le imprimió al establecimiento un carácter funerario. Pusieron un letrero en la pared: “No hay servicio por falta de bolas.” La gente entraba a leer el letrero como si fuera una novedad. Algunos permanecían frente a él, releyéndolo con una devoción indescifrable. Dámaso estuvo entre los primeros clientes. Había pasado una parte de su vida en los escaños destinados a los espectadores del billar y allí estuvo desde que volvieron a abrirse las puertas. Fue algo tan difícil pero tan momentáneo como un pésame. Le dio una palmadita en el hombro al propietario por encima del mostrador, y le dijo:
—Qué vaina, don Roque.
El propietario sacudió la cabeza con una sonrisita de aflicción, suspirando: “Ya ves.” Y siguió atendiendo a la clientela, mientras Dámaso, instalado en uno de los taburetes del mostrador, contemplaba la mesa espectral bajo el sudario morado.
—Qué raro —dijo.
—Es verdad —confirmó un hombre en el taburete vecino—. Parece que estuviéramos en semana santa”.
En otro de los cuentos de Los funerales de la Mamá Grande, esta vez en el titulado Un día después del sábado, nuevamente el padre Antonio Isabel dice que vio al Judío Errante: “…Os juro que lo vi. Os juro que se atravesó en mi camino esta madrugada, cuando regresaba de administrar los santos óleos a la mujer de Jonás, el carpintero. Os juro que tenía el rostro embetunado con la maldición del Señor y que dejaba a su paso una huella de ceniza ardiente.”
Para García Márquez, las referencias a la Semana Santa no son superficiales y mucho menos poca cosa: forman parte integral del realismo mágico de América Latina, porque la Semana Santa con todos sus significados y significantes está en nuestras representaciones e identidades, seamos o no creyentes, simbolizando muchas de nuestras emociones en la dialéctica de lo profundas que son nuestras sociedades, desde la tristeza hasta la vestimenta para el amor, como aparece en El amor en los tiempos del cólera, otra obra cumbre del Premio Nobel de Literatura de 1982:
“Se había puesto una levita de paño negro de las que ya no se usaban sino para los
entierros y los oficios de Semana Santa, un cuello de pajarita con la cinta de artista en lugar de la corbata, y un sombrero hongo”. Ahí está la Semana Santa, en momentos precisos de algunos libros de Gabriel García Márquez, en impetuosa imagen dentro de muchas que definen los pasos latinoamericanos, tan bien precisados en las letras del nobel colombiano durante toda su trascendental obra.
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