Es un derecho natural igual a los demás derechos naturales como el de las personas a ser libres o el de vivir. Y, cuando un pueblo logra cumplir o realizar este derecho se convierte en una nación. Tal como ocurrió en el siglo XIX europeo con Alemania e Italia en donde líderes políticos como Bismark, Garibaldi y Manzzini, actuaron y lucharon para lograr que los diversos estados y reinos en que vivía un mismo pueblo se unificaran en un solo Estado. A partir de ese momento se constituyó o nació el pueblo-nación alemán e italiano. O mejor, la nación alemana e italiana con el poder estatal administrativo y militar en manos de sus pueblos.
Ahora bien, fue en estos dos países, como se sabe, donde surgieron en la década de los años 20 del siglo pasado, unos pocos decenios después de haberse formado como estados nacionales, unos partidos y movimientos nacionalistas poderosos: el partido nacional-socialista promovido y dirigido por Hitler y el partido fascista promovido y encabezado por Mussolini, que pretendieron ser los representantes políticos legítimos y auténticos de estos pueblos erigidos recientemente en naciones únicas y unificadas, y que, en efecto, consiguieron serlo al conquistar con sus discursos y mensajes la mente y el corazón de millones de miembros de sus pueblos que hacía pocos decenios se habían convertido en naciones. Discursos, en los que afirmaban, en especial, el del partido nacional-socialista de Hitler, la supremacía de su pueblo-nación sobre los demás, en especial con respecto a los que carecían de instituciones estatales propias, y eran de origen no europeo, como los semitas asiáticos judíos, porque el pueblo alemán era un pueblo ario étnicamente superior, es decir, un pueblo que por naturaleza era superior a los semitas judíos. Por esta razón, adquirían el “derecho” legítimo de ejercer políticamente ese poder natural étnico superior que tenían, es decir, de convertir ese poder natural superior en un poder político superior total y absoluto, en un poder totalitario, a través del que pudieran asegurar y afirmar la superioridad racial que tenían.
Es pertinente, entonces, preguntar de nuevo por qué una gran mayoría del pueblo alemán aceptó, sin reservas y objeciones, el contenido de este discurso o mensaje del partido nacional-socialista de Hitler. Podemos decir, que existieron dos razones principales. La primera, porque muchos miembros de la población cristiana alemana, como también de la población europea, rechazaban, desde los tiempos medievales, a los judíos debido a que sus antepasados pidieron, 20 siglos atrás, al cónsul romano Poncio Pilatos, que condenara a Jesús, fundador de su religión a morir crucificado. Y, también los odiaban porque durante muchos siglos fueron los únicos que prestaban dinero con interés, generalmente altos, a muchos miembros de la sociedad. Actividad, que, si bien era condenada por la Iglesia católica, y, por lo tanto, las autoridades estatales prohibían ejercerla a los cristianos, muchos recurrían a ellos, desde monarcas, nobles propietarios de tierras, comerciantes y artesanos, para solicitarles préstamos monetarios que recibían a cambio de pagarlos con altos intereses. Pero, esta condición de los préstamos, la veían y sentían como un abuso injusto y arbitrario que cometían los judíos contra ellos. Eran usureros necesarios, pero despreciables. Uno de los mejores ejemplos literarios que muestra y trata este fenómeno es El mercader de Venecia de Shakespeare. El llamado antisemitismo de los pueblos europeos tiene, entonces, sus raíces en estos factores históricos.
Sin embargo, este término es en realidad equivocado, o por lo menos, impreciso porque la gran mayoría de los judíos europeos no son semitas. Son descendientes de antepasados europeos medievales, rusos ucranianos, polacos, checos o alemanes, que se convirtieron a la religión judía, que se judaizaron, jalonados por los jázaros, un pueblo oriental que había adoptado esa religión tiempo antes, y que emigró a tierras europeas. Por eso, la inmensa mayoría de personas que los nazis mataron en las cámaras de gas no eran semitas, sino europeos, y una parte de ellos arios como ellos. Lo que hicieron los nazis en realidad fue sacrificar la vida de muchos seres humanos que pertenecían a la “raza aria” de la que ellos hacían parte, y que consideraban superior. Esta es, sin lugar a dudas, una de las grandes trágicas ironías de la historia.
Ahora bien, la segunda razón que explica por qué una gran parte de la población alemana aceptó y reconoció como válido o verdadero este mensaje o discurso de los nazis fue porque lo sintieron verdadero, sintieron o creyeron que reflejaba perfectamente lo que en realidad eran como pueblo. Fue un discurso que les decía con claridad, lo que muchos de ellos, creían y sentían en el interior de su ser. De tal manera, que esta creencia y sentimiento lo convirtieron en el criterio que definía la verdad de ese mensaje político del partido nazi, haciendo suya, sin saberlo, la sentencia de Kierkegaard de que “La verdad es subjetiva”, es decir, que es verdadero todo lo que los seres humanos creen o sienten que es verdadero.
Sin embargo, al creer que era verdad lo que sentían que lo era, los miembros del pueblo alemán desconocieron las dos máximas centrales que la Ilustración enseñó a los seres humanos. La primera, que todos los seres son por naturaleza iguales, más allá de sus diferencias étnicas, socio-económicas, culturales o históricas. Y, la segunda, la de obligación racional de probar en los hechos y estados de cosas de la realidad, lo que afirman o sostienen con sus palabras y discursos. Tal vez, porque no se las enseñaron bien los maestros en las escuelas, y menos los padres en sus familias. De ahí, que no aprendieron bien, o no aprendieron, que son iguales a todos los más pueblos. Y, tampoco, aprendieron bien a preguntar siempre de manera reflexiva, si es verdad en realidad lo que se dice o se afirma que es verdad. Carencia, relativamente paradójica y sorprendente en un pueblo que tenía un gran número de personalidades, que, desde los albores de los tiempos modernos, hicieron excepcionales aportes a las ciencias, la filosofía, la literatura y las artes, que, sin embargo, se explica, en parte, por no haber recibido o asimilado bien en sus mentes las enseñanzas de la Ilustración, como acabamos de decir.
Entonces, si la mayoría de los miembros del pueblo, o por lo menos, una parte importante, hubiera aprendido e interiorizado bien en sus mentes estas dos enseñanzas de los pensadores ilustrados, entre los que se encontraba y destaca su compatriota Emanuel Kant, seguramente no hubieran aceptado este mensaje del partido nazi. Lo hubieran objetado y rechazado por ser falso.
Horkheimer y Adorno, sostuvieron en su clásico libro La dialéctica de la Ilustración que la Ilustración postuló la necesidad que los seres humanos se liberaran de las ilusiones religiosas y del poder de los mitos mediante el uso de su razón. Sin embargo, al usarla los seres humanos modernos incrementaron enormemente el poder o dominio que tenían sobre la naturaleza externa y, también, sobre la interior de sí mismos, convirtiendo, entonces, a la Ilustración en nuevo mito, el que afirma y sostiene este poder o dominio que ejercen los hombres sobre la naturaleza externa y sobre la propia interna. Los nazis, entonces, usaron este dominio que ejercerían los seres humanos sobre su naturaleza interior con el propósito siniestro de convertirla en un dominio sobre los hombres mismos. Hitler, y su partido nacional-socialista, transformaron el dominio, que, los hombres ejercían con su razón sobre su propia naturaleza, en un dominio sobre los hombres mismos. De tal manera, que, al alcanzar el control de los aparatos del Estado racionalizado, los comenzaron a usar para dirigir el dominio sobre los propios seres humanos que habían aprendido usar su razón para dominar su naturaleza interior o sus impulsos naturales, hasta convertirlos en objetos de su dominio político completo y absoluto. Los nazis con el poder político de su partido y de los aparatos estatales hicieron, que los seres humanos modernos, que se habían erigido, gracias a la Ilustración, en sujetos racionales autónomos y libres, se convirtieran en lo contrario, en objetos carentes de libertad y sujetos a la voluntad omnímoda de los directivos y miembros de estos poderes políticos.
Sin embargo, lo que en realidad ocurrió fue lo contrario de lo que sostienen estos ilustres pensadores críticos de la Ilustración. El éxito político de los nazis no se debió a que transformaron el dominio que los hombres conducidos por el pensamiento ilustrado comenzaron a ejercer sobre su naturaleza interior, sobre sus impulsos irracionales, en el dominio político que algunos de ellos comenzaron a ejercer sobre los demás. Sino, al hecho que la gran mayoría de los hombres y mujeres del pueblo alemán no aprendieron bien y profundamente estas enseñanzas de la Ilustración, y, por lo tanto, no se pudieron arraigar o sedimentar en sus mentes, hasta convertirse en partes, casi naturales, de sí mismos. El hecho, que, muchos alemanes no hayan aprendido estos dos principios básicos de la Ilustración, y, los que los aprendieron, no los arraigaron o interiorizaron suficientemente bien en sus mentes, fue la razón fundamental que los condujo aceptar, sin mayor dificultad o reserva, el mensaje falso de los nazis que les decían que eran un pueblo étnicamente superior a los demás, y, por lo tanto, también lo eran política, histórica y culturalmente.
Por eso, es siempre urgente repetir y recordar, una y otra vez, en las escuelas y universidades, y, en todos los espacios públicos y privados de todos los países, estas dos lecciones fundamentales de los pensadores ilustrados. Solo si quienes han aprendido estas dos lecciones, las enseñan continua y permanentemente a los demás, se puede evitar el riesgo que, muchos miembros de sus sociedades, caigan presos de este mensaje, o de mensajes semejantes, que afirman la superioridad o supremacía de un determinado pueblo-nación sobre otros. En este sentido, la Ilustración está, y seguirá vigente en el horizonte cultural de los pueblos y sociedades modernas, así muchos pensadores valiosos, como Horkheimer y Adorno, se hayan empeñado en desacreditarla en su libro La dialéctica de la Ilustración, y en otros textos.
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