La muerte y la comprensión de la existencia

El hecho de comprender el carácter mortal ineludible de nuestra existencia, el hecho de reconocer que está constituida por este fin inevitable, tiene un significado fundamental: el de que nos da la posibilidad de comprender todo lo demás que hace parte de esa existencia y de su mundo.

Camilo García Giraldo

febrero 22, 2026 - Actualizado febrero 21, 2026

Martin Heidegger, fundador de la hermenéutica filosófica, mostró en su gran libro Ser y tiempo que somos, ante todo, seres de comprensión, que el comprender es una condición original y primaria de nuestra existencia. Cuando comprendemos algo de nosotros mismos o del mundo que está inscrita o “arrojada” nuestra existencia, nos constituimos como seres humanos, o mejor, nuestro existir se torna humano. Y, el primer y más decisivo acto de comprender, es el de comprender el carácter finito y mortal de nuestra existencia, el de comprender o reconocer en nuestro interior que nuestra existencia tiene el fin inapelable e ineludible de la muerte, que somos seres-para-la-muerte; es decir, que la muerte hace parte integrante de nuestra existencia como su fin y término. Y, cuando, comprendemos esta verdad esencial de nuestro ser y existir, le damos una dimensión auténtica a ese existir, porque precisamente integramos la finitud que ES en nuestra interioridad.  

El hecho de comprender el carácter mortal ineludible de nuestra existencia, el hecho de reconocer que está constituida por este fin inevitable, tiene un significado fundamental: el de que nos da la posibilidad de comprender todo lo demás que hace parte de nuestra existencia y del mundo. Esta comprensión es en el fondo una pre-comprensión o comprensión previa indispensable que nos permite la posibilidad misma del comprender. Y esto es así, porque al comprender la finitud mortal de nuestra existencia descubrimos y comprendemos que solo podemos comprender lo que es finito, lo que tiene fin; que la finitud es la condición que debe tener todo ente, cosa o fenómeno de nuestra existencia o del mundo para poderlo comprender. Lo que no es finito, lo infinito, no se puede nunca comprender, es en esencia incomprensible porque no lo podemos abarcar o integrar en nuestro espíritu. Es decir, no podemos como seres finitos y temporales la totalidad infinita integrar en nosotros la totalidad infinita del mundo. Los seres finitos como nosotros no podemos incorporar lo infinito en nuestro ser.

Por esta razón, si nuestra existencia no tuviera fin, si no fuera mortal, no la podríamos comprender; y, al no poderla comprender, carecería totalmente de sentido, se convertiría en una existencia sin sentido. Esto es lo que precisamente nos mostró, Jorge Luis Borges en su gran relato El inmortal. En efecto, Borges nos relata aquí, que Marco Flaminio Rufo, un tribuno militar romano, queda fascinado por la historia en la que un jinete desconocido le revela, antes de morir, la existencia de un río que le da una vida inmortal a los que beben de sus aguas. Sale, entonces, en su búsqueda en compañía de doscientos soldados, cedidos por el procónsul de Getulia, junto con algunos mercenarios reclutados por él mismo. Tras perder a sus hombres en el desierto, encuentra un río de agua arenosa del que bebe, sin saber que era el río que buscaba, y, que, los trogloditas que vivían cerca de él eran los inmortales.

Pero, al hacerse inmortal Marco Flaminio Rufo descubre al poco tiempo que esta condición es una especie de castigo insoportable, porque lo priva de encontrar o tener algún sentido para su vida. Pues, comprendió en ese momento, lo que Heidegger puso de presente o nos hizo comprender en términos filosóficos: que, es precisamente el carácter temporal, mortal y finito de la existencia la que le da a los hombres la posibilidad de comprenderla, de integrarla en su ser, y así, darse un fin o un sentido determinado que la sostenga en el tiempo finito que dura.  

Esta comprensión de la finitud mortal, como condición esencial de la posibilidad, del comprender mismo, forjada por Heidegger y Borges, fue un acontecimiento filosófico de gran magnitud, porque contribuyó a forjar la comprensión de los hombres modernos sobre la realidad de su existencia y del mundo. Y, también, porque socavó la creencia de las religiones monoteístas que había dominado la mente de millones de seres humanos en el pasado histórico, de que el verdadero y más profundo sentido o fin de la existencia era vivir una vida sin fin, sin la presencia de la muerte, una vida inmortal plena y completa. Una nueva vida que comenzaría a ser real después que ocurrieran sus muertes naturales, siempre y cuando hubieran cumplido los preceptos éticos que Dios les había dado y enseñando. Y la socavó, porque puso en evidencia la necesidad que tienen los hombres, de comprender y reconocer su ineluctable finitud para darle un sentido sus existencias reales inscritas en el devenir del tiempo.

Pero, también, porque gracias al profundo relato literario de Borges, ha quedo al descubierto la incoherencia e inconsistencia lógica que contiene esta promesa religiosa-divina de una nueva vida eterna, infinita y atemporal, después de sus muertes; una promesa de vida plena eterna y completamente llena de sentido que, sin embargo, resulta puramente ilusoria debido a que es en realidad imposible para todo ser humano vivirla en estas condiciones, con un determinado sentido que le dé fundamento y plenitud a su vida.

Por esa razón, en el caso supuesto o imaginario que los seres humanos, accedieran a esa vida eterna o inmortal después de sus muertes, comenzarían a vivir sin fin y sin término en el tiempo una vida carente de fin y de sentido. Al vivirla así, les surgiría el poderoso deseo, tal como le surgió al tribuno militar romano Marco Flaminio Rufo, de volver a ser mortales, para poder encontrar y dar un sentido a sus vidas, que las oriente, las sostenga en pie, y, las haga vivibles en el corto espacio de tiempo que duran.

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