La ciudad de la buena gente…

De acuerdo con algunas emisiones de radio y, últimamente, con algunos afiches visibles por aquí y por allá, el título anterior bien puede ser el nombre de la canción, en cuyo caso el estribillo en dicha pieza parece ser “todos somos buena gente…”; según se sabe o según se ignora, no se conoce el nombre del intérprete, tampoco el nombre del autor, aunque algo puede presumirse.

Rogelio Salazar de León

noviembre 8, 2026 - Actualizado noviembre 6, 2026
Crédito: AGN

Lo más probable es que más pronto que tarde se despejen los enigmas que envuelven a esta canción y a su estribillo, sobre todo si se recuerda que el año próximo es el que es en Guatemala, es decir año de elecciones.

A partir de sus características, la edulcorada cancioncita y su estribillo provocan el surgimiento de algunas cuestiones, por ejemplo: ¿es lo mismo tener algún sentimiento que fingirlo…? ¿es lo mismo sentir algo que hacer como si lo siento…? O bien, si se busca ser más preciso ¿es lo mismo escupir desde dentro de la casa hacia afuera que hacerlo de afuera hacia adentro…?

A propósito de esas preguntas, podría pensarse que, quien detenta el gobierno de la ciudad capital es como un animal de dos cabezas, que a veces parece listo y otras veces parece imbécil, es decir, que a veces, cuando se cree listo, logra confundir a la gente, pero otras veces, cuando hace el imbécil, parece confundirse a sí mismo y; desde luego, quien dice confundir dice engañar o despistar o desorientar.

Aunque eso pueda parecer un gran misterio, uno puede suponer que a veces un político cualquiera se dedique a cavilar: soy listo porque, a ratos, me doy cuenta de que es mejor desaparecer y alejarme del protagonismo y, a ratos, advierto que es conveniente recuperar la presencia y el protagonismo; pero soy imbécil porque, a fuerza de jugar a ser el animal de dos cabezas, a ratos (y hay que ver que cada vez van siendo más frecuentes), ya no sé ni quién o qué soy ni en quién o en qué me he convertido.

Cuando los habitantes de esta tacita de plata (que a estas alturas más parece ya una jarrilla desvencijada) encendemos la radio o la televisión y aparece, ya sea la imagen, o bien, la voz del vocero del tráfico hablando con una soltura desenfadada y abusiva de temas como la fluidez, los canales reversibles de tal hora a tal otra hora, de medidas consideradas o tomadas, de semáforos inteligentes y de última generación; y luego, en los mismos medios de comunicación oímos o vemos aparecer al vocero legal de la comuna hablando en un tono apremiante e inaplazable, amenazando o, directamente, sentenciando a transeúntes, motoristas, transportistas o simples usuarios de las vías públicas con multas que van desde los quinientos hasta el medio millón de quetzales, ambos funcionarios no parecen darse cuenta que, sin preverlo ni sentirlo, cada uno de ellos se ha metido en el territorio del otro y que, al hacerlo, han sido, el uno y el otro, el rostro de ese animal de doble mollera, que a ratos es el listo y a ratos el imbécil.

Tanto tiempo y tantas maniobras: más de veinte años de ignorar y de hacer como si se sabe, más de veinte años de no sentir nada y de fingir desde la vida hasta la muerte, más de veinte años de meter y volver a sacar la basura de los barrancos y los cementerios, más de veinte años de administrar servicios públicos a la vez que se los dinamita, más de veinte años de montar shows y denuncias dudosas en medios más dudosos, con el fin de desestabilizar equilibrios políticos y elecciones próximas, más de veinte años de alcanzar la cima y pent-houses, más de veinte años de escupir de adentro hacia afuera y de hacerlo también de afuera hacia adentro (quien dice escupir también puede decir orinar, por qué no…), tanto que, hasta les ha salpicado.

Si se consigue que todo quede contenido en una cancioncita y en un estribillo capaces de resumirlo o contenerlo o abarcarlo todo: las ignorancias, los fingimientos, las privatizaciones, las felices maratones; pero también si se consigue que quede sublimado en una cancioncita y en un estribillo que lo resuma, contenga y abarque todo: las horas perdidas en el tráfico, la ciudad partida en dos por el sueño absurdo de volar alto, los horarios del agua y la basura, los miles de motoristas muertos y lisiados, etc, etc, etc…

Sea como sea, hay canciones que no son sino ruido, y aun así entran en la gente y hasta en el hit parade; si se consigue que tirios y troyanos, propios y ajenos, listos e imbéciles tarareen la cancioncita y el estribillo: “La ciudad de la buena gente”… “Todos somos buena gente”…a lo mejor, se nos hace una vez más; aunque, mientras tarareamos, vayamos, en medio del tráfico, maldiciéndonos los unos a los otros. …“Yo soy otro”… ha dicho el poeta francés, desde la violenta lucidez de su adolescencia; lo mismo podría decir en esta ciudad cualquiera, desde la ventanilla de su carro, al voltear a ver a quien lo ve desde otra ventanilla, mientras ambos se constituyen, recíprocamente.

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