Hacia un Nuevo “Viejo Orden Mundial”

Con el colapso de la URSS finalmente se creyó llegar a esa estabilidad global tan ansiada. La democracia, los valores occidentales y el libre mercado fueron exportados a los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, el gran triunfo de Occidente y de los EE. UU. a la cabeza benefició más a las potencias emergentes que a los actores tradicionales.

Rafael Paiz Conde

febrero 15, 2026 - Actualizado febrero 14, 2026

Mark Carney, Primer Ministro de Canadá, en el Foro de Davos.

Hoy hablaré de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción agradable y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —la de las grandes potencias— no está sometida a ningún límite ni restricción.” Así comenzó el Primer Ministro canadiense, Carney, su alocución en el Foro de Davos el pasado 20 de enero. Las mismas sorprendieron por su dureza, pero desnudaron un secreto de Polichinela. Quizás más importante que el contenido del mensaje e incluso que el emisor fue la tribuna, ya que el Foro Económico Mundial ha sido utilizado desde 1971 por la élite occidental para dictar sus dogmas urbi et orbi en temas que van desde la geopolítica hasta el cambio climático, pasando por todos los retos globales.

La fórmula fue efectiva. De hecho, el discurso es un balde de agua fría que invita a la reflexión. ¿Estamos ante un nuevo orden mundial? ¿O, por el contrario, únicamente emerge nuevamente el mismo que siempre ha existido, esta vez desnudo de sus máscaras y disfraces? ¿Quizás también sea el fin de una anomalía histórica, en búsqueda de la estabilidad global luego de la Segunda Guerra Mundial, que empezó en Bretton Woods y duró ochenta años?

Para analizarlo, vale la pena regresar casi dos siglos en el tiempo. El Congreso de Viena de 1814-1815 fue la conferencia que reunió a las grandes potencias europeas al final de las guerras napoleónicas. Luego de conflagraciones casi ininterrumpidas desde la Paz de Westfalia, Europa estaba traumatizada. El equilibrio era imperativo. Para ello, se dejan atrás ideologías, reinos, razones y culpables. Lo único que priva en esta negociación es el pragmatismo que conduce a la estabilidad entre los más fuertes sacrificando lo que no sume a ésta.

El Príncipe Von Metternich, Lord Castlereagh y el Conde Nesselrode, representantes de los vencedores, fueron los cerebros detrás de ese Congreso. Sin embargo, rápido se percataron de que, si querían tener éxito, debían involucrar a los vencidos. Francia no podía ser humillada, ya que eso provocaría resentimientos y se convertiría en un foco de agresividad que pondría en riesgo el esquema político que buscaban. Para ello, convocaron al antiguo ministro de Napoleón, el marqués de Talleyrand. Fueron ellos quienes dibujaron un mapa de Europa donde prevalece el realismo sobre lo principios. Uno en el que se crean y sacrifican Estados en el altar de la estabilidad.

Fue en Viena también que la suerte de España quedó trágicamente sellada. Pese a su importancia histórica, a haber resistido heroicamente a los invasores franceses y ser fundamental para el triunfo coaligado, la torpeza del Marqués de Labrador provocó su fracaso en la negociación. Sumado a esto, la incapacidad de mantener por sí sola sus territorios ultramarinos, así como su intrascendencia política y económica en ese momento, la excluyeron del Concierto Europeo.

Abandonada a su suerte, era cuestión de tiempo que perdiera su imperio en América. El vacío de poder rápidamente fue llenado por un nuevo actor hegemónico, los EE. UU. Bastó menos de una década para ello. Con los europeos concentrados en su continente, el secretario Adams diseña para su joven nación lo que se conocerá como la Doctrina Monroe, basándose en la separación total de los asuntos del Viejo y del Nuevo Mundo, delimitando gracias al poder el equilibrio entre ambos hemisferios.

El sistema funcionó relativamente bien hasta 1914. La industrialización de la masacre y la mundialización de los conflictos lo agotaron. Tan solo en los primeros cuarenta años del siglo XX murieron más de 120 millones de personas. La humanidad se volvió a traumatizar ante estos hechos. El miedo ante la posibilidad de extinguirse obligaba a un nuevo orden, uno en el que las instituciones multilaterales englobaban una serie de mecanismos que daban la impresión de ser justos y equitativos con todos los Estados, sin importar su tamaño, su poder ni su ubicación. La prosperidad de todos era una utopía.

Se dejaba atrás, aparentemente, la época de las relaciones de poder y pragmatismo y se ingresaba en una era de buenas intenciones y cooperación. El uso de la fuerza era restringido y justificable únicamente con fines precisos, buscando siempre un bien mayor. Pronto se vio que la realidad era diferente.

Con el colapso de la URSS finalmente se creyó llegar a esa estabilidad global tan ansiada. La democracia, los valores occidentales y el libre mercado fueron exportados a los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, el gran triunfo de Occidente y de los EE. UU. a la cabeza benefició más a las potencias emergentes que a los actores tradicionales. Esto generó resentimientos en algunas capas de su población y de su administración. Por eso, los dañados por el sistema abogan por sus antiguas reglas, regresar a un supuesto pasado glorioso.

Hoy el mundo se asusta ante declaraciones como las de Carney en Davos. Pero el sistema de Bretton Woods, a sus ocho décadas, comienza a demostrar signos de vejez. Los líderes pueden cambiar mucho, pero jamás dejarán de ser humanos; por eso siempre retornan a su naturaleza y a su instinto más básico, que es el de sobrevivir, intentando hacerlo de la forma en la que mejor creen que podrán.

Es posible que el Nuevo Orden Mundial al que se refiere el canadiense sea tan viejo como la humanidad.  Que sea volver a lo que siempre fue. Así ha ocurrido en el pasado y, aunque no guste a todos, seguirá de esta forma en el futuro. Las relaciones entre los Estados siempre buscarán el equilibrio. Para ello se regirán por la fuerza y el poder, aunque a veces estén envueltas en ropas y perfumes diferentes, más cautivadores. El error quizás fue creer que la Historia había finalizado. Por eso, para entender el futuro y los nuevos mapas que se dibujan en este momento, se deba estudiar con más atención el pasado.

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