Cuando era niño, alguna vez entré al pequeño museo en honor a Miguel Ángel Asturias que se encuentra en el terreno privado pero abierto al público de un hotel de Antigua Guatemala. Me impresionó ver el enorme frac que lo vestía cuando recibió el Premio Nobel de Literatura en 1976. Debió haber sido, pensé, un hombre inmenso. Lo veía como un gran tótem que se escapaba un poco de mi comprensión de niño.
No recuerdo, sin embargo, cuándo supe quién había sido Miguel Ángel Asturias. O cuándo fue la vez que entendí lo que significó su obra para la literatura hispanoamericana y, vaya si no, mundial. Pero sé que esa visita al Museo, que en algún texto curatorial explica que el escritor estaba enterrado en Francia, me hizo pensar que era extraño que estuviera allá, tan lejos.
Para un niño que nace en un país donde Miguel Ángel Asturias lleva mucho tiempo siendo un símbolo nacional, es natural que el cuerpo de ese símbolo esté muy lejos, porque desde muy pequeños comprendemos que este no es un país donde pueda tenerse éxito artístico. Reconocemos a Guatemala como un país que no produce arte, aunque esa afirmación sea poco cierta, porque encontramos pocos espacios y oportunidades para disfrutar arte de Guatemala.
Y esa realidad es el resultado de una decisión política. De la ausencia de voluntades para construir políticas públicas que permitan el desarrollo del arte en nuestro país y, que además, está conectada a la ausencia de políticas públicas y voluntades suficientes para el desarrollo, en general, de casi todo. Es decir que, para un niño, es igual de impresionante ver la enorme carcasa de gala que Miguel Ángel Asturias vistió para recibir el Nobel, como lo es la percepción de vacío de esa carcasa. Solitario en una esquina negra iluminada por dos focos, el traje parece más el recuerdo de una cosa lejana, de cosas que sucedieron en un país que no es este.
Y en parte así fue. Miguel Ángel Asturias desarrolló casi toda su carrera literaria en Argentina, y estuvo unido a Francia en su juventud como testigo de una revolución artística incipiente y más tarde como diplomático. Pero para ser quien fue, tuvo que huir. Para hacer lo que hizo tuvo que abandonar nuestras fronteras y, al construir tan lejos de este país una literatura tan importante, enviar el mensaje de que no podría haber sido así si se hubiera quedado en Guatemala.
Ese mensaje ya no puede ser parte de la identidad cultural del país. La idea del exilio (o de la salida del país) como única forma de alcanzar la grandeza artística ya no puede ser parte de nuestra historia. Por eso Miguel Ángel Asturias debe descansar en Guatemala. Es irrelevante que “esté mejor” en un cementerio para famosos que en un país que poco cuida lo público. Es además una opinión pobre y limitada.
Su regreso es, pues, la oportunidad de abrir una puerta. De que muchos niños vayan a visitarlo y, sabiendo que sus restos descansan aquí, imaginar un país donde no tengan que irse para ser alguien, y en donde a lo público les importen ellos y su futuro.
Que sea decisión de su familia debería ser suficiente razón para estar de acuerdo con que Miguel Ángel Asturias regrese a Guatemala, pues en ellos y solo en ellos descansa la legitimidad de otmar esa decisión. Pero al mismo tiempo, es una decisión de país. Aunque algunos pocos en la diáspora lo prefieran allá, porque han probado las mieles del primer mundo y creen que es lo que se merece, dejan de pensar que este país lo merece a él. Que además de sanar las injusticias de haberlo expulsado, este es su país. El país sobre el que escribió, el país que lo inquietó y conmovió hasta volverlo, aún estando lejos, en el escritor que llegó a ser.
Su regreso además contribuye a entender el mito de Asturias. No podemos terminar de construir su símbolo si no terminamos primero con su terrible exilio. Para efectos de formar una identidad cultural, el regreso de Miguel Ángel Asturias es un momento fundamental en nuestra historia reciente. A Asturias no podemos verlo como un mito o un símbolo no guatemalteco. No podemos pensar que su lugar es otro que Guatemala, dibujando una barrera imaginaria, autioimpuesta, que lo vuelva inalcanzable.
Al volver Asturias, dice el Ministro de Cultura y Deportes Luis Méndez Salinas, no viene un muerto, viene una obra y un caudal de palabras. Una obra que nos pertenece y un caudal de palabras que son muy nuestras y de las que debemos terminar de apropiarnos y con als que nos debemos identificar.
Regresar a Asturias es instalar un espejo, dice Arnoldo Gálvez Suárez. Me conmueven profundamente esas palabras. Instalar un espejo que podamos visitar y en el que nos veamos reflejados y reconozcamos un momento cumbre en la historia del arte mundial, y que lo tengamos tan cerca de nosotros, no es poca cosa. Es una oportunidad, además, para que el estado se preocupe por aquellos de los suyos que hacen arte y que como política pública los cuide y promueva sus creaciones.
Una obviedad más: García Márquez descansa entre su natal Colombia y en México; Pablo Neruda descansa en Isla Negra en Chile, que fue su casa; Gabriela Mistral también descansa en Chile; Octavio Paz descansa en México y Vargas Llosa descansa entre Lima y Europa. Todos los Premios Nobel de Literatura latinoamericanos descansan en el país que los vio nacer, excepto Asturias. Hasta ahora.
Bienvenido a casa, Miguel Ángel Asturias, y bienvenidas las puertas que abre su regreso.
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