El Café de Flore y los salones de la Ilustración

Este café emblemático en donde Sartre, De Beauvoir, Bataille, y otros intelectuales franceses del siglo pasado forjaron sus ideas, y las escribieron, tuvo valiosos e importantes antecesores y precursores en los salones literarios, que también existieron en París durante el siglo XVIII.

Camilo García Giraldo

julio 20, 2025 - Actualizado julio 19, 2025

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en el Café de Flore. Foto: Brassaï

El Café de Flore de París fundado en 1887, y situado en el número 117 del Boulevard de Saint Germain, cumplió una función semejante a esta habitación roja de un bar de Estocolmo frecuentada durante bastante tiempo por Strindberg, aunque con una importancia intelectual y cultural mucho mayor. En efecto, este café parisino fue visitado casi a diario por los intelectuales, escritores y artistas franceses o residentes en París desde los años de la primera guerra mundial. Allí, el poeta Guillaume Apolinaire, antes de morir en 1919 a causa del virus de la llamada Gripe española, se solía reunir con sus amigos los escritores Max Jacob, Louis Aragon y André Breton, para conversar sobre temas literarios que seguramente le ayudaron a Breton a elaborar las ideas que algunos años después expondría en su famoso Manifiesto surrealista.  Más tarde, en la década de los años 30 el poeta surrealista Jacques Prévert y sus amigos del Grupo Octubre se reunían allí también para conversar alrededor de una taza de café o de unas copas de vinos y componer algunos de sus versos; y George Bataille, lo escogió durante varios años para meditar y hablar con otros escritores amigos suyos como Léon-Paul Fargue y Raymond Queneau sobre el erotismo, el gasto inútil de energías vitales y la transgresión normativa. Y, algunos artistas ya consagrados como Pablo Picasso y los hermanos Giacometti decidieron seguir el ejemplo de estos hombres de letras, y comenzaron a frecuentarlo también en esos años.

A comienzos de los años 40, en plena ocupación nazi del país, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, lo comenzaron a visitar a diario, ahí encontraron un pequeño refugio libre de la presencia oprimente de los nazis, un pequeño espacio de libertad en el que podían hablar entre sí, y, con sus amigos, sin ningún temor e impedimento. Pues, el café fue uno de los pocos lugares públicos de la ciudad que los nazis no se atrevieron a ocupar con la fuerza, y, tampoco ni siquiera a visitar. De ahí, que unos años después Sartre diría que “Durante cuatro años los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad”.

Pero, además, Sartre y de Beauvoir convirtieron el Café en un lugar predilecto para pensar y escribir varios de sus libros y artículos. Allí tuvieron una mesa reservada hasta finales de los años 70 en donde escribieron regularmente apartes de sus textos literarios y filosóficos como del Segundo sexo De Beauvoir, Las moscas o La crítica de la razón dialéctica de Sartre, y, sobre todo, muchos de los artículos que escribieron para la revista Les temps modernes que fundó Sartre en 1945, y, que se erigió durante muchos años en un referente central e imprescindible de la vida y el debate intelectual del país.  

Por eso, hoy cuando parece que esos tiempos de esplendor cultural e intelectual del Café de Flore han quedado atrás, conserva, sin embargo, todavía en sus mesas y sillas, en sus muebles y su decoración estilo Art-Deco, la imagen de sus presencias vivas, y, sobre todo, los trazos y huellas invisibles de las letras con las que escribieron muchos de esos textos.

Este café emblemático en donde Sartre, De Beauvoir, Bataille, y otros intelectuales franceses del siglo pasado forjaron sus ideas, y las escribieron, tuvo valiosos e importantes antecesores y precursores en los salones literarios, que también existieron en París durante el siglo XVIII, organizados por mujeres aristócratas, cultas, inteligentes y refinadas, como Marie Thérèse Godet Geoffrin – Madame Geoffrin-, como Marie Anne de Vichy-Chamrond –Madame du Deffand- o como la más célebre Jeanne Julie Leonore de Lespinasse, y, que, se llevaban a cabo con regularidad semanal en los salones de sus casas reuniones a las que invitaban a destacados escritores, poetas, intelectuales, pensadores, y amigos o conocidos amantes del saber. Reuniones, que comenzaban, generalmente, a las cinco de la tarde, y, se prolongaban muchas veces hasta la madrugada, después, de compartir una exquisita cena, en las que conversaban libremente sobre todos los asuntos literarios, filosóficos, científicos, religiosos, históricos, políticos, etc. de interés común. El propósito central que las animó a realizarlos, fue el de que todos pudieran disfrutar y aprender de esas conversaciones inteligentes y “sabias”, de tal manera, que las vivieran como experiencias valiosas y significativas en el proceso de formación de sus vidas y de sus espíritus.

Y, los principales protagonistas de estas reuniones literarias fueron, además, de estas ilustres mujeres, varios de los pensadores que forjaron las principales ideas de la Ilustración, como Diderot, D´Alambert, Holbach, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, entre muchos otros. Ahí, en el curso de esas conversaciones, exponían y contrastaban esas ideas, como la de la necesidad que tienen los hombres a aprender usar su razón para aprender y enseñar los conocimientos científicos, y así, dotarse de los argumentos necesarios que les permitan criticar los prejuicios religiosos que han dominado las mentes de los hombres durante mucho tiempo, y en general, todas las ideas o juicios que creen verdaderos que, sin embargo, no pueden fundamentar o probar en el realidad empírica. O, la idea de que los hombres formados e ilustrados por los conocimientos científicos, adquieren posibilidad real de progresar en todas las esferas de sus vidas, es decir, la posibilidad de ser cada vez más sabios y mejores seres humanos, seres moralmente más perfectos, o mejor, menos imperfectos. 

Por eso, Diderot dijo que estos salones, en especial el de Julie de Lespinasse, fueron “laboratorios” de La Enciclopedia, obra, que escribió durante más de veinte años de su vida, es decir, lugares donde sus participantes propusieron, ensayaron, “experimentaron” y elaboraron, dialogando libremente entre sí como sujetos iguales, estas ideas rectoras, que destacaban la necesidad suprema de enseñar y divulgar a todos, el saber científico.

Con esta monumental obra, Diderot aspiró a reunir todos los conocimientos científicos alcanzados hasta ese momento para ponerlos a disposición pública de todos los seres humanos, pues, la cualidad más importante y valiosa que tienen los seres humanos, es la capacidad racional de aprender conocimientos; y es gracias a esta capacidad que él, como los demás pensadores ilustrados, pensaron, o mejor, “soñaron” o anhelaron, que usándola llegarían a ser seres humanos que vivirían ordenando sus vidas en función de los conocimientos verdaderos, o lo que es lo mismo, que vivirían sustentados en la verdad que esos conocimientos que la contienen por definición o por “naturaleza”. Pues, para ellos, una vida ordenada por enunciados científicos verdaderos era la clave y la razón para lograr una verdadera vida humana.

Por eso, estas valiosas mujeres, al organizar estos salones literarios, proporcionaron una condición y recurso muy importante para quienes participaban en ellos, en esos diálogos libres que llevaban a cabo, entre las, que, por supuesto estaban ellas mismas, forjaran y elaboran estas ideas ilustradas. Ideas, que han servido a muchísimos hombres y mujeres desde esa época a comprenderse a sí mismos. Y, también para establecer los principios y objetivos fundamentales de las principales instituciones socio-políticas y educativas que han organizado. Son ideas, que han fundado el horizonte socio-cultural moderno, y guiado a muchos seres humanos en la labor de crear las instituciones que lo conforman.

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