Estafados por amor

Un día muy temprano, Ofelia me escribió un mensaje. Me pedía prestados Q1 mil 500 y me explicó que su hermana tenía que hacerse una operación; me lo devolvía el mes siguiente. No dudé en prestárselo. A la semana siguiente ya me había pagado.

Andrea Monterroso

noviembre 8, 2026 - Actualizado noviembre 7, 2026
Crédito: SouthStar Bank, S.S.B.

Cuando le pregunté cómo había salido su hermana, me contó la verdad. No había operación. Tenía un prometido en Estados Unidos, Elías, con quien hablaba a diario: notas de voz, fotos, planes. Después de dos meses así, Elías le había pedido matrimonio y le había enviado el anillo por encomienda. El paquete estaba retenido y había que pagar el importe del envío para liberarlo. Con el dinero que le presté, Ofelia hizo el depósito a una cuenta guatemalteca a nombre de una mujer. Al día siguiente tomó cuatro buses hasta el aeropuerto La Aurora a recoger su paquete.

El paquete no existía. Elías tampoco existió después de la transferencia. La ilusión le había costado casi dos semanas de trabajo.

Ofelia no es su nombre; lo cambié porque la historia es suya y la vergüenza también. Nótese que ni siquiera a mí, que le estaba prestando el dinero, me dijo para qué era, más bien le invento una operación a su hermana.

Lo primero que hay que decir al respecto, es que nadie le robó nada. Ofelia depositó. Fue al banco, entregó el dinero y al día siguiente tomó cuatro buses para cruzar la ciudad. Cada uno de esos pasos los dio ella, por voluntad propia, y ahí está la clave del asunto: la estafa funciona porque la víctima decide. 

No es un caso aislado. Entre enero de 2019 y septiembre de 2026 el Ministerio Público registró 79 mil 960 personas agraviadas por estafa y delitos informáticos, cerca de diez mil por año. Antes de asumir que las mujeres son las principales víctimas, revisemos esta cifra: entre quienes tienen sexo registrado, el 55.6 por ciento son hombres.

La investigadora Monica Whitty entrevistó a víctimas de fraudes que empiezan como un romance y encontró que no son un engaño sino un guión con etapas. Primero aparece un perfil hecho a la medida de lo que la persona busca. Luego viene una fase larga de cortejo —semanas, a veces meses— en la que se construye una intimidad acelerada que va desplazando a las demás. Hasta ahí no se ha pedido un centavo. La primera petición de dinero, cuando llega, es pequeña y viene envuelta en algo bueno: un regalo, un anillo, un paquete. Es la técnica que en psicología social se conoce como el pie en la puerta, quien accede a algo pequeño queda mucho más dispuesto a acceder a algo grande. Después las cifras suben, atadas siempre a una crisis nueva, y aparece el mecanismo que Whitty toma del estudio de las apuestas “el casi-gano”. El reencuentro siempre está a punto de ocurrir, el paquete está por salir de la aduana. Falta un depósito más.

Por qué eso funciona tiene una explicación más honesta que la de siempre. Jeff Langenderfer y Terence Shimp propusieron en 2001 una teoría de influencias viscerales: cuando un mensaje activa un deseo intenso —codicia, urgencia económica, enamoramiento— la atención se estrecha alrededor de lo prometido y deja de examinar el resto. No es que la persona evalúe mal las señales de alarma; es que deja de verlas. Mientras más se desea lo ofrecido, menos capacidad queda para notar lo que tiene de inverosímil. 

Falta la pieza que más me interesaba, que es la de la agencia: por qué esa decisión se siente propia. La respuesta más limpia la da un experimento de Ellen Langer, de 1975. Langer organizó una lotería de oficina, a la mitad de los participantes les entregó un boleto al azar y a la otra mitad la dejó escoger el suyo. Después le ofreció a cada quien venderlo. Quienes habían recibido el boleto pedían, en promedio, 1.96 dólares. Quienes lo habían elegido pedían 8.67. El boleto era idéntico y las probabilidades eran idénticas, lo único que cambió fue haber elegido. Langer llamó a eso ilusión de control, y entre los factores que lo producen identificó justamente ese: poder elegir, es decir, tener agencia.

Toda estafa está construida sobre esa mecánica. Nadie obliga a nadie a contestar el mensaje, ni a hacer el depósito, ni a cruzar la ciudad para recoger un paquete. Cada paso es una decisión propia, y es esa voluntad la que produce la sensación de estar manejando la situación. La estafa no anula la agencia de la víctima, la usa. La deja ser autora de cada movimiento mientras el deseo se encarga de que no revise ninguno. Uno no se siente engañado. Se siente decidido.

Y esa sensación resiste. En Brasil, donde la Global Anti-Scam Alliance midió el dato completo en 2025, el 75 por ciento de los adultos se cree capaz de detectar una estafa y el 70 por ciento cayó en al menos una durante el año anterior. La confianza en el propio criterio no protege, convive con el fraude sin enterarse.

Lo que viene después es la parte que menos se discute. Un informe de AARP y la FINRA Investor Education Foundation sobre víctimas de fraude financiero sitúa la vergüenza en el centro: las víctimas sienten una vergüenza profunda, se culpan a sí mismas, y esa culpa es lo que lleva a muchas —quizá a la mayoría— a no denunciar. Por eso Ofelia inventó una operación en lugar de contarme la verdad, semanas antes de saber siquiera que la estaban estafando. Nadie quiere contar que eligió.

Pero supongamos que sí se denuncia. Ofelia depositó en una cuenta de un banco guatemalteco, a nombre de una persona con nombre y apellido: el dinero no se evaporó en el extranjero, entró a una cuenta rastreable del sistema financiero nacional. Y aun así, entre 2019 y septiembre de 2026 hubo 125 mil 378 salidas procesales en casos de estafa y delitos informáticos. Casi nueve de cada diez terminaron en solicitud de desestimación o de archivo. Se dictaron 390 sentencias. Una por cada 321 casos resueltos: el 0.31 por ciento.

Esta semana el Congreso aprobó la Ley Marco de Ciberseguridad (Decreto 26-2026), un primer esfuerzo necesario. Su artículo 48 crea el delito de apropiación de identidad ajena, y es tentador pensar que por fin alguien va a responder por Elías. Pero Elías no existe; existe alguien que se hizo pasar por él. Tal como lo leo, ese delito castiga suplantar a una persona real, quizá el dueño de las fotos que Ofelia recibió, no inventar un personaje. Casos como este, con una identidad prestada, un perfil falso y una víctima que nunca conoció a nadie, son el tipo de tarea a la que fiscales y jueces se van a enfrentar pronto al aplicar este nuevo instrumento. Mientras tanto, lo que hoy existe para perseguir algo así es la estafa propia del artículo 263 del Código Penal, y de esos casos ya vimos los números.

Así que ya no creo que la pregunta útil sea cómo pudo alguien caer en algo tan evidente. Un delito que requiere semanas de trabajo del estafador, una cuenta bancaria a su nombre y la colaboración activa de la víctima en cada paso termina en sentencia tres veces de cada mil. La pregunta que me queda es por qué seguimos poniendo el peso de evitarlo sobre el criterio individual de diez mil personas al año que están convencidas de que a ellas no les va a pasar. A Ofelia le costó casi dos semanas de trabajo. Al que se lo quitó no le ha costado nada.

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