Sobre el potencial crítico de los jóvenes estudiantes

Sectores sociales, encabezados por la juventud estudiantil, solo rechazan a estos gobiernos, como el de Macron en Francia o el de Meloni en Italia, porque no cumplen con estos compromisos y deberes constitucionales, que han adquirido, de hecho, desde que comenzaron a gobernar.

Camilo García Giraldo

noviembre 1, 2026 - Actualizado noviembre 1, 2026

Herbert Marcuse, sostiene en su célebre libro El hombre unidimensional, que publicó en 1964, como los demás antiguos miembros y colegas de la Escuela de Frankfurt, representantes de la Teoría Crítica, que, en sociedades capitalistas avanzadas, la capacidad revolucionaria de la clase obrera, que Marx le atribuyó, se ha perdido porque fue integrada a su aparato económico-productivo debido a la alta tecnología creada a partir de la aplicación directa de los conocimientos científicos de la naturaleza, en especial de las máquinas automatizadas que “parecen integrar a los átomos humanos que trabajan. La máquina parece dar un ritmo adormecedor a sus operadores”. Es decir, los avanzados medios de producción técnicos transforman a los obreros, que, los usan diariamente en sus trabajos en partes integrantes suyas como si fueran unas piezas más de esas máquinas. Con lo cual pierden su condición de sujetos, y se convierten en otros objetos más del aparato productivo del capitalismo.

Sin embargo, todo no está perdido porque, para él, esta capacidad revolucionaria la han adquirido, en su lugar, otro sujeto social, “los proscritos y los “extraños”, los explotados y los perseguidos de otras razas y de otros colores, los parados y los que no pueden ser empleados. Ellos existen existen por fuera del proceso democrático; su vida es la necesidad más inmediata y la más real para poner fin a instituciones y condiciones intolerables. Así, su oposición es revolucionaria, incluso si su conciencia no lo es”. Así, que él, como pensador y antiguo miembro de la Teoría Crítica de la sociedad, quiere “permanecer leal a aquellos, que, sin esperanza, han dado y dan su vida al Gran Rechazo”.   

Sin embargo, después de observar las grandes y masivas movilizaciones de los estudiantes franceses en mayo de 1968 exigiendo una reforma universitaria que modernizara los planes de estudio, democratizara el funcionamiento de las universidades y suspendiera la masificación que tenían en sus aulas las universidades tradicionales. Y, también, oponiéndose o rechazando el gobierno, que consideraban autoritario, del general De Gaulle. Y, viendo, al mismo tiempo, las grandes movilizaciones de jóvenes estudiantes en casi todas las ciudades importantes de Estados Unidos, rechazando la guerra de Vietnam, pensó, que estos también hacían parte de ese Gran Rechazo a la sociedad capitalista avanzada, porque se negaban claramente a ser integrados, no tanto a su aparato económico productivo, sino, sobre todo, a sus aparatos político-estatales. De tal manera, que, se convertían, por esta razón, en un nuevo sujeto revolucionario semejante a todos los “parias” excluidos y marginados de la sociedad. Su poderosa irrupción en la escena socio-política renovaba, ampliaba y fortalecía esa esperanza en un mundo mejor que los excluidos y marginados portaban, y, siguen, sin lugar a dudas, portando todavía, inscrita en sus existencias.

Hoy, estamos asistiendo en Europa a una nueva poderosa irrupción en la escena social y política de los jóvenes estudiantes, tanto de bachilleres como universitarios, acompañados activamente por muchos jóvenes pobres marginados y excluidos de sus sociedades, en especial en Francia, que rechazan frontalmente a sus gobiernos por considerarlos autoritarios, y les exigen aumentar sustancialmente el presupuesto educativo para mejorar las condiciones materiales, logísticas y pedagógicas en las que reciben las lecciones y enseñanzas de sus maestros. Y, que inclusive, sus masivas movilizaciones por las principales calles y avenidas de las principales ciudades de sus países, se están incorporando sectores sociales integrados a los aparatos económico-productivos y políticos de sus sociedades, como obreros de diferentes ramas industriales, trabajadores agrícolas, y empleados públicos de diversos organismos estatales, que se congregan en Francia en los ya famosos “chalecos amarillos”. 

Ahora bien, estas movilizaciones conjuntas de sectores sociales excluidos e incluidos en los aparatos de la sociedad capitalista, no constituyen un Gran Rechazo de esta sociedad, como lo muestran claramente las demandas que los sostienen y las guían. Son, más bien, movilizaciones dirigidas a lograr que sus gobiernos cumplan con el compromiso que tienen ante ellos, como jóvenes estudiantes, y ante la Constitución de sus países, de asegurarles el derecho de recibir una educación de calidad. Y, de atender, además, las necesidades naturales y sociales no satisfechas de los jóvenes y personas marginadas y excluidas de sus países, la mayoría descendientes de aquellos que fueron sometidos a sus poderes coloniales en las naciones africanas.

Por eso, estos sectores sociales, encabezados por la juventud estudiantil, solo rechazan a estos gobiernos, como el de Macron en Francia o el de Meloni en Italia, porque no cumplen con estos compromisos y deberes constitucionales, que han adquirido, de hecho, desde que comenzaron a gobernar. Por lo tanto, lo que quieren es que los cumplan. Y, si no lo hacen, seguirán movilizándose en masa para conseguir con la fuerza que les da estar unidos e integrados en esa gran masa, cambiarlos por gobernantes que sí estén plenamente dispuestos y comprometidos a cumplirlos.

Por su parte, los estudiantes universitarios serbios de diversas filiaciones políticas que, a partir de 2024, se comenzaron a movilizar para protestar contra el gobierno por la caída de una marquesina mal restaurada en la estación central del tren de Novi Sad que provocó la muerte de 16 personas tampoco constituyen el Gran Rechazo al orden económico del capitalismo, ni tampoco a la organización democrática de su Estado. Pues, lo que hicieron después fue organizarse y reunirse en la llamada Lista de estudiantes que presentó candidatos al parlamento nacional en las recientes elecciones legislativas del país con un programa de 11 puntos enfocados a combatir la corrupción, restablecer el Estado de Derecho y regenerar la democracia maltrecha por las decisiones del anterior gobierno, mejorar y ampliar en Estado del bienestar, auditar y controlar los contratos públicos y los convenios energéticos estatales, y acelerar las reformas necesarias para adherirse a la Unión Europea, aunque aceptando que su incorporación sea decidida finalmente por la ciudadanía. Elecciones, que ganaron por amplia mayoría, obligando a dimitir al gobierno. 

Esto nos muestra, que los movimientos estudiantiles de las sociedades modernas nunca se han propuesto suprimir el modo de producción capitalista, es decir, no son sujetos revolucionarios, como lo creyó y afirmó Marcuse. El valor y la importancia socio-política, que indudablemente tienen, hay que buscarla en otra parte, en el hecho de que pretenden, en esencia, que sus gobiernos elegidos democráticamente, gobiernen bien, cumpliendo las obligaciones que las normas constitucionales de sus países les fijan de no apropiarse de los dineros del Estado, o, la garantizar la paz, no involucrando en su país en guerras con otros, o la de asegurarles el derecho que tienen a recibir una educación de buena calidad y las mejores condiciones posibles. Es decir, se movilizan para obligar a sus gobernantes a cumplir los deberes que han contraído con las normas constitucionales de sus países, que no están cumpliendo o están desconociendo. Y, hacerlo, nos enseñan y recuerdan a todos, que, todo gobernante de un régimen democrático tiene el supremo deber de gobernar bien, o lo que es lo mismo, gobernar para alcanzar y garantizar el bien común.

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