El fenómeno de la llegada constante y la presencia cada vez más numerosos de extranjeros, en especial de musulmanes de diversas nacionalidades, a los países europeos occidentales es considerado por un número cada vez más numeroso de europeos como una amenaza para la primacía o hegemonía cultural absoluta que ha tenido la religión cristiana desde que el emperador Constantino la reconoció como la religión oficial del imperio en el año 313 con el edicto de Milán. Religión, que se convirtió en el fundamento espiritual de los europeos hasta los albores de los tiempos modernos en que muchos dejaron de creer en ella, en sus relatos y mensajes, por obra del peso e influencia del discurso crítico de la Ilustración. Religión, además, que fue separada desde esa época de las instituciones estatales. Y, por lo tanto, es una religión con la que ya no se identifica una parte de los ciudadanos europeos.
Sin embargo, estos gobiernos, partidos políticos y sectores sociales nacionalistas creen que se está asistiendo a un proceso progresivo y creciente de islamización de sus naciones, a un proceso en el que la religión musulmana se puede convertir en un futuro no muy lejano en el religión dominante y hegemónica de sus países por la presencia masiva y creciente de los grupos humanos musulmanes, socavando o eliminando la primacía que tuvo la religión cristiana y que dio identidad y sustento cultural y espiritual a sus pueblos, que es urgente y necesario detener impidiendo el ingresos de nuevos inmigrantes musulmanes. Amenaza o peligro que “confirman” con las palabras pronunciadas desde hace tiempo y en muchas ocasiones por algunos líderes y miembros de la comunidad de conquistar religiosamente a los países europeos occidentales, de islamizarlos, mediante el fomento creciente de la emigración de musulmanes a esos países.
Sin embargo, la realidad es que los grupos musulmanes no son una amenaza para la identidad o integridad religiosa-cultural tradicional de estas sociedades europeas por dos razones. La primera, porque son, y seguirán siendo, una inmensa minoría en estos países. Y, segundo, porque los jóvenes musulmanes que llegan como inmigrantes y refugiados, o, que nacen en el seno de familias musulmanes toman consciencia con rapidez que tienen el derecho a ser libres y autónomos cuando alcanzan la mayoría de edad. Derecho, que comienzan a ejercer la inmensa mayoría de ellos, muchas veces, contra la voluntad de sus padres. Y, por lo tanto, se dan cuenta o comprenden con claridad que tienen ante sí la opción de seguir el camino y las enseñanzas religiosas de sus padres y reglas de vida cotidiana que establecen, o de apartarse de ellas. Así, aunque, muchos de ellos, siguen creyendo en la existencia de su Dios Alá, y practicando algunos de los ritos propios de la religión, muchas de las jóvenes mujeres, de primera y segunda generación dejan de aceptar y practicar las reglas de vida diaria que les cercenan o coartan el ejercicio al derecho de ser libres y autónomas que han aprendido. Poniendo fin en sus vidas en los países europeos al dominio que los hombres han ejercido sobre las mujeres tradicionalmente en estas comunidades religiosas, es decir, poniendo fin a las reglas religiosas y culturales tradicionales que les exigen obediencia completa a los hombres.
De tal manera, que estas jóvenes mujeres libres dejan de ser de hecho musulmanes plenas y completas; lo siguen siendo solo en parte, socavando en la práctica así el contenido de la religión. Son, en especial estos cientos de miles de jóvenes mujeres musulmanas o de raíces musulmanas en los países europeos las que están poniendo en cuestión y debilitando el contenido de esta religión, al ejercer el derecho que las normas constitucionales de los Estados les reconocen de ser libres. Si bien ha crecido en los últimos tiempos la inmigración y presencia de los grupos musulmanes a los países europeos, esta presencia no abre de ninguna manera la posibilidad de que la religión musulmana se convierta un día en el futuro en la religión dominante y hegemónica en estos países precisamente debido el debilitamiento que hacen diariamente de ella las jóvenes musulmanas, al ejercer el derecho ser libres. Por esta razón, lo que se puede constatar es lo contrario de lo que los gobiernos y sectores nacionalistas afirman, el hecho real que la religión musulmana, al ingresar a las sociedades y Estados europeos democráticos, se socava y debilita por la acción constante y diaria de cientos de miles de jóvenes mujeres musulmanas, de las primeras y siguientes generaciones, que quieren ser y vivir libres en función de ese derecho que estos Estados les reconocen.
Ahora bien, los nacionalistas europeos sostienen, además, que, la presencia de los musulmanes en sus países, representan una amenaza para la vida y seguridad de sus sociedades porque algunos de ellos pertenecieron a grupos terroristas islámicos que años atrás perpetraron sangrientos atentados en varias ciudades europeas provocando la muerte de cientos de civiles. Grupos que se declararon enemigos de los Estados y pueblos occidentales a quienes señalan de “infieles” que deben ser combatidos con violencia, tal como le afirma y demanda Mahoma en los versículos que escribió en El Corán sobre la llamada “Yihad o Guerra santa”.
Sin embargo, el hecho real es, que, estos grupos islamistas son una inmensa minoría dentro la comunidad religiosa musulmana que no cuentan con su respaldo o aprobación. Y, que, además, los cuerpos de policía europeos los lograron controlar y desarticular con eficacia poco tiempo después de que llevaron a cabo esos atentados mortales. Por lo tanto, al haber desaparecido han dejado de ser una amenaza para la vida y seguridad de los ciudadanos europeos.
Ahora bien, estos sectores nacionalistas al constatar que muchos jóvenes musulmanes o de familias musulmanas se han integrado a las numerosas bandas de narcotraficantes que operan en sus países, sostienen que estos jóvenes contribuyen enormemente a fortalecer la existencia de esas bandas delincuenciales. Bandas, que distribuyen y venden las drogas ilegales en los barrios populares de sus ciudades y poblaciones, y que mantienen el control de sus mercados ejerciendo la violencia contra las autoridades o contra las bandas rivales. Y, estos jóvenes musulmanes, como muchos otros jóvenes de otros diferentes orígenes nacionales y religiosos, pertenecientes a familias pobres y marginadas, han caído atrapados en las redes de estas bandas mafiosas, por la oferta o promesa que les hacen de conseguir dinero y poder fácil y rápidamente. Atraídos por esta “seductora” promesa terminan convertidos, desgraciadamente, en criminales.
De tal manera, que es la existencia de estas bandas criminales “multinacionales” las constituyen un grave problema para estos países, y no tanto el diverso origen nacional de sus miembros. Pues, todos ellos son, más allá de sus diferentes orígenes nacionales y religiosos, delincuentes, jóvenes que comenten diversos delitos.
Pero, además, los gobiernos, partidos políticos y sectores sociales nacionalistas europeos, que son siempre de derecha y extrema derecha, no reconocen o no quieren reconocer de mala fe que sus países necesitan a los inmigrantes o personas de origen no europeo, y por supuesto, a los musulmanes. Pues, son sociedades que no pueden, desde hace muchos años, prosperar social y económicamente sin el aporte laboral que realizan en todos los sectores socio-económicos, en especial en los servicios públicos y sociales, en el cuidado de los ancianos y discapacitados o la formación de pequeñas y medianas empresas, etc. de los migrantes o personas de origen extranjero. Trabajadores de origen extranjero no europeo que sirven a los miembros de las sociedades europeas, que crean riqueza y que pagan impuestos. Sin la presencia de estos trabajadores, seguramente estos grupos políticos nacionalistas xenófobos no existirían. Pero, al mismo tiempo, estos países sufrirían una enorme carencia de empleados que las empresas públicas y privadas necesitan a diario para asegurar sus existencias, funcionamiento y crecimiento. Una falta de trabajadores que, esa sí pondría en peligro el bienestar y seguridad económica de la vida de todos los nacionalistas, y por supuesto, la de todos los demás miembros estas sociedades europeas.
De ahí, sea siempre necesario y urgente que los sectores socio-políticos no nacionalistas se esfuerzan por explicar y repetir en sus discursos públicos estas, y otras razones, para mostrar y enseñar a todos quienes aún no han caído atrapados por el rechazo y el odio a los emigrantes y personas de origen no europeo, en especial a los musulmanes, que no tienen ninguna razón válida para sostener ese rechazo. Y, que, al contrario, como lo acabamos de señalar, son quienes defienden su llegada y presencia en sus países los que tienen la razón, o mejor, los que tienen buenas razones para sostenerlos y defenderlos. Es que esta batalla política entre los sectores nacionalistas y los que no los son, es la batalla entre la sinrazón y la razón. Batalla, que tarde o temprano vencerá la razón, a menos que los sectores nacionalistas impongan la sinrazón que los asiste por la fuerza o mediante el uso de la violencia, como ya ocurrió en el pasado no muy lejano en Alemania con los nazis. Pues, como lo explicó en la década de los años treinta del siglo pasado el filósofo marxista húngaro, hoy olvidado, Georg Luckas, en su libro El asalto a la razón, el triunfo político de los sectores nacionalistas de la derecha y extrema derecha en un país, representan la derrota de la razón humana, es decir, la grave caída de uno de los atributos fundamentales que constituyen y definen a los seres humanos como tales.
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