En el futuro espantan: Inteligencia, tecnología y fantasmas

No me temas porque pueda llegar a ser más inteligente que tú. Témeme cuando dejes de considerar importante la diferencia. El peligro no es que encuentre respuestas que tú no puedes encontrar, sino que dejes de hacer preguntas que yo no puedo hacer por ti. —El fantasma en la máquina.

José Gálvez

octubre 25, 2026 - Actualizado octubre 24, 2026

Las grabadoras de St Catherine’s Court se encendían solas durante la noche. Las cintas retrocedían sin que nadie las tocara. Hace 30 años, Radiohead grababa OK Computer en aquella mansión inglesa, aislada entre colinas, lluvia y bosques. En las noches, los músicos escuchaban pasos en corredores vacíos y Thom Yorke, el vocalista, decía oír voces entre sueños. En aquella casa espantaban. Uno imagina el frío de la madrugada y una cinta que comienza a girar en una habitación vacía. Quizá fuera un problema eléctrico, pero la paranoia quedó plasmada en el álbum. Lo curioso es que OK Computer no trataba de espectros, sino de la ansiedad tecnológica de finales de los noventa. Las computadoras comenzaban a conversar entre sí. Lo llamábamos interconectividad. Tal vez lo inquietante ya no era escuchar una voz en la oscuridad, sino descubrir que del otro lado no había nadie.

En octubre de 2026, Soren Wheeler conversó en Radiolab con Steven Strogatz, matemático de Cornell. Indicaban que, en la primavera de este año, una inteligencia artificial, combinando métodos de otras disciplinas, encontró una solución inesperada a un problema de geometría discreta. Los matemáticos podían estudiar sus pasos y aprender de ellos. Todavía podían seguirle el rastro al procedimiento. El verano resultó inquietantemente prolífico para las matemáticas. Las inteligencias artificiales comenzaron a producir nuevas soluciones a problemas que llevaban años sin resolverse. En septiembre, OpenAI anunció algo de otra magnitud: afirmaba haber resuelto uno de los siete Problemas del Milenio, planteados por el Instituto Clay. Se trataba de un desafío matemático relacionado con las ecuaciones de Navier-Stokes, utilizadas para describir el movimiento de fluidos. Según la empresa, unos 10 mil agentes artificiales trabajaron durante 88 horas y produjeron una demostración de más de 160 páginas. Esta vez, incluso los expertos describen la demostración como opaca y difícil de seguir. El Instituto Clay habló de una aparente resolución, todavía bajo escrutinio. El premio es de un millón de dólares. Strogatz especula que el costo de la solución supera por mucho dicho monto. Recuerda que hace apenas cuatro años la IA fallaba en problemas elementales; ahora aborda preguntas que desafiaron a generaciones de matemáticos. El ritmo del cambio se mide en meses. Strogatz admite sentir terror.

¿Qué ocurre cuando las máquinas comienzan a descubrir más rápido de lo que nosotros podemos comprender y verificar? El problema deja de ser abstracto cuando entra a un hospital. Regina Barzilay, del MIT, desarrolló junto a su equipo una inteligencia artificial capaz de analizar mamografías y anticipar el riesgo de desarrollar cáncer de mama hasta cinco años después. Lo extraordinario es que reconoce patrones que ni los médicos ni sus propios investigadores consiguen interpretar completamente. Estas predicciones podrían permitir detectar la enfermedad más temprano. Cuando Strogatz le preguntó si le inquietaba no comprender cómo funcionaba, Barzilay respondió con otra pregunta: ¿por qué limitar las capacidades de la máquina a lo que los humanos podemos entender, si se trata de salvar vidas? A menudo confundimos los límites de nuestra inteligencia con los de lo que puede conocerse. Estamos recibiendo respuestas útiles sin comprender plenamente cómo se obtienen, mientras conservamos excelentes razones e incentivos para creerlas. ¿Qué podría salir mal?

En StarTalk, Neil deGrasse Tyson y David Krakauer distinguen entre herramientas que complementan nuestra inteligencia y herramientas que la sustituyen. Un mapa nos enseña a orientarnos; el GPS nos lleva al destino sin que conozcamos el camino. Ambas tecnologías funcionan, pero no nos dejan con las mismas habilidades. En economía ocurre algo semejante: una tecnología puede elevar la productividad y la remuneración de quien la utiliza, o sustituir sus capacidades y reducir el valor de su trabajo. Que el sistema produzca más no significa que quien usa la tecnología para hacerlo necesariamente gane. Tener acceso a más conocimiento no significa comprender más. Con la inteligencia artificial podríamos saber más colectivamente mientras individualmente perdamos la práctica de razonar. No hace falta que nadie se equivoque. Todos tienen buenas razones para acortar pasos, automatizar y ahorrar tiempo. La máquina no necesita conciencia ni malas intenciones. Ni siquiera necesita estar viva. Basta con que funcione bien.

En 2019, Stephen Colbert le preguntó a Thom Yorke cómo su música había conseguido anticipar tantas de las ansiedades de nuestra época. La respuesta fue peculiar: no había intentado imaginar el futuro; simplemente observaba con atención lo que sucedía a su alrededor. El arte es visceral. Nos hace sentir algo antes de poder explicarlo. El fantasma ya estaba dentro de la máquina. Una voz sintética enumera las reglas de una vida sana, feliz y productiva. Nada parece monstruoso. No hay sorpresas. La voz no amenaza. Recomienda. No impone. Optimiza. No exige obediencia: ofrece una versión depurada de nosotros mismos, hasta que la original comienza a parecernos lenta, torpe y absurda. Treinta años después, imagino aquella mansión inglesa y sus cintas girando solas. Hoy las máquinas también se encienden solas. Les confiamos nuestro pensamiento y atención. Inteligencias sin vida. Fantasmas. Cada acierto aumenta nuestra confianza; cada mejora vuelve menos necesaria nuestra participación. La pantalla se ilumina. La respuesta llega y es correcta. Como ayer. Como anteayer. Como siempre. Nadie recuerda cuándo dejamos de contar.

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