A todos nos ha pasado: caminamos por El Amate y, en el puesto de camisetas, entre una playera de Nirvana y otra de Pikachú, aparece, cual espectro, la cara del Che Guevara, mirándonos como si quisiera meternos culpa desde una T-Shirt roja. No tarda uno en pensar: ¿qué pensaría el Che al verse convertido en un estampado repetido sobre un commodity tan básico? La revolución en oferta. Hasta la victoria siempre… por Q19.99.
Ahí empieza el malentendido.
Slavoj Žižek, por ejemplo, elogia Children of Men, de Cuarón, como una distopía revolucionaria honesta: un mundo roto, sin esperanza, donde la humanidad ya no puede tener descendencia. Excelente película, pero su arco no resuelve nada. Recientemente, el gran filósofo de Lubjana criticó duramente Una Batalla tras otra por reducir la rebeldía a una estética emocional: héroe carismático, clímax catártico y cierre reconfortante. Para Žižek, la película de DiCaprio es solo una farsa de rebeldía, que en última instancia, se queda estéril.
Por un lado, no niego que el capitalismo es muy hábil para transformar la rebeldía en producto; pero también es un error garrafal creer que, si no hay ruptura total contra el sistema, no hay verdadera rebeldía. Más bien, sospecho que la rebeldía ha evolucionado hacia otra cosa, y que esa podría ser la verdadera moraleja de Paul Thomas Anderson: La rebeldía juvenil idealista pero destructiva de Bob (DiCaprio) precisamente lo termina convirtiendo en un fracaso paranoico, aislado en las drogas y la apatía con consecuencias que le siguen persiguiendo.
Y es que, en el pasado, ser rebelde implicaba tomar un arma, unirse a un movimiento o declararle la guerra frontal al capital. Ese repertorio ya existió, con su épica y su tragedia, pero ya no moviliza igual. No porque el malestar haya desaparecido, sino porque cambió el terreno. La rebeldía contemporánea es menos barricada y más reforma; menos consigna y más ajuste de reglas. Muchas veces no ocurre contra el sistema, sino dentro de él. Ahí está Bad Bunny en el Super Bowl, cantando reggaetón en español, hablando de perreo y Nuevayol, patrocinado por multinacionales y, aun así, incomodando a la hegemonía. ¿Rebelde? Juzgue usted.
Imagino con frecuencia esta conversación en un bar: Adam Smith entra entusiasmado, y pide un trago. Le explica con ilusión a Karl Marx su gran idea: división del trabajo, productividad, bienestar social a través de incentivos individuales. Mientras termina su cerveza, Marx lo mira con desconfianza, como quien ve a una mosquita con desdén y responde: “Eso también concentra poder, genera desperdicios y reproduce desigualdad”. Entra Joseph Schumpeter, escéptico cual inspector, y les dice: “¡Ninguno de ustedes la entiende! El capitalismo no es equilibrio perpetuo ni condena perenne: es destrucción creativa constante. Es un sistema dinámico que transforma, sin dejar nada intacto, ni siquiera a sí mismo”.
Y ahí está la ironía: el mismo sistema produce a quienes lo critican. Fabrica riqueza, pero también conciencia. Ese es el giro incómodo: el rebelde moderno ya no es el guerrillero, sino el intelectual. Y no en el sentido cliché del café, la bufanda y el cigarro. El rebelde de hoy es quien detecta grietas y empuja cambios desde adentro, buscando mejoras sociales pragmáticas en empresas, universidades, medios, juntas u organizaciones.
El nuevo rebelde casi no grita ni protesta. A menudo actúa redactando, diseñando instituciones y cambiando el juego sin incendiar el tablero. La historia reciente lo confirma: muchos de los cambios más profundos han sido graduales. No entran con rifle ni pancartas, sino con reglas claras. La victoria ya no está en panfletos, sino se lee en un manual de procedimientos. Eso decepciona a quienes aún buscan la estética heroica revolucionaria, pero revela algo incómodo: hoy la transformación del sistema se parece menos a un conflicto abierto y más a una reingeniería fría. Algunos siguen buscando la rebeldía donde estaba antes: en el gesto grandilocuente, repleto de ego. Pero la rebeldía ya se mudó. Ahora es menos fotogénica, pero más persistente y, en ocasiones, más efectiva.
Al otro lado de un río hay un conejo. El rebelde antiguo lanza piedras con convicción revolucionaria. Hace ruido y escándalo, pero no caza nada. Allí se quedan, bajo la corriente del tiempo, sus ideas hundidas. El rebelde moderno construye un arco, consigue flechas, practica, falla, insiste… vuelve a practicar, y eventualmente le da al conejo. No hay épica. No hay discurso. Solo resultado. El rebelde antiguo se queja y reclama su impotencia ante el río. El contemporáneo hace algo al respecto. No deseo sonar idealista ante el nuevo revolucionario. Intuyo que está difusamente definido. Sospecho, más bien, que cambió de lugar.
Tal vez por eso seguimos viendo figuras que ya no encajan del todo: el cínico que sí cruzó, sí cazó y terminó administrando la memoria de la cacería como partida contable; el trágico clásico que continúa protestando, sin resultado, pero con hambre real; el esteta que no tomó el rifle, pero sabe contar el chiste; y el contemporáneo, que tiene el rifle, pero descubre que el río es propiedad de una cooperativa tripartita y que el conejo es un logo de marca registrada. Entonces algo se vuelve evidente: la rebeldía que sobrevive ya no es la que destruye el sistema, sino la que lo reorganiza sin pedir permiso.
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