Marx comienza citando a Hegel, al afirmar que el filósofo alemán, en alguna parte de su obra ha dicho que los grandes hechos y personajes de la historia aparecen, como si dijéramos, dos veces; a propósito de lo cual Marx dice: “pero olvidó agregar que una vez aparecen como tragedia y otra como farsa”.
“El 18 Brumario de Luis Bonaparte” es un texto de Marx que, con el tiempo, se ha convertido en un modelo clásico de lo que hoy se ha dado en llamar análisis de coyuntura; en realidad no se trata de un texto muy difícil, lo que sí es que requiere algún conocimiento general de la política europea del siglo XIX y, en particular, de la política francesa de esa misma época: todo aquello que, luego de la derrota de Waterloo, se dio en llamar restauración conservadora y sus inevitables contracorrientes.
Luis Bonaparte o Napoleón III fue un sobrino del general Napoleón Bonaparte, hijo de su hermano Luis, quien fuera rey de Holanda, y de una hija de Josefina de Beauharnais, quien fuera la amante del general y emperatriz de Francia; el hecho es que Luis Bonaparte llegó a ser presidente de Francia, siéndolo decide dar un golpe de Estado, al abolir la asamblea y la Segunda República, inaugurando así el Segundo Imperio Francés, del cual, él ejerció como emperador, con el nombre de Napoleón III.
Este golpe de Estado es el que Karl Marx revisa, examina y disecciona en el “18 Brumario de Luis Bonaparte”, con una ironía y una pluma que funcionan como un bisturí, sobre la Francia de entonces; pero a estas alturas y por estas latitudes a quién le interesa aquella Francia.
Aquí y ahora lo que sí interesa es que alguien ha llegado a gobernar usurpando el nombre de un antepasado, haciendo uso de un nombre que le viene muy grande, saqueando una herencia que a la vez deshonra; si, en este mundo, si todos aquellos que reciben algo a título de herencia fueran merecedores de dicho legado, sería posible hablar de una especie de equilibrio, proporción o justicia que, a todas luces, es más deseada que real.
Si lo hemos entendido bien, y hay que ver que era fácil de entender (otra cosa es que los chapines no seamos especialmente brillantes cuando de entender se trata), Jimi y Giamattei eran al tío Bernie lo que Ali Baba es al hermano Pedro de Betancourt, o bien, lo que Netanyahu es a la madre Teresa de Calcuta… ¿sería posible que alguno de nosotros se imagine a Ali Baba y al hermano Pedro llegando a un acuerdo financiero sobre un puñado de monedas…? O, en todo caso, ¿sería posible que alguno de nosotros se imagine a Netanyahu y a la madre Teresa poniéndose de acuerdo sobre el destino de un niño huérfano que deambula por un escenario de calles arrasadas por bombas y metralla…?
Quizá, los despropósitos que describen las relaciones imaginadas en el párrafo anterior sean capaces de establecer la decepción de muchos guatemaltecos; aunque llegado este punto, tal vez, mejor sea decir: el tamaño de la decepción.
Usted, yo, aquél y aquel otro hemos visto llegar a la presidencia a varios: unos agazapados atrás de alguien, unos haciéndose los valientes o los fuertes o los guapos o los irresistibles o los ricos de toda la vida o, incluso, alguno que otro haciéndose el baboso o el gracioso; pero nunca había llegado alguien haciendo gala de una herencia, y lo peor de todo es que se trató de una herencia inmaterial, de algo tan valioso como un principio, una idea, una virtud ¿acaso, alguien puede ser dueño de algo más valioso…? Pudieron haberse preguntado nuestros paisanos de Totonicapán…
En la política real, una de las condiciones necesarias es la traición, eso lo sabemos todos o casi todos, no es nada nuevo, lo cual, no le quita ni un gramo de asquerosidad; pero que esa traición llegue hasta traicionar lo que se ha recibido de un padre; eso sí que no lo habíamos visto.
Para que un hijo crezca y se desarrolle hay que engendrarlo y cuidarlo, darle tiempo para que llegue a ser un hombre, luego hay que soltarlo por el mundo a que dé de sí, en fin, una cantidad enorme de tiempo y esfuerzo sin esperar nada a cambio, en la más arriesgada, insegura e incierta de las inversiones.
En el sótano de sus vidas, por debajo de sus diferencias obvias, Napoleón III y tío Bernie, poseen una llamativa unidad, como si fuesen dos gemelos diferentes, dos hermanos unidos por la sangre de la ilegítima usurpación de una gran herencia.
PS. Algunos de los últimos gobiernos en Guatemala han sido puestos contra las cuerdas por actos extremos hechos de forma premeditada y perfectamente calculada, el más emblemático es sin duda el crimen de monseñor Gerardi, durante el período de Arzú; como para que quede claro de qué lado está el gobierno, a quién defienden lo acepten o no, hasta dónde llega su vergüenza…;el reciente asesinato del abogado Juan Francisco Solórzano Foppa, ha llevado a este límite, justamente, al gobierno de “tío Bernie”.
Queda por ver si responde a su herencia…
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