Mañana lunes 26 de octubre, a las cinco y media de la tarde, se presentará en la Biblioteca Nacional Luis Cardoza y Aragón el poemario Desde la banca, de Álvaro Montenegro Muralles. Los comentarios estarán a cargo de la poeta y académica Carolina Escobar Sarti y de la escritora y periodista Dina Fernández.
El libro, publicado por Magna Terra este año, llega precedido por una trayectoria de escritura que Montenegro Muralles ha cultivado desde la adolescencia: años de lecturas, viajes, reescrituras y un compromiso ciudadano con la justicia que ahora cristalizan en su debut poético con su primer libro.
El poeta y escritor Gerardo Guinea Díez ha señalado que Montenegro Muralles decidió sentarse en una banca a observar el mundo, y que con este poemario hace un ajuste de cuentas con su tiempo. Francisco Goldman, en el texto de contraportada, lo describe como una voz de ángel refugiado que nos devuelve una manera necesaria de ver, sentir, recordar y vivir.
Una voz que se asume desde la responsabilidad
Desde la banca no es un libro de proclamas vacías ni de eslóganes predecibles. El poeta articula un compromiso humanista donde ética y estética se funden en un mismo lenguaje. A través de sus versos, emprende un intento valiente de restitución de la memoria histórica, conectando las heridas del pasado con las urgencias del presente nacional y global. Es una obra que atestigua el nacimiento de una voz propia y demuestra que la poesía puede seguir siendo espejo crítico del mundo sin renunciar a la belleza ni al rigor formal. Los poemas en prosa incluidos en el volumen muestran enjundia literaria y una capacidad lírica que sostiene el conjunto.
Un verso marca el tono: «Una bala atraviesa el pecho de la palabra». Corresponde al poema “Las voces que seguirán vibrando”, publicado antes por la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2022. Montenegro Muralles escribe desde las lesiones del alma, pero también desde la convicción de que la palabra debe seguir vibrando.
Los desaparecidos como puntos suspensivos
Uno de los ejes del libro es la desaparición forzada, esa práctica deleznable de la contrainsurgencia durante el conflicto armado interno. En el poema «Soy su madre – Desde el Archivo de la Policía Nacional», escuchamos la voz de una madre que busca a su hijo hasta encontrarlo en una fosa: hundida / llena de huesos / ropa roída / y ahí estaba / hecho polvito / mi muchachito.
Los desaparecidos no pueden desaparecer. Ya lo señalaba Asturias en Los ojos de los enterrados: solo descansarán en paz cuando haya justicia. Álvaro Montenegro Muralles lo sabe muy bien y lo señala: los desaparecidos no tendrán punto final, serán puntos suspensivos. Aparecerán en sueños, pesadillas y vigilias de sus familiares. Como en estos versos: Jalan la sabanita / se tapan, cierran los ojos / y duermen reservadamente / en el habitual insomnio / de su madre y sus parientes.
Fronteras, exilios y ciudades
El poeta ha atravesado muchas fronteras: Latinoamérica, Estados Unidos, Europa. De su paso por Nueva York escribe: «El olor a Manhattan es espeso / mezcla de orín y sudor petrificado / marihuana y cavernícolas». En los aeropuertos, esos espacios impersonales donde el tiempo se vuelve ansiedad, se encuentra una verdad incómoda: «Viajar es vivir, decía Juan José Arévalo, pero pienso que viajar también es morir».
México ocupa un lugar en el libro. Nos deja escuchar la voz de un exiliado que por décadas ha tenido a México como patria de elección, como decía Cardoza y Aragón. Pero también recorre la Ciudad de México con sus propios ojos y es testigo de la gentrificación de barrios como La Condesa: «se oye el inglés a cada rato, casi como en Estados Unidos el español». Y sin embargo, afirma: «Desde La Condesa hacia la nada. Fuimos poetas y seguimos recitando». No falta un poema dedicado a la tragedia de Ayotzinapa.
Homenajes
El poemario incluye homenajes a figuras cuya memoria sigue siendo una herida abierta o un manantial que nunca cesa. A Myrna Mack: Caminaba entre el monte / como un sabueso con libreta / guardando cicatrices en las bolsas / veía en las chozas las telarañas / y las ollas empolvadas.
A Tono Móvil: Abuelo místico / de tiempos mitológicos / con cerbatana apunta la maneca / de los poemas desparramados… El único que ha leído todas mis historias / aunque luego me diga que quizá a este texto / le sobre un poco de grasita.
Y un poema dedicado al juez Miguel Ángel Gálvez, que parte de su tierra empujado al exilio: Las noches se despejan / sin lunas ni estrellas visibles / veremos alacranes carcomer las sobras / de los despojos / de este país arrodillado.
El epígrafe de Camus y la pregunta final
El libro abre con un epígrafe de Albert Camus que señala el drama de que, aun teniendo la razón, se puede perder. Camus hablaba de la República española. Las palabras pueden aplicarse a otros espacios y tiempos, incluyendo a Latinoamérica y, en especial, a Guatemala. De ahí surge una pregunta que atraviesa todo el poemario y que conduce a un dilema shakesperiano: optimismo o pesimismo, that is the question.
En el poema inicial, «Ciclo», se anuncia «el velorio de todas las certezas». La conciencia se adentra entonces en un territorio de dudas y hechos terribles: la oscuridad avanza, la injusticia prevalece y se reproduce en formas violentas y represivas. Un mundo dominado por poderes coloniales liderados por personalidades narcisistas y codiciosas configura una distopía inmediata. Montenegro Muralles lo resalta y, en algunos pasajes, lo representa como la tragedia que inevitablemente cubre el mundo.
La voz lírica recuerda que hace una década hubo en Guatemala un movimiento por la justicia y el cambio y que, cuando todo parecía cambiar, comenzó a restituirse el sistema de corrupción e injusticia. El autor no solo escribe sobre esos momentos: los vivió, participando activamente en la plaza y las calles. Hoy no habla el activista, sino el poeta que expresa sus reflexiones y emociones, la dimensión existencial de la poesía. El que nos dice que ahora es la hora de cambiar las actitudes antes de intentar de nuevo el cambio total, el del mundo y la historia. Solo un ajuste de ciento ochenta grados, un giro copernicano, puede llevarnos a enganchar de nuevo con la necesaria lucha por tiempos mejores.
La esperanza en la llanura
Viene al caso el poema «En la llanura», expresión usada para describir el punto máximo de la soledad, el aislamiento y el vacío emocional. Pero aun en ese punto muerto y desolado puede florecer una esperanza. Cita a Rubén Darío y su conocida «Salutación del optimista», escrito cuando el gran nicaragüense atravesaba uno de sus peores momentos. Y Montenegro Muralles lo evoca: «Con ese poema, en ese lapso de cuasi fallecimiento espiritual, Darío abrió un féretro y le colocó adentro buganvilias, caían hacia afuera como rosados llantos de ángeles».
Desde la banca es, en definitiva, un libro que se presenta como una de las sorpresas más lúcidas de la poesía guatemalteca reciente. Es urgente leerlo. Montenegro Muralles escribe con el pulso vibrante de quien asume la palabra como acto de responsabilidad. Y lo hace sin renunciar a la belleza, sin ceder a la consigna, sin olvidar que la poesía, cuando es verdadera, sigue siendo la forma más bella para hablar de la justicia, la vida y del prójimo que no debe ser visto nunca de lejos. En sus palabras:
“Hacemos poesías rayando los papeles jurídicos, que para nada sirven, pues son frutos de los clamores de los emperadores para derretir a los pobres. Eso hacemos, pero también provocamos risas, si querés irónicas, chocando la cabeza contra la pared propia, un espejo roto, una garganta defectuosa, una rodilla tiesa y quebrada, un agujero sin pelo en la cabeza, el rímel corrido por las carcajadas; todo eso hacemos que suena poco o quizá nada, pero ya es algo y para este gris mundo cruel es más que suficiente y de sobra; (“¿Qué hacemos?”)
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