Características sociales de los rituales de Semana Santa de la Orden de Santo Domingo en Santiago de Guatemala en el siglo XVI

Esta columna es la II Parte de la publicada el domingo 15 de marzo de 2026.

Mauricio José Chaulón Vélez

marzo 22, 2026 - Actualizado marzo 21, 2026

Debido a los niveles de relación que la Orden de Santo Domingo había construido con la monarquía española y comenzaba a configurar con los incipientes grupos dominantes en las colonias americanas, sus ceremonias litúrgicas de Viernes Santo no podían pasar desapercibidas. Todos los elementos fastuosos –no sólo dignos de la divinidad de Cristo, sino también, y fundamentalmente, del prestigio y posición social de la Orden- hacían que estos ceremoniales fuesen ocupando un espacio representativo en la estructuración ideológica del sistema colonial. En lo que a las cofradías se refiere, éstas eran parte vertebral para la organización de las actividades litúrgicas. Dichas organizaciones iban tomando mayor importancia y alcanzaban mejores posicionamientos sociales –tanto en el plano objetivo de la práctica social como en las subjetividades, o sea en las mentalidades de los sujetos sociales- a partir de la relevancia y ostentación que alcanzaban sus actividades, festividades y conmemoraciones. Estos aspectos hacían resaltar la posición social y económica de los integrantes de las cofradías, que en el caso de las relacionadas a la Orden de Santo Domingo se evidencia en la presencia de miembros de los grupos de poder. Un ejemplo es el de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario.   Ésta, según Urquizú Gómez, Prahl Redondo y otros historiadores, fue la primera entidad de este tipo con relación al templo de Santo Domingo en la ciudad de Santiago de Guatemala, fundada posiblemente el 1 de noviembre de 1559 por el Obispo Francisco Marroquín. Para la ideologización religiosa católica, el rezo del rosario era importante, ya que el papa Pío V –quien el 17 de septiembre de 1568 lo instituyó para ser rezado “universalmente”- hacía alusión al ejercicio espiritual de rezar el “Santo Rosario” en estrecha consonancia al triunfo del cristianismo sobre los infieles musulmanes, sobre las herejías y a favor de las conversiones cristianas.

En un documento citado por el colega historiador Fernando Urquizú y que fue localizado primeramente por el también colega Edgar Vallejo, se hace evidente la participación de sujetos sociales que pertenecen a grupos socialmente acomodados, en la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario del templo de  Santo Domingo. Para efectos de esta columna, el documento fue buscado y leído en el Archivo General de Centroamérica, reproduciéndose aquí lo esencial de su contenido:

“Recibí del Señor Alonso de Miranda albacea y tenedor de los bienes de Faustino de Arratia difunto diez tostones de limosna que dicho difunto mandó dar a las cofradías de esta ciudad y esto recibo yo como mayordomo de Nuestra Señora del Rosario y de la Soledad lo firmé en Guatemala a quince de mayo de 1598 años. Baltasar Pinto de Amberes”. (Archivo General de Centro América, AGCA. Exp. 48510. Leg. 5775).

Si se analiza brevemente el nombre del Mayordomo de la Cofradía, se evidencia que  pertenece a una familia acomodada en el sistema socioeconómico colonial. Para obtener el puesto de mayordomía, se necesitaba de cierto prestigio y estatus económico, ya que dentro de sus responsabilidades estaba la administración de bienes de la cofradía y la cercanía permanente con la imagen venerada. En el caso del documento citado, el apellido de Amberes refleja un origen –o al menos alguna ligazón- con grupos de comerciantes o financistas que posiblemente procedían del puerto de Amberes. En el siglo XVI, esta ciudad fue uno de los emporios comerciales más importantes de Europa, perteneciente a Flandes.De esta cofradía pudo desprenderse la otra que nos compete primordialmente para nuestro objeto de estudio, es decir la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. En ese sentido, el nombre que indica el documento es claro: “…como mayordomo de Nuestra Señora del Rosario y de la Soledad”.

En el siglo XVI se empezaron a formar las primeras cofradías dedicadas al culto de la pasión de Cristo en la Nueva España; en el caso de la denominada como de Nuestra Señora de la Soledad, pudo haberse desprendido no sólo de los rituales propios de la liturgia de Semana Santa, sino también del rezo de uno de los Siete Dolores de la Santísima Virgen, es decir de la simbología del dolor que representa la soledad de la madre de Cristo después de la muerte de su hijo.

En la Nueva España existe evidencia de la formación de cofradías similares. Recordemos la influencia directa del Arzobispado de México sobre el Obispado de Guatemala en cuanto a la  política eclesiástica, por lo que todo lo desarrollado por los dominicos en ambas regiones tiene enorme similitud. Asimismo, el posicionamiento social de la Orden en el sistema español trasciende la influencia de los concilios mexicanos. Basándonos en dos citas del cronista dominico Dávila Padilla, podemos inferir que también en la Nueva España las cofradías dominicanas tuvieron amplia relación con sectores de poder económico y político. Es por ello por lo que insistimos en afirmar que la configuración de las relaciones sociales de la Orden de Santo Domingo de Guzmán corresponde a las dinámicas que en ese momento había tomado el sistema colonial español en estas regiones.  Lo que la entidad dominica estaba haciendo en el campo de la conquista ideológica –tanto en México como en el antiguo Reino de Guatemala- le posicionaba en un espacio de poder.

Lo que anota Dávila Padilla es lo siguiente:

“…que halló motivo en la soledad que la Reyna de los Ángeles tuvo, cuando se vio fin su querido Hijo, y acompañándola sus devotos con sentimientos y tristes hacen procesión devota…

Era el Virrey don Lorenzo Suárez de Mendoza Conde de Coruña, cuyo noble corazón enemigo de los pleitos, remitió la causa a la Audiencia Real y por su acuerdo y mandato se comenzó ese año a celebrar el descendimiento y procesión y quedó hecha y fundada la cofradía”. (Agustín Dávila Padilla, [1625]. Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México por las vidas de sus varones insignes de la Orden de Predicadores. México: Litografía Azteca, 1953. Pp. 561-562.).

En el primer párrafo, se anota la fundación de las Cofradías de la Vera Cruz por San Vicente Ferrer8, y de la cual surge la de Soledad, tanto en España como en la Nueva España. El segundo párrafo menciona la existencia de varias cofradías en la ciudad de México desde 1582, dedicadas a la pasión de Cristo. Es interesante observar el involucramiento de un personaje de poder político y económico en coadyuvar a la organización del funcionamiento de las cofradías de pasión en Nueva España: esto es un indicador de lo que se desarrollaba al respecto en la ciudad de Santiago de Guatemala.

Hasta el momento, no existen evidencias sólidas sobre la fundación o funcionamiento de una cofradía dedicada especialmente al culto y veneración de una escultura denominada Señor Sepultado, Cristo Morto, Cristo Sepultado o Cristo Yacente durante la época colonial del antiguo Reino de Guatemala. Es por ello por lo que los antecedentes de relación con grupos de poder político y económico que se observan en torno a los rituales litúrgicos de la pasión y muerte de Cristo que organizan y llevan a cabo los dominicos en la ciudad de Santiago de Guatemala, están definidos en la Cofradía de Nuestra Señora de Soledad.

Esta cofradía tiene su fundamento legal a partir de la bula del Papa Clemente VIII, la cual fue publicada el 13 de enero de 1598 en Roma.  El pontífice escribió:

“…que en los reinos de la China, las islas Filipinas y en las demás provincias y tierras de las Indias, los fieles cristianos que habitan movidos por la devoción que tienen a la Santísima Virgen María madre de Dios, han fundado cofradías con el nombre y advocación de la Soledad de la Santísima Virgen María cuyos cofrades entre otras obras de piedad en que se ejercitan acostumbran el Viernes Santo llevar la imagen de nuestro salvador después de haberle descendido y bajado de la cruz con solemne procesión y mucha veneración al santísimo sepulcro. Llevando los nobles y principales caballeros en sus manos las santas insignias de la Pasión de Cristo, nuestro redentor, y el Domingo de Pascua de Resurrección, sacan de su sepulcro la dicha imagen de nuestro salvador con muy grandes alegrías y regocijos llevando la imagen de la bien aventurada Virgen María con representación de alegría y contento a visitar a su santísimo hijo, ya glorioso y resucitado, los cuales misterios son de grande edificación espiritual para los dichos cristianos y recién convertidos a nuestra fe católica.

(…)

…nuestros amados hijos los priores y conventos de cualquier casa de la dicha orden de predicadores fundadas en cualquier parte y provincias de las otras Indias y de las de aquí en adelante fundaren y reafirmen para que en sus iglesias respectivas puedan libre y lícitamente elegir, construir y fundar las dichas cofradías con el título y nombre de Nuestra Señora de la Soledad y teniendo la licencia de los ordinarios de las dichas provincias y a los cofrades de las cofradías dichas… Por especial gracia y facultad, les concedemos que puedan gozar y gocen libre y lícitamente ahora y para siempre varias y todas y cualquier gracias e indulgencias, facultades, inmunidades y prerrogativas y todas las demás concesiones espirituales temporales que gozan las demás cofradías semejantes a esta y sus cofrades.

7 Agustín Dávila Padilla ([1625] 1953) Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México por las vidas de sus varones insignes de la Orden de Predicadores. p. 562.

8 Fraile dominico español, confesor del papa Benedicto XIII. Fue consejero en el Concilio de Constanza. Nació en 1350 y murió en 1419.

(…)

En este, concedemos siete años y otras tantas cuarentenas de perdón a todos los cofrades que son o por un tiempo fueren, así hombres como mujeres que visitasen igual cualquiera de dichas iglesias o capillas en las fiestas de la Natividad, Concepción, Purificación, Visitación y Asunción de la bien aventurada Virgen María, desde las primeras vísperas, hasta que se ponga el sol el día siguiente y en las dichas iglesias o capillas hiciesen oración en al forma arriba dicha.

Y también todas las veces que asistieren a los oficios divinos y a las misas que estén en cualquiera de las dichas cofradías se celebraren o en sus cabildos o ayuntamientos públicos o particulares, o hospedasen algunos pobres, hicieran para dar amistad con algunos enemigos propios o ajenos como quiera que fueren causas de tales haceres y amistades, acompañen los cuerpos difuntos a sus entierros, así de los cofrades como no cofrades, o cualquiera de las procesiones de cualquiera de las dichas cofradías (…) o al Santísimo Sacramento, así en cualquiera de sus procesiones como cuando lleva a los enfermos a cualquier otra parte que lo llevaren o si cuando oyeren tocar la campana a cualquiera de lo que dicho es, rezaren un Pater Noster y un Ave María por las ánimas de los cofrades difuntos de cualquiera de estas…”. (Copia del breve del papa Clemente VIII, a favor de las cofradías de Nuestra Señora de Soledad fundadas en los conventos de la Orden de Predicadores que están en las Indias.

El documento se encuentra en el Archivo Histórico Arquidiocesano de Guatemala Francisco de Paula García Peláez).

Lo que podemos analizar de este documento, comparándolo con el referido a la limosna recibida por el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Soledad de fecha 1598, es que ya existía en esta región el funcionamiento de organizaciones similares en torno a los rituales litúrgicos sobre la pasión y muerte de Cristo. Asimismo, se hace evidente la participación de grupos de poder político y económico en estas actividades, debido a que el carácter de las relaciones sociales en el contexto colonial hispano reflejaba una estrecha correspondencia entre la Iglesia y el Estado. Por lo tanto, como ya lo hemos mencionado en apartados y párrafos anteriores, los dominicos jugaron un papel histórico de suma importancia para estas condiciones.

Citando al colega historiador Miguel Alfredo Álvarez Arévalo, existe la evidencia de la participación de grupos de poder político en la Cofradía de la Soledad de Santo Domingo en la ciudad de Santiago de Guatemala, dado que el 17 de abril de 1607, por acuerdo del Ayuntamiento “desde el presente año asistirá a la procesión del Santo Entierro del templo de Santo Domingo (…) a sacar las sagradas insignias usando lobas de tafetán negro”. ( Miguel Álvarez Arévalo [1992]. De Ramos a Pascua. Guatemala: Serviprensa Centroamericana).

En este contexto, podemos afirmar que los dominicos lograron posicionarse con privilegios en los espacios litúrgicos y paralitúrgicos de la Semana Santa durante la época colonial en Santiago de Guatemala, debido a los niveles de relación que habían venido configurando desde su participación en los procesos ideológicos de conquista y expansión colonial. Al mismo tiempo, sus características de Orden religiosa cercana a la Corona, manejando y acumulando al mismo tiempo altas cantidades de riqueza en la estructura socioeconómica, los integraba a dinámicas de relaciones muy estrechas con grupos de poder político y económico, las cuales se hacían evidentes en las manifestaciones religiosas públicas.

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