Pregunta y verdad

Los seres humanos mayores, con uso de razón, en muchas ocasiones de la historia, no se han hecho esta pregunta con respecto a afirmaciones, juicios o proposiciones sobre algo de sus vidas o el mundo, que escuchan o leen, de otros.

Camilo García Giraldo

julio 19, 2026 - Actualizado julio 18, 2026
Platón y Sócrates. Imagen: Wikipedia

La primera actitud o postura racional, que cada persona debe asumir, cuando escucha o lee una afirmación o proposición lingüística, que le realiza otro, pretendiendo que es verdadera, es la de preguntarse a sí mismo, si en realidad es verdadera, como pretende. Esta postura fue la que enseñó Sócrates, hace casi 25 siglos, cuando intervenía en los diálogos, que sus conciudadanos llevaban a cabo en las plazas de Atenas. Pero, para contestarse esta pregunta, tiene que pedirle a quien emitió esa proposición, que exponga las razones que la sostienen. Y, al escucharlas, puede decidir, si, son suficientes para sostener su pretendida verdad o si no lo son. Es decir, puede aceptarlas como razones que prueban que esa afirmación es verdadera porque muestran el hecho o el estado de cosas al que se refiere, o, por lo contrario, puede rechazarlas, porque no lo pone de presente. Pero, al rechazar la pretendida verdad de esa afirmación, contrae, entonces, consigo mismo, y, con quien la emitió, la obligación igualmente racional de exponer las razones que tiene para rechazarla, o lo que es lo mismo, mostrarle y explicarle a su interlocutor, la ausencia real de ese hecho o estado de cosas al que se refiere.   

Sin embargo, los seres humanos mayores, con uso de razón, en muchas ocasiones de la historia, no se han hecho esta pregunta con respecto a afirmaciones, juicios o proposiciones sobre algo de sus vidas o el mundo, que escuchan o leen, de otros. Simplemente, las aceptan, o, las han aceptado como verdaderas por varias razones. La primera, y, más elemental, es la de que sienten o creen que esas afirmaciones son verdaderas, porque las han aprendido desde su niñez de sus padres y maestros escolares. Afirmaciones, que, al aprenderles, las han interiorizados de tal manera, que terminan sintiendo o creyendo que son certezas naturales e incuestionables que dan orden, sustento y fundamento a sus vidas. Es lo que llamó Husserl, certezas pre-reflexivas, que forman parte del mundo de la vida cotidiana de los seres humanos. De ahí, que no sienten la necesidad de preguntarse, si, son en realidad verdaderas, porque precisamente, las sienten y consideran en su interior, en su subjetividad, como incuestionablemente verdaderas.  

La segunda, es que la de que ven directamente en la realidad el hecho o estado de cosas al que se refiere esa afirmación o juicio. De tal modo, que no necesitan formular a quien la emitió o escribió, la pregunta sobre la verdad de la misma, porque constatan o comprueban por sí mismos, su verdad.

La tercera razón se refiere al hecho de que no se atreven a formularla, porque están sometidos a las coacciones de un poder determinado, de una organización o persona poderosa, que, les impide formularla en público. De tal modo, que estas personas, al ser coaccionadas por este poder, pueden aceptar en público, como muchas veces ha ocurrido, como verdadera esa proposición o juicio, así en su fuero interno o privado, se cuestionen o se pregunten, si en realidad lo es.

El ejemplo en la historia más conocido, es el de Galileo, que frente el riesgo de ser condenado a muerte por el tribunal de la Inquisición, por defender la teoría heliocéntrica de Copérnico, se retractó en público, a pesar, que, en su interior, siguió convencido de su verdad. O, de muchos miembros de las sociedades modernas, sometidos a regímenes dictatoriales, que aceptan o han aceptado en público, la pretendida verdad de las declaraciones y proposiciones que defienden y sostienen estos regímenes, para evitar ser perseguidos y castigados. De ahí, que el temor a morir, o, a ser severamente castigado por algún órgano de poder, empuja como un poderoso motivo, a muchos hombres, a declarar en público, como verdadera, una proposición sobre algo en el mundo, que consideran falsa en su intimidad.   

La cuarta razón por la que muchos hombres no asumen esta actitud racional de preguntar, si, en realidad es verdadero el contenido de las afirmaciones o proposiciones lingüísticas que escuchan o leen, porque es sostenida y defendida por una institución o persona, que tiene, y, le reconocen, una autoridad cognoscitiva en el tema o asunto a la que se refiere, es decir, ser portadora de un saber suficiente, amplio y extenso sobre la materia sobre la que versa o se refiere esa afirmación. Así, en algún momento, tengan dudas sobre su verdad, no se atreven a formular esa pregunta en público, porque sienten, o mejor, suponen, que, las razones que ofrece esa autoridad para sostener esas afirmaciones, demuestran su verdad, debido al dominio cognoscitivo completo sobre la materia, debido al hecho que saben mucho más que ellos. Esta suposición, los inhibe para hacer esta pregunta reflexiva.     

Estos obstáculos que impiden a los seres humanos hacerse esta pregunta fundamental cada vez que se encuentran frente a una afirmación o proposición lingüística sobre algo de sus vidas o del mundo, solo se pueden superar, así sea en parte, cuando tienen o adquieren el valor, como lo pidió Kant, de tomar la decisión de su usar su razón para formularla a quienes la sostienen o formulársela a sí mismo. Sin embargo, esta condición no es suficiente para que conviertan esta actitud racional en una actitud regular, normal y natural de sus vidas; se requiere, además, que cada uno adquiera y tenga el derecho formal que los demás le dan y reconocen de usar libremente su razón para formular esta pregunta. Solo cuando esto ocurre, cuando los seres humanos saben que tienen ese derecho, se atreven, sin temor, a usar su razón para preguntar sobre, si, es verdad, lo que otros afirman que es verdad.

Y, este derecho a usar la razón libremente en público, es uno de los que los legisladores del Estados democráticos de derecho moderno, consagraron y establecieron en el acta escrita de su Constitución, como parte del derecho fundamental que le reconocen a todos de hablar libremente en público. Por eso, en el mundo moderno el acto de preguntar en público por la verdad de una afirmación o proposición, es un acto constitutivo, no solo de la emergencia del sujeto racional reflexivo, sino también, un rasgo o atributo esencial de la fisonomía de este mundo. Un acto por el que, además, cada vez, que, alguien lo realiza, pone en evidencia, que, una verdad definitiva, acabada y absoluta, como las que creían en el pasado histórico muchos hombres, no existe. Pues, como ahora los seres humanos, al usar este derecho de interrogar, si, en realidad es verdadera, cualquier afirmación que alguien emite o pronuncia en público, por más autorizado que sea, pone de manifiesto, de manera clara, el límite no solo histórico, sino también, cognoscitivo de esa afirmación. El hecho de interrogarla para determinar, si, es en realidad tan verdadera como pretende, le coloca un límite que impide inevitablemente la posibilidad de ser absoluta o definitiva.

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