Dante Liano y la memoria como herramienta para la imaginación

“Las aventuras de Dante Liano” está a medio camino entre las memorias y la autoficción, sin huir de una historia personal fácilmente identificable y sin temerle a la creatividad para esconder detalles bajo el formato de la novela.

José Javier Gálvez

septiembre 13, 2026 - Actualizado septiembre 13, 2026

En su recién publicado libro “Las aventuras de Diego Cosenza”, Dante Liano recorre a través de los ojos de un guatemalteco que comparte sospechosas similitudes con su pasado, la Guatemala de su juventud y la Italia de su adultez temprana. No es la primera vez que Liano, ganador del Premio Nacional de Literatura en 1991, acude a la familia Cosenza para retratar un pasado desdibujado.

“Las aventuras de Dante Liano” está a medio camino entre las memorias y la autoficción, sin huir de una historia personal fácilmente identificable y sin temerle a la creatividad para esconder detalles bajo el formato de la novela. Si en el libro todo fuera ficción, sería sencillamente creíble. Si todo fuera real, la memoria de Liano sería superhumana.

Ahí su mayor virtud: no teme en recordar con claridad ni rellenar los espacios de la memoria guiado por las profundas emociones con las que pinta esos espacios vacíos. Liano (o Cosenza) retoma desde una perspectiva novedosa el exilio y la persecución de la dictadura guatemalteca. Su protagonista no es un militante rebelde, no es un intelectual subversivo. Es un amante de la literatura, cosa que ha quedado clara desde la narración de su infancia, en la que entendió la escritura como llamado y como destino. Aun así, la calidad de literato es suficiente para acabar en la mira de los gobiernos militares que ven con ojos de desconfianza el acto de pensar, de enseñar y de escribir.

Pero Liano/Cosenza no ha llegado ahí por casualidad. Ni siquiera es producto solo de sus circunstancias. Llama la atención un larguísimo listado de nombres. Encuentros, coincidencias, influencias y enfrentamientos que marcarán para siempre la vida de uno de los narradores más importantes de nuestro tiempo. Muchas veces, el autor tendrá la delicadeza de esconder los nombres, aunque por asociación algunas de esas veces los rostros detrás de ellos resulten fácilmente reconocibles. Algunas ocasiones, no tendrá reparo en alardear su cercana relación con figuras clave de la literatura del siglo pasado que, de alguna forma, moldearon su destino (entre muchos otros, es el caso del poeta Totonicapense Luis Alfredo Arango).

En un acto de profunda sinceridad, el autor reconocerá en más de una ocasión que no merece ser contado entre los perseguidos por la dictadura militar, que ha huido por necesidad pero que no puede ser considerado un líder de la oposición al gobierno de turno. Este reconocimiento no le hace menos valiente, aunque la sencillez y humildad de su relato no pretenda esa ruta.

El libro, por otra parte, se narra entre una Guatemala recordada con dolor y una Italia nueva, desconocida, nunca narrada “en chapín”. Esa dicotomía permite observar desde otra perspectiva una realidad que escapa de nuestro conocimiento empírico: ¿qué sucede con los que se han tenido que ir? Claro que la posición de Liano, como intelectual, es privilegiada. Pero él ha sabido usarla para, a través del don de la palabra, darnos el regalo de una literatura sin complicaciones, sin adornos, que suena como cualquiera de nosotros.

Hace algunos años leí “El hijo de casa” y “El abogado y la señora” y descubrí una voz guatemalteca que me pareció profundamente original. En este libro descubro en esa voz una de las virtudes que personalmente me gustan más de la literatura y que explico con una historia: conocí a Eduardo Halfon en el contexto de la publicación de su “Pan y cerveza” (antes “Esto no es una pipa”), una historia sobre Carlos Valenti y Carlos Mérida. Le pregunté si lo que contaba era real y su respuesta fue “Sí. O… no” y se encogió de hombros. Esa respuesta vaga pero certera a la vez me permitió entender a mis 19 años que la literatura permite mezclar lo real con lo inventado, lo propio con lo prestado.

Annie Ernaux, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2022, conoce mejor que nadie los beneficios de la autoficción: la posibilidad de utilizar la memoria como herramienta para la imaginación. En su libro, Liano recuerda, sí, pero imagina también. Y al hacerlo crea una atmósfera de profunda nostalgia por el pasado, de cariño por un país que lo expulsa y de ilusión por uno que lo recibe.

El de Liano me parece un libro entretenido, que aunque termina de manera abrupta, permite imaginar que no será la última vez que nos encontremos con Diego Cosenza. Uno que quizás vea el mundo con otros ojos, pero el mismo que nos permitió ver una Guatemala sin pretensiones, prestándonos su historia de vida y dibujando los bordes con creatividad magistral.

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