Narrativa, política y otras crueldades en México y Guatemala

Creo que los nuevos autores mesoamericanos que ahora están haciendo sus primeros tanes literarios deben continuar la tradición de la ruptura, como dijo Octavio Paz, y lanzar sus dardos donde más duela a los que ejercen el poder...

Fernando González Davison

junio 15, 2025 - Actualizado junio 14, 2025

Fragmento de la portada del libro Los peores días, de Fernando González Davison

Hay una secuencia que se enlaza con la novela testimonial que pregonaba mi generación para que cada joven autor escribiera conforme los signos de su tiempo: dar su testimonio para iniciar el camino literario, pero ya no ambientado en el área rural sino en la ciudad. Marco Antonio Flores dio la pauta con su experiencia en “Los compañeros”, cuyos protagonistas eran jóvenes clasemedieros irresponsables de una célula guerrillera urbana. Entretanto, tanto Luis de Lión desvelaba sus conflictos existenciales como joven kaqchikel en “El tiempo principia en Xibalbá”, y su trauma al vivir en un pueblo cercano a Antigua Guatemala.

Mario Roberto Morales lanzó su primer cuento largo “La debacle” y luego “La Pirámide”, tratando de imitar el estilo de los escritores mexicanos “de la onda”, un movimiento literario mexicano surgido a fines los años 60 inicios de los 70, caracterizado por su lenguaje juvenil, urbano y coloquial, así como por su temática centrada en la vida cotidiana, la contracultura y el cuestionamiento de valores establecidos. Mario Payeras dio su bello testimonio con sus novelas ambientadas en las montañas mientras era parte de la insurgencia, pero a la vez dio su voz de alarma sobre la protección ambiental.  Mientras tanto, yo pulía mi novela incipiente “En los sueños no todo es reposo”, que obtuvo en 1987 el Premio Guatemalteco de Novela, donde un joven urbano es traspasado por una crisis amorosa en una capital crispada por la represión de los gobiernos militares.

Una década después Jorge Volpi suscribió con otros autores el manifiesto de la generación del Crack como una versión nueva de la narrativa de “la Onda”, para escribir con honestidad sobre la realidad que les había tocado experimentar en México con sus luces y sombras, como los autores guatemaltecos mencionados. De alguna manera ha sido una temática común en la región y los nuevos autores mesoamericanos se dieron por replicar con una o varias novelas como en el caso de Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa, Dante Liano y otros, intentando cada uno describir a con lenguaje propio personajes tenebrosos en el poder como lo hizo Miguel Ángel Asturias con “El señor presidente», en lo que podría considerarse una tradición latinoamericana sobre las dictaduras latinoamericanas, de la que hicieron también hicieron eco los del ”boom” cuando García Márquez, Vargas Llosa, Roa Bastos y Carlos Fuentes decidieron escribir sobre los dictadores latinoamericanos y en donde  “Yo el supremo”, del paraguayo Roa Bastos, habría de ganar la apuesta. Ya lo dijo Sergio Ramírez, que lo político se incorpora a la narrativa literaria de los autores latinoamericanos porque si no dejaría de tener la fuerza que siempre la ha acompañado y singularizado respecto de otras culturas literarias. Creo que los nuevos autores mesoamericanos que ahora están haciendo sus primeros tanes literarios deben continuar la tradición de la ruptura, como dijo Octavio Paz, y lanzar sus dardos donde más duela a los que ejercen el poder, aunque deben alejarse de la literatura panfletaria, tan peligrosa como la literatura que se esconde como el avestruz de la realidad cotidiana.

Me encantan las novelas que se atreven a ir más lejos como Jorge Volpi, quien hizo un recuento fantástico sobre su vida familiar en su texto “Examen de mi padre” con toda la honestidad del caso, al tiempo que hizo un análisis profundo de ese México terrible de los cientos de asesinatos cometidos por el Estado en medio de la corrupción y el narcotráfico. Parece un reflejo también de nuestra Guatemala aún más empañada porque es mayor la cooptación del Estado de parte de los grupos criminales. Por eso me dio por investigar y analizar el laberinto político en el seno del Estado evidenciado en el caso del asesinato de Rodrigo Rossemberg Marzano.  Y Alfaguara me publicó “Los peores días”, como lo hizo con Volpi en su “Una novela criminal”, donde, con toques de ficción, este siguió el proceso de Florence Cassez, una francesa procesada junto a Israel Vallarta pues las autoridades mexicanas las consideraban parte de un grupo delictivo, hasta que fue liberada por falta de pruebas. En “Los peores días” y en “Un análisis sobre mi padre” de Volpi, hay una radiografía de los oscuros aparatos de justicia y la corrupción política al punto que Guatemala y México viven vidas políticas paralelas. Y que lo diga el control que tiene el poder criminal, como sucede ahora en Chiapas y Huehuetenango donde las dicen los diarios de estos días, al punto que ningún civil y uniformado local se atreve a atravesar La Mesilla, cerrada de hecho, hasta que México y Guatemala recuperen su soberanía en ambos lados y en variedad de instituciones cooptadas.

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