Fragmento de la portada del libro Un mundo feliz.
En los años de mi adolescencia leí novela de Aldous Huxley Un mundo feliz que se publicó en 1934. Era una novela muy leída en esa época por los jóvenes debido, entre otras cosas, a que presenta una droga llamada “soma” que contribuye a hacer sentir felices a quienes la consumen. El interés o el deseo de encontrar y experimentar nuevos medios como las drogas que les dieran la posibilidad de sentirse felices despertó en muchos el deseo de leerla, hasta el punto de convertirse en una novela referente durante varios años.
En efecto, en la novela los gobernantes del Estado Mundial promueven entre sus habitantes el consumo de esta droga para estimular y acentuar en ellos una conducta adaptativa a la sociedad, o mejor, a determinadas posiciones sociales o a las cinco castas existentes que Huxley denomina con las primeras letras del alfabeto griego. Conducta adaptativa que ha sido programada en cada uno desde su nacimiento por los científicos de la Central de Londres que trabajaban al servicio de estos gobernantes mundiales. Individuos “fabricados” que quedan, entonces, dispuestos, a cumplir sin reservas las funciones que les corresponden, y, las órdenes que les dan.
Pero, la adaptación que programan y condicionan de cada individuo a esa sociedad no es un hecho negativo, crítico o problemático, sino todo lo contario, un hecho necesario y valioso porque lo hacen con respecto a una sociedad en la que no existen los conflictos violentos, ni guerras, en la que la pobreza o carencia de bienes materiales han desaparecido, en la que la salud de todos está garantizada, y, en la que disfrutan de una plena libertad sexual. Al disponer de estas garantías y ventajas para sus vidas, se sienten o creen sentirse plenamente felices. Es una felicidad que les brota de saber o tener la certeza de que la conservación o reproducción de sus vidas está plenamente garantizada.
Sin embargo, esta felicidad es una falsa felicidad, o por lo menos, una forma distorsionada de ella, que uno de sus protagonistas, John el Salvaje que nació y creció fuera de este mundo, en el seno de la tribu indígena norteamericana Zuñi, se encarga de poner en evidencia cuando ingresa a él. Y, es una falsa felicidad porque los habitantes de este “mundo feliz” a cambio de obtener estas garantías para sus vidas han perdido o han sido despojados por los dueños del poder mundial de la posibilidad de disfrutar de las obras de arte, de leer textos de filosofía, de conformar una familia, de vivir el amor y, sobre todo, de la libertad de elegir entre diversas opciones para realizar sus vidas. De tal modo, que en realidad son individuos severamente mutilados por el poder mundial al ser despojados de los medios y posibilidades de vivir con sentido pleno sus vidas en donde yace la verdadera fuente de la felicidad.
Pues, solo quienes sienten que sus existencias son plenas y completas, así sea por algunos momentos, son felices. Un ser humano se siente feliz cuando siente que a su existencia no le falta nada porque está completa. Y, generalmente, esto ocurre cuando realiza actividades que desea realizar, que le dan placer y satisfacción. Actividades que pueden ser, por ejemplo, la de cultivar un huerto o jardín, la de leer un libro, la de ver una película u obra de teatro o la de escuchar determinados los generos musicales que le placen, o, bailar siguiendo sus ritmos en una fiesta o discoteca, o, las de realizar algún ejercicio físico, practicar algún deporte, o asistir a un espectáculo deportivo que les guste, etc. O, cuando contemplan un fenómeno o paisaje hermoso de la naturaleza que los conmueve. Y, también, son felices quienes crean obras artísticas o literarias bien logradas y los que realizan actividades profesionales y laborales que les gustan. Y, son felices porque son actividades que llenan sus existencias con plenitud, es decir, que les dan sentido al sentir una auténtica satisfacción.
Pero, además, un ser humano es también feliz en el momento que se integra o se une sensible y afectivamente con otro u otros, es decir, en el momento que siente amor por ellos, y, que simultáneamente, siente que ellos lo aman. Esta es una forma de felicidad poderosa porque la felicidad que experimenta una persona es resultado de la felicidad que siente el que lo ama o los que lo aman. Un ser humano es profundamente feliz cuando siente en su interior la presencia de la felicidad que sienten quienes lo aman al amarlo, y, a quienes ama. Experiencia de felicidad, que también puede tener con algunos animales domésticos, en especial con los perros. Pues son animales en buena medida humanizados por los hombres a lo largo de la historia. Animales, que han aprendido de ellos a amar, a sentir felicidad cuando aman y son amados. Muchos seres humanos los aman porque precisamente han aprendido de ellos la capacidad de amar. Y, por lo tanto, se han convertido en una fuente de felicidad para quienes se integran cotidianamente con ellos.
Ahora bien, la satisfacción de las necesidades básicas naturales, como las de consumir alimentos o bebidas, no proporcionan a los seres humanos felicidad, sino, a lo sumo placer sensible cuando esos alimentos y bebidas les gustan porque precisamente ellos no sienten amor, ellos no los aman. Solo en el caso especial o excepcional de que los alimentos vegetales que consumen hayan sido cultivados con cuidado y amor por alguien a quien conocen y quieren, podrán sentir felicidad al verlos y consumirlos. Pues, el amor que les puso al cultivarlos queda impreso en ellos. Y al saberlo, quienes los consumen, sienten en ese amor que le transmiten.
En cambio, este fenómeno es evidente y común cuando quien prepara o cocina los alimentos lo hace poniéndoles el amor que siente por quienes los van a consumir. Estos inmediatamente lo sienten al verlos y consumirlos. Y, por lo tanto, al sentir ese amor en los alimentos reafirman o refuerzan el amor que sienten por quien los preparó. El libro de la autora mexicana Laura Esquivel, Como agua para chocolate, que fue llevado al cine, expone bien los extremos de esta forma que tienen los seres humanos de expresarse y transmitirse el amor.

Algo semejante ocurre con los objetos materiales que necesitan los hombres para realizar las actividades cotidianas de conservación de sus vidas. La posesión y el uso de estos objetos y bienes como las viviendas, los muebles del comedor, las camas, los enseres y utensilios de cocina, etc., les permiten la satisfacción digna de esas necesidades básicas naturales. Hecho, que les proporciona satisfacción, alegría y placer. Pero, es una satisfacción que tampoco es equivalente a la felicidad por la misma razón que hemos señalado. Como son bienes u objetos materiales diseñados y fabricados generalmente en serie con la intervención de máquinas y dispositivos técnicos por personas que no conocen, no contienen un ápice de amor. Esta falta de amor en ellos impide que quienes los compran y los usan sientan una auténtica felicidad.
Esto también ocurre con sus vidas sexuales. Una persona al tener trato sexual con otra u otras, siente placer y satisfacción si la otra u otras también lo sienten. El placer que siente una se transmite a la otra y viceversa, asegurándose la vivencia de un placer compartido y recíproco. Pero, esta vivencia placentera no es el nombre de la felicidad si no está acompañada de una integración afectiva amorosa entre los dos. Es decir, si cada uno no siente que una parte esencial de sí mismo, de su ser, no se funde con la del otro, si, no sienten en la profundidad de su ser que los dos en ese momento se convierten en uno solo. Solo, cuando dos personas que se aman hacen el amor con placer y satisfacción, son felices.
Ahora bien, la “felicidad” que viven los habitantes del mundo feliz es aparente o engañosa por una segunda razón igualmente importante: la de carecer del derecho a ser libres, es decir, de la posibilidad real de elegir entre diferentes opciones para construir sus vidas, y, la de obrar y hablar en función de su voluntad. Pues, es muy difícil que una persona sea feliz, si los demás con los que convive, no le reconocen el derecho pleno a ser libre. Pues, si no lo es, no podrá realizar muchas de las actividades que desee o prefiera, no podrá hacer todo lo que quiera o expresar todo lo que piensa, porque los demás, sus familiares, los miembros de la sociedad, o los órganos y agentes del Estado, se lo prohibirán. Sentirá, entonces, que su existencia está mutilada, recortada o incompleta porque carece del derecho o la posibilidad real de ser lo que quiere ser o decir lo que quiere decir. Es decir, vive sometido a la voluntad de otros y no la propia en cuya soberanía yace la fuente de la felicidad.
Y, en el terreno del amor tampoco las personas son felices cuando no son libres. Las mujeres no lo son, si están oprimidas por sus padres, hermanos, esposos o maridos; es decir, obligadas por ellos a obedecer sus órdenes o a cumplir su voluntad. Sometimiento que las hace sufrir. Por lo tanto, en vez de sentir amor por él o ellos, sienten temor, e, inclusive, odio en muchas ocasiones. Y, los hombres que someten a sus mujeres tampoco pueden ser felices, aunque aparentemente sean libres, porque no sienten en el fondo de su ser el amor de ellas, sencillamente, porque ellas no lo sienten. De ahí, que, en realidad la posibilidad que tienen los seres humanos de ser felices en el amor también depende, en última instancia, de que sean libres. Pues, como dijo con razón Habermas, “Nadie es libre mientras todos no lo sean”. Por eso, la libertad es la condición incondicional de la felicidad, es el fundamento universal y necesario que la hace posible. Solo los seres humanos libres pueden ser felices.
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