De los caudillos a los bandidos

Guatemala como Estado no ha levantado estructuras democráticas, sino se ha construido con el despotismo de los caudillos y de los grises autócratas posteriores.

Jaime Barrios Carrillo

junio 15, 2025 - Actualizado junio 14, 2025

Rafael Carrera gobernó Guatemala entre 1844 y 1848 y de 1851 a su muerte en 1865. Foto: Wikipedia

Ahora que se ha nombrado tanto al “Pacto de Corruptos” conviene recordar a los grandes caudillos guatemaltecos del siglo XIX: Rafael Carrera y Justo Rufino Barrios. Surgieron después de la crisis que significó la Independencia. Según opinión del historiador Julio Pinto el meollo de la discordia era la forma cómo debía organizarse la antigua colonia como unidad política estatal independiente.

Los caudillos fueron cabezas visibles de los pactos de las élites donde las partes más poderosas consolidaron sus intereses. Contribuyeron a cohesionar la nación a través de su mando carismático hacia las masas y alianzas con los sectores más poderosos el país, pero a costillas de amplios sectores campesinos y populares. Desde entonces Guatemala ha sido un país de pobres dominado por unos pocos ricos. Y por políticos corruptos.

Relativamente poco se han estudiado los gobiernos de Carrera y de Cerna. Muchas de las interrogantes del presente histórico, tendrían mejores explicaciones con más conocimientos de lo que fue la dictadura conservadora (1838-1871).

El rencor étnico de los carreristas olía a revancha. En Quetzaltenango, tras tomar la plaza, fusilaron a cien ladinos, muchos de ellos intelectuales y funcionarios. El terror de los montañeses se expandió por toda la República. Carrera gobernaría durante casi treinta años un país sin oposición, sin libertad de expresión y con analfabetismo superior al noventa por ciento.

Carrera contó con la bendición eclesiástica. Aunque en el fondo, el ultracatólico e intelectual Marqués de Aycinena y su clan fueron el poder detrás del trono presidencial. El Estado guatemalteco se convirtió en una teocracia tropical no declarada, sostenida por la aristocracia y la Iglesia Católica, con el apoyo del cacicazgo indígena. Las Comunidades indígenas así aseguraron algo la posesión de sus tierras. Los productos de exportación eran solo los colorantes naturales, primero el añil y luego la cochinilla.  Los préstamos estatales a familias de la élite como los Aycinena, Pavón, Batres, Arrivillaga, Cerna, Echeverría y otros rutilantes nombres, hicieron del Estado y su manejo una parodia nepotista de república.   

Carrera fue la versión nacional más cercana a una monarquía. Simbolizó por tres décadas lo que con balbuceos podría llamarse nación guatemalteca. Carrera unía Iglesia y Estado, también aristocracia y campesinado indígena. Aunque no fue el poder de los campesinos el que se instauró con el triunfo militar de Carrera, sino la restauración del régimen semifeudal que se había generado durante la Colonia. El fanatismo católico fue explotado muy bien. Carrera «unía» a Guatemala, pero excluía el progreso. 

El montañez Carrera llegó a ser Capitán General y Presidente Vitalicio de la República en 1854. ¿Capitán General? Si, el mismo usado durante La Colonia. Había sido primero un líder guerrillero contra el proyecto liberal que pretendía un Estado federal moderno. La Unión Centroamericana dejaría de existir en 1838 y cinco republiquitas izaron sus variantes azules y blancos. Cinco banderas y un solo pueblo centroamericano. La franja roja de Costa Rica marca, acaso, la diferencia étnica, política y social de la tierra de Juan Santamaría.

Durante más de treinta años no se construyó en Guatemala más infraestructura que un puerto, ni se hizo más inversión que un mercado central en la capital. La hacienda pública servía para restaurar decenas de templos e importar instrumentos musicales para las bandas marciales. El carrerismo fue una especie de carlismo nacional con ropajes republicanos. Sus pasiones personales se convirtieron en misiones del Estado. Le encantaba la música y llegó a entusiasmarse con la opereta. El gran proyecto resultó ser un lujoso teatro nacional, bautizado como Teatro Carrera. A este gran escenario llegaron compañías extranjeras. Las funciones se dedicaban al Vitalicio Carrera y se convirtieron en sucesos sociales y culturales de la época. Es preciso recodar el Reglamento del teatro que no permitía la actuación de artistas nacionales. El culto a la personalidad del Vitalicio fue propiciado por la mano invisible de la Iglesia y su influencia sobre el campesinado.

Teatro Carrera. Foto: Wikipedia

Cuando el llamado Ejército Libertador de Justo Rufino Barrios y Miguel García Granados derrocó a Vicente Cerna, apodado popularmente “Huevo Santo” y sucesor del Vitalicio, una de las primeras medidas fue cambiarle de nombre al teatro. Primero lo llamaron Teatro Nacional, luego los liberales le pusieron el nombre de Teatro Colón, en ocasión del cuarto centenario del “descubrimiento” de América. Pero en el fondo siguió siendo el teatro de Carrera, hasta que los terremotos de 1917-18 lo destruyeron parcialmente. Es sabido que la falta de voluntad de reconstruir condujo a su demolición total, dejando un sitio baldío que se convirtió con el tiempo en el parque Colón y paradójicamente después en el Parque Infantil. Los guatemaltecos creen que demoliendo edificios o cambiando nombres desaparece la continuidad histórica.

Francisco Lainfiesta en sus memorias resalta el vacío político que siguió a la muerte del Vitalicio. Rafael Carrera murió, como correspondía a su figura de ícono viviente, un Viernes Santo. Lo demás no es silencio, sino la tempestad de la violencia en el trágico teatro de la historia nacional. Un país siempre convulsionado que pareciera que no cambia.

Justo Rufino Barrios, El Reformador, responde a la culminación de un liberalismo tardío. Lo que se les truncó a Mariano Gálvez y compañía (1823-1838) se propusieron hacerlo los liberales a partir de la gran victoria de 1871. Se liquidó al poder conservador y se impuso la Reforma, régimen de la nueva burguesía cafetalera.

Tumba de Justo Rufino Barrios. Foto: Wikipedia

Con la reforma de 1871 cambió el Estado, pero se conservaron estructuras sociales oxidadas. Modernización del Estado, pero no de la sociedad. Se confiscaron los ejidos. Y se inicia asimismo un proceso de corrupción extravagante, el cual era criticado por los sectores conservadores que anhelaban el pasado levítico de paz y orden. Doble moral si se recuerda las maniobras de corrupción de los mismos conservadores. Con el paso de las décadas los libarles siguieron deformando el manejo del Estado. Después de Barrios siguió el desbarajuste de Lisandro Barillas, un carpintero que Barrios hizo general, luego el caos económico de su sobrino José María Reyna Barrios y siguió la larga dictadura “liberal” de un abogado, El Señor Presidente Manuel Estrada Cabrera, déspota ilustrado que retuerce la ley y la utiliza para combatir la disidencia, un temprano ejemplo de lo que hoy llaman lawafre.

El general Jorge Ubico continuó vendiendo el país a precio de liquidación a las empresas extranjeras. La Revolución de Octubre el 44 puso punto y aparte a la entrega de los recursos naturales y se inició la democratización del país, hasta que una alianza vendepatria descabezaría en 1954 el proceso democrático para volver al bochorno, al atraso, a la injusticia. Un nuevo pacto de las élites, esta vez en concordancia con la CIA americana.   

En los sesentas comenzó la guerra interna con el resultado de miles de desaparecidos y asesinatos de civiles. Y personajes como el general evangélico Efraín Ríos Montt que García Márquez llamaba “dictador luciferino que lleva a cabo un etnocidio en América.”

En 1996 se firmaron los acuerdos de paz que llevarían al desarrollo y a la paz social, pero fueron archivados sucesivamente por el general Pérez Molina, Jimmy Morales y el aciago Giammattei. En la actualidad la represión directa y física, asesinato, desaparición, tortura o masacres, ha sido substituida por la judicialización de la política y la persecución ilegal disfrazada de legalidad de operadores honestos de la justicia y desde luego de periodistas y medios. Y los actores de esta comedia trágica que ha dañado la democracia en Guatemala son el nefasto Ministerio Público, la Fundaterror y los jueces a la Orellana, Cruz, Bremer y otras firmas lamentables.

En el 2018 se expulsó a la CICIG y se inició la restauración de la impunidad y la dictadura “legal” de los corruptos con la cooptación de las cortes y las instituciones.

Guatemala como Estado no ha levantado estructuras democráticas, sino se ha construido con el despotismo de los caudillos y de los grises autócratas posteriores. Con excepción de la “Primavera Democrática” (1944-1954). Y el país a pesar de edificios capitalinos y centros comerciales modernos no entra plenamente en la misma modernidad, seguimos atrasados con pobreza, exclusión, violencia criminal, narco político, migrantes forzados, desnutrición y la gran corrupción estructural heredada.

Comparar a Jimmy Morales y a Giammattei con Carrera y Barrios, sería comparar dos hongos con ceibas. Agregando que la libertad de expresión fue muy restringida durante el régimen de Carrera y Cerna, pero no lo fue en el de Justo Rufino Barrios. Pero ¿y si comparamos la ciudadanía del 44 con las actuales generaciones?

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