“La ópera de los tres centavos” de Bertold Brecht

Una sociedad así constituida no merece, entonces, ser defendida y sostenida; es una sociedad que no tiene ninguna razón ser válida que justifique su existencia.

Camilo García Giraldo

octubre 5, 2025 - Actualizado octubre 4, 2025

Presentación de «La ópera de los tres centavos» en Illinois, Estados Unidos, en 2023.

La ópera de los tres centavos (1928) es la primera obra teatral que escribió Bertold Brecht en la que puso en práctica la nueva concepción del arte teatral que denominó Teatro épico donde prima la narración de los sucesos sobre la actuación de los actores, en el que los diálogos entre ellos están cargados de argumentos racionales encaminados a lograr que los espectadores piensen en su contenido, es decir, asuman una actitud reflexiva. De este modo, los espectadores, en vez de integrarse emocionalmente al desarrollo del drama, se distancian de él, al poner en juego o actividad su facultad racional. Poner a pensar o razonar a los espectadores sobre la obra teatral que contemplan es el sentido o el propósito central del Teatro épico que concibió.

Esta obra, que es una pieza dramática musical, la escribió Brecht, basándose en La ópera del mendigo, una ópera de baladas compuesta en 1728 por el dramaturgo y músico inglés John Gay, en la que nos presenta la imagen de la sociedad compuesta principalmente por seres humanos carentes de principios y valores morales como el protagonista principal Mackie Messer – Mack el Navaja- Peachum, el organizador de los mendigos de Londres de los que obtiene lucro y beneficios económicos, su mujer Celia y su hija Polly, Brown, El Tigre, jefe del cuerpo de policía de la ciudad, Jenny Diver, y una prostituta, de las varias que aparecen en la escena, que ha tenido relaciones con Mack.    

La trama de la obra gira alrededor de la persecución que lleva a cabo el organizador de los mendigos contra el ladrón, cuchillero y asesino Mack el Navaja debido a que desaprueba el hecho que su hija se haya casado con él, denunciándolo a la policía por sus crímenes. Denuncia policial, que, irónica y paradójicamente, realiza un delincuente contra otro. Sin embargo, la denuncia no prospera porque el jefe de policía es un viejo amigo y camarada de Mack que participó con él en varias de las guerras coloniales emprendidas por el imperio británico. Por esta razón lo protege. Pero, este hecho no detiene a Peachum. Decide amenazar, entonces, al jefe de policía con arruinar la coronación de la reina Victoria, si no lo arresta. A Brown no le queda otra opción que arrestar Mack, y, ordenar su ejecución.

Sin embargo, toda la suerte no está echada para Mack. Momentos antes de ser ahorcado llega un mensajero de la reina con la orden de suspender la ejecución porque ha perdonado sus crímenes. Y no solo eso. Para “premiar su ejemplar comportamiento” le da el título nobiliario de barón, un castillo para que viva y una pensión vitalicia. De esta manera, la propia reina se convierte no solo en cómplice de un reconocido delincuente, sino también, en su protectora suprema que lo impulsa a ascender en la escala de la sociedad.   

Con esta pieza Brecht se propuso poner en escena con claridad, lo que veía en la sociedad burguesa moderna, una sociedad compuesta fundamentalmente por delincuentes, asesinos, ladrones y prostitutas que son protegidos y respaldos por los agentes del poder del Estado. Una sociedad en la que, tanto sus integrantes violan con sus actos las normas legales y morales establecidas, como los encargados de velar y garantizar su cumplimiento. Los delincuentes vulgares de baja estofa son en este sentido iguales a los altos y “respetados” funcionarios y dignatario del Estado: todos delinquen, si bien, de diferentes maneras.

Una sociedad así constituida no merece, entonces, ser defendida y sostenida; es una sociedad que no tiene ninguna razón ser válida que justifique su existencia. De ahí, que sea imperativo para todos los hombres de bien, en especial para los trabajadores, sustituirla por una nueva en la que los principios y normas morales de carácter universal sean de verdad asumidos y respetados por todos, tanto por los gobernantes y funcionarios del Estado, como por todos los trabajadores y demás ciudadanos. Y, esto será posible, si se elimina, tal como se lo enseñó Marx –hay que recordar que esos años Brecht lee con mucha atención la obra de Marx, en especial El Capital, y, abraza su pensamiento- la propiedad privada sobre los medios de producción que es la razón más profunda y decisiva que convierte a los hombres en delincuentes, en seres humanos dominados por el afán o el deseo de ser propietarios, apoderándose por cualquier medio de la propiedad de otros, que, a su vez, se apoderaron, violenta e ilegalmente, en el pasado de la propiedad de otros. La propiedad es para Brecht la fuente suprema del mal que existe en las sociedades burguesas modernas.

Su amigo Kurt Weill, compuso la música de las baladas que hacen parte de la obra. Y, el propio Brecht escribió las letras. Uno de ellas, La balada de Mack el Navaja, que interpreta una cantante callejera al comienzo de la pieza, se hizo enormemente popular, cuando en los años cuarenta del siglo pasado, los agentes musicales de Hollywood le hicieron un arreglo al ritmo de jazz. Versión, que ha sido interpretada desde entonces por reconocidos cantantes como Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra, entre otros. Pero, estos agentes culturales cometieron la grave falta de mutilar una parte de su letra en la que Brecht dice que los miembros de las sociedades burguesas no solo son iguales por ser delincuentes, sino también, por ser mortales. En la muerte, los ricos propietarios se encontrarán despojados de esas propiedades que tuvieron en sus vidas, y, que muchos de ellos obtuvieron, apropiándose de las propiedades de otros. Ahí, las propiedades que obtuvieron no estarán presentes, desaparecen. De tal modo, que los propietarios se harán iguales a los demás miembros de la sociedad por el hecho de ser mortales. Y, también porque al morir quedarán despojados de sus propiedades que tuvieron en vida; es decir, se harán doblemente iguales a todos los que carecieron sus vidas de riqueza y propiedades.

Y, en la década de los años 70 del siglo pasado el músico panameño Rubén Blades, compuso una nueva versión, a ritmo de salsa, de esta balada a la que tituló Pedro Navaja que adquirió una gran popularidad entre el público latinoamericano, y, en la que nos dice que el fin de todo ladrón y delincuente es morir violentamente a manos de una de sus víctimas, cuando trata de robarla y herirla mortalmente por oponerse. En este caso, el escaso dinero de una prostituta pobre que ha convertido y enajenado su cuerpo, que es la única propiedad que posee, en una mercancía para venderlo por algún dinero en el mercado de los compradores y consumidores. El destino muy probable de todo ladrón y delincuente es morir algún día a manos de una de sus víctimas en el momento en roba a alguien, hiriéndolo de muerte. Esta versión escrita por el músico panameño enriquece, entonces, el contenido crítico de la letra escrita por Brecht. Los ladrones y sus víctimas, los propietarios y los que no poseen nada, no solo terminan siempre igualados en el escenario de sus muertes naturales de las que no pueden escapar. Sino, además, también, en el hecho que se igualan entre sí, en algunas ocasiones, en el acto de matarse mutuamente. En ese preciso momento, entonces, los dos se tornan iguales por partida doble.

Ciertamente, este “destino” de los ladrones y delincuentes de morir algún día violentamente a manos de una de sus víctimas no siempre se cumple.  Sin embargo, indica o alude a la existencia de otra forma de muerte que realmente sufren todos los que se apropian violentamente de los bienes de otros, la de morir como sujetos éticos. En esos momentos mueren inexorablemente como seres de valor o calidad ética porque pierden la propiedad más valiosa e importante que tienen como seres humanos, la propiedad o valor ético de su ser y existencia. 

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