Una reflexión sobre la relación entre saber y poder

Estas dos relaciones básicas que los seres humanos establecen con los objetos de la realidad exterior son resultado de varios factores. El primero y más importante son los intereses vitales, erigidos en objetivos conscientes, de conservar y reproducir sus vidas.

Camilo García Giraldo

agosto 17, 2025 - Actualizado agosto 16, 2025

Ilustración: Freepik

Uno de los hallazgos más importantes de la filosofía desde su nacimiento en la antigua Grecia es el de que los seres humanos entablan básicamente dos tipos de relaciones con el mundo de los objetos, a saber, relaciones cognitivas reguladas por la verdad de los juicios, y las relaciones prácticas reguladas por el éxito de las acciones. Este hallazgo se constituyó en la premisa general a partir de la cual los filósofos no solo se preguntaron sobre la verdad de los juicios, que, el común de los seres humanos, tenían, y, tienen sobre los diversos objetos de la realidad con los que tienen un trato regular. Sino, también, se esforzaron por encontrar respuestas a la pregunta por el ser esencial de esos objetos, proponiendo y exponiendo nombres-conceptos para definirlos, encadenados por razonamientos lógicos. Conceptos, con los cuales los conocieron o se los representaron en su esencia fundamental. Y, al conocerlos en lo que son, en su ser mismo, abrieron la posibilidad para que otros, los científicos ahondaran en la observación, la investigación y estudio de los mismos para establecer sus propiedades y características concretas y específicas, sus funciones propias y las causas o razones de ser de su existencia. Es decir, al hallar y enunciar lo que son, sentaron la premisa o condición necesaria para que los científicos pudieran encontrar los modos concretos de su ser.

Al poderlos conocer, los seres humanos quedan, entonces, en condiciones de poderlos descomponer, dividir, alterar en sus formas, es decir, de manipularlos para examinarlos y conocerlos más y mejor. Y, también para usarlos en fabricar otros objetos diferentes que no existen en la naturaleza, y cuyas formas y funciones han concebido previamente en sus mentes. Si estos nuevos objetos que han fabricado les son útiles, les sirven para cumplir el propósito que les han dado, tendrán éxito en sus acciones. Esto significa que el éxito de las acciones que realizan los seres humanos sobre los objetos de la realidad depende de la verdad de los juicios que tengan sobre ellos. Solo en la medida que estos juicios sean verdaderos, es decir, que se ajusten a la realidad de esos objetos, podrán manipularlos con éxito. Y, al manipularlos prueban la verdad de esos juicios.  

Pero, además, al manipularlos y transformarlos con éxito prueban algo más igualmente importante, el poder que adquieren sobre ellos. Por eso, el poder que los hombres adquieren sobre los objetos de la realidad o del mundo se funda, en última instancia, en la verdad de los juicios o representaciones cognoscitivas que hagan sobre los mismos. Es decir, el poder que adquieren depende de la verdad de sus juicios. Sin embargo, ocurre que al manipular esos objetos crean o fabrican otros nuevos que requieren, a su vez, ser examinados, descritos y conocidos. De tal modo, que, en este segundo momento, los juicios verdaderos que hagan sobre esos nuevos objetos dependen del poder que han empleado en crearlos. Se establece así, entonces, entre la verdad y el poder una relación recíproca de interdependencia mutua.    

Ahora bien, estas dos relaciones básicas que los seres humanos establecen con los objetos de la realidad exterior son resultado de varios factores. El primero y más importante son los intereses vitales, erigidos en objetivos conscientes, de conservar y reproducir sus vidas. En efecto, los seres humanos tienen la necesidad o el interés imperioso para sobrevivir como especie de dominar los objetos de la realidad que necesitan para vivir, para atender sus necesidades básicas. Y, para poderlos dominar y controlar, requieren conocerlos o representarlos en sus mentes en sus características, formas y funciones esenciales. De ahí, que en el origen de sus vidas forjaron estas dos relaciones con los objetos a través de las cuales han podido conservar sus vidas.

Nietzsche, interpretó o denominó este doble interés vital como voluntad, la voluntad de verdad y la voluntad de poder.  Siguiendo, y, al mismo tiempo, transformando el sentido del concepto de voluntad que aprendió de Schopenhauer, consideró que esta es la fuente de la existencia del mundo, en especial, del mundo social e histórico. No es este doble interés el que define esta relación con los objetos de la realidad porque tienen una carga de necesidad natural objetiva que no es para él válida. En cambio, la voluntad de los hombres contiene siempre una fuerza libre, real o potencial, capaz de guiar sus actos y pasos en la historia. Y, sobre todo, de definir y establecer esta doble relación.

Si, entonces, la voluntad tiene en sí misma una determinada fuerza o poder, es necesario admitir que es la voluntad de poder la que prevalece sobre la de verdad. Pues, la voluntad al ser poder, quiere el poder por encima de la verdad. De tal manera, que Nietzsche, invirtió así la premisa que tradicionalmente había sostenido la filosofía desde sus orígenes de que la voluntad de saber o de verdad precede y prevalece sobre el querer o la voluntad de poder. 

Esta inversión conceptual jugó posteriormente un papel importante en la obra de pensadores como Michel Foucault. En efecto, en su célebre libro Vigilar y castigar Foucault elaboró lo que llamó una micro-física del poder examinando y describiendo el funcionamiento de los órganos poder en las instituciones cerradas de las sociedades modernas como las cárceles, los hospitales, las fábricas y las escuelas. Órganos de poder que vigilan de manera constante los cuerpos y las conductas de quienes están en ellos para examinarlas y conocerlas a fondo en todos sus aspectos. Pero, también, para normalizarlas o disciplinarlas, es decir, para ordenarlas de modo útil y eficiente para todo el resto de la sociedad.

Esta doble función de los aparatos de poder en estas instituciones que Foucault examinó con bastante amplitud, y recurriendo a una buena cantidad de fuentes historiográficas, le permiten probar la validez de la inversión entre verdad y poder que planteó Nietzsche. Pues, en efecto, los conocimientos sobre la conducta de quienes están en ellos los obtienen los funcionarios y administradores de estas instituciones ejerciendo el poder de vigilarlos, es decir, convirtiéndolos en objetos de observación. De tal manera, que en estas instituciones sus órganos de poder forjan y establecen lo que llamó el “régimen de la verdad”. Los conocimientos que sus directivos y funcionarios obtienen del comportamiento de quienes las integran, los consiguen gracias al ejercicio del poder sobre ellos. 

Sin embargo, esto ocurre solo en el interior de las instituciones cerradas. En cambio, la pretensión de Foucault de hacer valer esta inversión entre el saber y el poder para el resto de los espacios e instituciones de las sociedades democráticas modernas no es válida porque no se ajusta a la realidad de esas instituciones. Así, por ejemplo, los miembros y directores de los centros de investigación científica, de las instituciones académicas y de las universidades no guían su labor principalmente por el interés o la voluntad de dominar o controlar los hechos y fenómenos que abordan y examinan. Sino, más bien, la orientan por el interés o la voluntad de encontrar y formular juicios y enunciados verdaderos sobre los hechos y fenómenos que interrogan y examinan. El interés o la voluntad por dominarlos y controlarlos solo les surgen después en la medida que han logrado conocerlos. De tal modo que en estas instituciones la voluntad de verdad prevalece sobre la de poder.

Estas dos clases de instituciones tienen, entonces, un contenido contrapuesto. En las instituciones cerradas la voluntad de poder prevalece sobre la de verdad. En cambio, en las instituciones académicas la voluntad de verdad prima sobre la de poder. Y, además, su existencia nos demuestra que no existe una primacía completa y definitiva del saber o la verdad sobre el poder, como supuso la filosofía tradicionalmente. Pero, tampoco, una prevalencia completa del poder sobre el saber, como lo pretendió Nietzsche. Más bien, lo que ocurre es que se intercambian y se sustituyen recíprocamente la primacía en función de cada uno los objetivos expresos que fundan las instituciones de la sociedad.    

Ahora bien, en las instituciones políticas del Estado esta relación entre el saber y el poder es sustancialmente diferente. Los individuos que participan, actúan e interactúan en ellas lo hacen única y exclusivamente guiados por su voluntad de poder. La posible o eventual voluntad de verdad que pudieran tener la dejan a un lado o la suprimen casi totalmente de sus actuaciones. Cuando hablan al público aparentan, en muchas ocasiones, que sus opiniones y juicios son verdaderos para tratar de convencer a ese público de que son válidos precisamente por su supuesta verdad. Es decir, pretenden que las opiniones y juicios que pronuncian en público son verdaderos, sabiendo en muchas ocasiones que no lo son.  Esto significa que la verdad es solo la palabra vacía o carente de contenido que usan para disfrazar su voluntad política de poder, la voluntad de afianzar y ensanchar el poder político que tienen o conseguir el que les falta. Y, en caso que digan la verdad sobre algún asunto de la vida socio-económica o política no lo hacen para afirmar el valor que, en sí misma encierra, sino para mostrar que su voluntad política es justa y legítima, es decir, tiene valor porque está sustentada en el valor de la verdad.   

En este sentido, entonces, los actores políticos son en esencia indiferentes a la verdad, o mejor, no tienen ninguna especial voluntad de verdad. Pues, en muchas ocasiones la niegan de plano con las palabras y discursos que pronuncian en público. Y, cuando dicen la verdad, lo hacen, no para afirmar su importancia y su valor, sino para afianzar su propia voluntad política de poder. De ahí, que en la esfera política-estatal la voluntad de poder de sus participantes no prima sobre la de verdad como mostró bien Foucault en las instituciones cerradas de las sociedades modernas, porque sencillamente no tienen ninguna voluntad de verdad, o mejor, porque la verdad es una especie de “valor neutro” que pueden negar, y, niegan de hecho frecuentemente para afianzar su voluntad de poder político. O, que afirman cuando se percatan que también les sirve para conseguir y asegurar el mismo propósito de afianzar su voluntad de poder.  De ahí, que, en esta esfera política, el poder es todo, mientras que la verdad es muy poco o casi nada.

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