Libros en los que se destaca el realismo mágico.
Magia y realidad se han cruzado en la vida de los pueblos latinoamericanos en una combinación de leyendas e imaginarios fantásticos. En México se han declarado oficialmente 132 “pueblos mágicos” para promover el turismo, siguiendo criterios de atributos simbólicos, hechos históricos y una suerte de realismo mágico en sus manifestaciones socioculturales y cotidianas. Pero es en la literatura donde la magia de lo real ha alcanzado las más altas cumbres.
Con lucidez el ensayista colombiano Germán Arciniegas identificaba el inicio de la literatura hispanoamericana en Las Cartas de Relación de Colón y en las llamadas Crónicas de Indias. Se trata del encuentro con El Otro, lo desconocido, eso que fascina y a la vez asusta. No sólo las nuevas culturas, sino la fauna, la flora y hasta el clima. Cristóbal Colón murió convencido de que había llegado al Paraíso.
¿Qué es lo real? Ninguna filosofía ha logrado contestarlo. Lo real y su fuerza podría radicar en aquello en que se cree. Incluyendo la ensoñación o las leyendas, que suelen formar parte de un todo ideológico mayor. Los ejemplos históricos abundan. Pedro de Cierzo en su famoso viaje de 1540 por la selva brasileña, aseguraba haber visto una tribu de mujeres guerreras y bautizaría al más caudaloso río del mundo con el nombre de Amazonas. Eran los años en que se corría la voz de que había unicornios en la Florida y hombres azules en los Andes.
Se trata del gran mito de América abriendo su abanico a las más fantasiosas representaciones. Como una expedición a la Fuente de le Eterna Juventud en el norte de América. O la creencia de que en Dakota estarían las Ciudades Encantadas, fundadas por los 7 obispos portugueses que huyeron de la invasión árabe a la Península Ibérica. Otros aseguraban que el Diablo habitaba en el Caribe y Shakespeare, inspirándose en esto, escribiría su Calibán. Colón mismo había bautizado a las Islas Vírgenes, en alusión a la leyenda expedicionaria de Santa Úrsula y las 11 mil vírgenes que la acompañaban. Hernán Cortés, por su parte, enviaría al rey Carlos V no sólo el oro sino unos supuestos huesos de gigantes. Un exótico bestiario habría de surgir de todos esos rumores y crónicas. Fernández de Oviedo da noticias del mono cubierto de plumas multicolores, que podía cantar como un ruiseñor.
El prejuicio racial se iba arraigando en el encuentro de dos mundos antes desconocidos mutuamente. Los vencedores impondrían sus códigos y tendría que venir un Bartolomé de las Casas para la Gran Rectificación: los indios eran seres humanos y tenían alma. Las Casas en su tempestuosa polémica destroza las ideas románticas sobre los nuevos Amadises de ultramar, es decir aquellos conquistadores que salían a combatir buscando el codiciado oro pero creyendo en una causa santa, con el Apóstol Santiago en su vanguardia y la participación en batalla de La Virgen.
Lewis Hanke en su tratado sobre el Nuevo Mundo hace referencia a las investigaciones de George P. Hammond, quien encuentra material histórico de cómo las ideas fabulosas pervivieron mucho después del primer siglo de Conquista. Se iba sedimentando en la conciencia colectiva un mundo plagado de criaturas fantásticas y héroes, también de seres perversos y malignos: cadejos, lloronas y sombrerones. Se generaron condiciones para el surgimiento de una imaginería popular llena de seres sobrenaturales: el nahual se nutre del ángel de la guardia. Proceso cultural y mental de amalgamas. Caldo de cultivo para la superstición. Pero también para la poesía, el arte y el vuelo de la imaginación sobre la historia y los mitos, como en las extraordinarias “Leyendas de Guatemala” de Miguel Ángel Asturias, publicadas en los años treinta durante su estadía en París, donde profundizó su conocimiento de lo precolombino con el sabio George Reyunad, fundador de los estudios americanos en la Soborna.
Antes de 1492 las profecías mayas habían hablado de una época en que reinaría el terror. El Chilam Balám llama por ello al goce de la vida mientras subsistiera la protección de las divinidades, presagiando el devenir de una era oscura. En el mundo mesoamericano se multiplicaron rumores y creencias en seres perversos y demonios que habitarían selvas y bosques. Y se esperaba el regreso del otro lado del mar, de Quetzalcóatl o Kukulkán, la Serpiente Emplumada, gran líder civilizador divinizado.
La novela de Miguel Ángel Asturias “Hombres de maíz” resulta una experiencia fascinante de lectura. Desde su publicación en 1949 en Buenos Aires, se convirtió en una de las novelas fundamentales de América Latina. Por el lenguaje metafórico de gran intensidad poética y por la asombrosa magia interna del texto. Asturias conjuga los mitos precolombinos con la denuncia social. Con maestría y originalidad, en su momento insuperable, hace uso de las formas literarias de las vanguardias de su siglo.
La dramática ruptura provocada por la Conquista emerge de manera simbólica en la lucha entre campesinos tradicionalistas y los maiceros que pretenden una explotación extensiva del maíz. Los primeros liderados por Gaspar Ilom, los segundos protegidos a sangre y fuego por el Coronel Chalo Godoy. La novela se basa en mitología y religión. El resultado no puede ser otro que uno de los primeros y grandes monumentos narrativos del realismo mágico. Uno de los mayores conocedores de “Hombre de Maíz”, el crítico guatemalteco José Mejía apunta:
La memoria perdida, en la realidad, por los mayas actuales, subyace en las costumbres, en las creencias, la situación de su dominación que se perpetúa desde la Conquista. El hiperrealismo de la novela no hace sino sacar a flote este conocimiento incorporado y desaparecido a la vez para los indios y buena parte de los mestizos reales… ¿Quién se explica a los indios alzados en un régimen ladino sin el recuerdo del primer dominador?
Augusto Monterroso en su breve relato “El Eclipse” ilustra con ironía el choque de dos culturas que se oponen y donde la española impone a ultranza su eurocentrismo. Pero en la sátira de Monterroso se pone sobre el tamiz el nivel de conocimiento de los indígenas mesoamericanos. El misionero Bartolomé Arrazola, atrapado por una tribu de indígenas, pretende salvar el pellejo asustando a sus captores con la amenaza de apagar el mundo con un eclipse. Sin embargo, los mayas conocían más de astronomía que los españoles y la noticia les pareció una broma del fraile, quien resulta devorado en un banquete selvático.
La célebre fábula monterroseana “La oveja negra” es también el tema de la diferencia, del otro diferente que no solo sufre el rechazo, en este caso por ser una oveja negra, sino que es fusilada. Encontramos una crítica a la doble moral, a la contradicción axiológica que hay en todo arrepentimiento.
El realismo mágico en la literatura hispanoamericana tiene largas raíces históricas y culturales. Y expresiones magistrales, que reflejan y encarnan a la vez las condiciones de la criatura humana. Como la narrativa de Asturias, las novelas del cubano Alejo Carpentier o los personajes de Juan Rulfo, que hablan desde sus tumbas y habitan el pueblo fantasma de Comala, en la impar novela Pedro Páramo, publicada a mediados del siglo pasado en México.
Gabriel García Márquez asimismo recoge y recrea una tradición de siglos. Una historia latinoamericana de lugares, sucesos y seres fantásticos, que recuerdan los personajes de “Cien años de soledad”, como el gitano Melquiades, quien llega al aislado y atrasado Macondo llevando los inventos del mundo moderno ante el disgusto de Úrsula, desesperada con los extravagantes proyectos de su marido y primo José Arcadio, que por su propios medios descubre que el mundo es redondo como una naranja. Grandiosa analogía de lo ilimitado y a la vez limitado del ser humano. Es decir, el dilema de que la tecnología debe ser un recurso universal al servicio de todos los pueblos y no solo del mundo moderno o “desarrollado”, para facilitar la magia de la vida que es la máxima realidad.
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