La más reciente edición de El Señor Presidente realizada por F&G Editores
Se cumplen ochenta años de la primera edición de El Señor Presidente, una de las grandes novelas de la narrativa latinoamericana y, sin duda, un clásico fundacional. Publicada en 1946 en la Ciudad de México por la Editorial Costa-Amic, dirigida por el legendario editor catalán Bartolomé Costa-Amic, la obra vio la luz tras haber sido rechazada por otras casas editoriales. No deja de ser significativo que un texto hoy canónico haya tenido que abrirse camino contra la indiferencia inicial del mundo editorial.
Se cuenta que cuando Asturias llevó primero el manuscrito a Fondo de Cultura Económica en México, el director de esa editorial lo rechazó con estas palabras: “No nos interesa su señor presidente”. Así el escritor tuvo la idea de cambiar el título Tohil por El Señor Presidente, frase con que se designaba al tristemente célebre dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera.
La gestación de la obra se remonta a 1920, cuando Miguel Ángel Asturias comenzó a trabajar un relato titulado Los mendigos políticos, posteriormente conocido como Tohil. A lo largo de los años, ese germen narrativo se transformó en la compleja estructura de El Señor Presidente. Con esta novela no solo se inaugura el ciclo de las grandes narrativas de dictadores en América Latina, sino también una forma innovadora de novela urbana.
De un título que hacía énfasis en el aspecto mítico, pasó a uno que enfatizó también el lado político. En la novela asturiana el dictador ni siquiera posee nombre. Se le designa solo como “El Señor Presidente”, aunque en esta figura se sincretizan el dios Tohil con Manuel Estrada Cabrera y con el mito judeocristiano de Luzbel. La obra empieza con una invocación que a mí me recuerda a las musas con que empezaban las obras clásicas, como la Ilíada. Pero aquí se trata de una invocación infernal. También se ha hecho hincapié en que Asturias invierte el mito del ángel caído. En la novela, Miguel Cara de Ángel se rebela contra el presidente al hacer el bien y como el dictador resulta una especie de dios omnipresente, Cara de Ángel, “bello y malo como Satán”, no puede escapar de su destino fatal. Cara de Ángel al ayudar al Pelele, al auxiliar y enamorarse de Camila Canales y después casarse con ella, se convierte en adversario del Señor Presidente. Así se invierte el mito de la caída del ángel.





No obstante, este clásico de la literatura universal va mucho más allá de lo mencionado. Junto con Ecce Pericles, de Rafael Arévalo Martínez, y El autócrata, de Carlos Wyld Ospina, constituye una trilogía sobre Estrada Cabrera. De las tres, la única obra de arte es la de Asturias. Las dos primeras son ensayos históricos, políticos y sociales sobre un régimen y un dictador. La novela se centra en el uso del anonimato y el espionaje de los ciudadanos para consolidar y ejercer el terror. Asturias incorpora procedimientos de las vanguardias —experimentación lingüística, jitanjáforas, monólogo interior, narrador indirecto libre— y los funde con una poderosa dimensión poética y crítica.
Miguel Ángel Asturias representa un punto de confluencia entre el indigenismo y las corrientes vanguardistas europeas. La publicación en Francia de Leyendas de Guatemala en 1930, con prólogo de Paul Valéry, fue ya un fuerte indicio de la originalidad asturiana. El propio Asturias utilizó el término “realismo mágico” —tomado del poeta francés Pierre Reverdy— para referirse a una escritura que integraba lo mítico, lo indígena y lo moderno en una sola textura narrativa.
En la obra asturiana hay una constante búsqueda por retratar la voz de los oprimidos, razón por la que el autor se ganó el apelativo del Gran Lengua, el cual, según las tradiciones mayas se refiere a “aquel que habla por la tribu”. Además, el sobrenombre también se relaciona con el poema de Asturias “Habla el Gran Lengua”.
En este sentido, resulta imprescindible subrayar el carácter precursor de la obra de Asturias para lo que, a finales de los años cincuenta y en la década de los sesenta, se conocería como el Boom latinoamericano. Ese fenómeno editorial y estético —que proyectó la narrativa del continente a escala mundial— no puede entenderse sin la base que sentaron autores como Miguel Ángel Asturias, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. En ellos ya estaban presentes la experimentación formal, la ruptura con el realismo convencional y la construcción de universos narrativos autónomos que luego alcanzarían una expansión con los escritores del Boom. Asturias, en particular, aportó una visión donde lo político, lo mítico y lo lingüístico se entrelazan de manera original y decisiva.
Diversas voces críticas han subrayado su importancia. El periodista cultural argentino Dante Rafael Galdona lo considera un autor que abrió el camino para los grandes narradores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Por su parte, Ana María Rodas ha afirmado que Asturias “fundó la nación guatemalteca en la literatura”, al crear un lenguaje que amalgama el español con los registros indígenas, generando una expresión profundamente propia.
La segunda edición, publicada en 1948 y una posterior en 1952 por la editorial argentina Losada, fueron definitivas para su proyección internacional. A partir de entonces, la novela asturiana se convirtió en una de las más difundidas, traducidas y estudiadas del continente. La recepción crítica fue inmediata. Basta recordar la célebre carta, fechada en marzo de 1949, de Alfonso Reyes, quien celebró la obra con entusiasmo desbordante:
“¡Qué modo de poner el dedo en la llaga! ¡Qué modo de convertir la llaga en una flor de arte!… Recibimos El Señor Presidente con 21 cañonazos…”.
Ese reconocimiento no solo confirmaba la calidad literaria de la novela, sino su potencia para interpretar una realidad política marcada por la violencia, la arbitrariedad y el miedo.
Décadas más tarde, el lugar de Asturias en el canon quedó reafirmado con la inclusión de El Señor Presidente en las ediciones conmemorativas de la Real Academia Española en 2020. Esta edición, coordinada por Raquel Montenegro desde la Academia Guatemalteca de la Lengua, reunió ensayos de figuras como Arturo Uslar Pietri, Mario Vargas Llosa, Darío Villanueva, Luis Mateo Díez, Sergio Ramírez y Gerald Martin, entre otros. Se trató de un reconocimiento institucional que sitúa la obra de Asturias junto a los grandes hitos de la literatura en lengua española.
A ello se suman importantes ediciones críticas —como las de Cátedra, Aguilar o la colección Archivos de la UNESCO— y proyectos editoriales guatemaltecos como la colección de las novelas asturianas hecha por la editorial F & G. Todo ello confirma la vitalidad de una novela que no ha dejado de dialogar con nuevas generaciones de lectores.
Ochenta años después, El Señor Presidente sigue siendo una obra vital, vigente y necesaria. Su lectura interpela no solo al pasado de las dictaduras latinoamericanas, sino también a las formas contemporáneas perversas del poder, la manipulación que criminaliza y la deshumanización. Es una novela que no se agota en su contexto histórico, sino lo trasciende. Es una ocasión propicia —y urgente— para promover seminarios, coloquios y conversatorios en Guatemala y fuera de ella, que permitan releer y discutir esta novela esencial desde perspectivas actuales. Académicos, escritores, críticos y lectores tienen aquí una oportunidad y una responsabilidad compartidas.
Mi aporte es esta columna. Pero el verdadero homenaje debe ser colectivo: leer, releer y pensar El Señor Presidente en su complejidad y en su vigencia. Porque hay aniversarios que son más que una fecha: son una llamada de atención. Ochenta años después, esta es una efeméride que no debería ser ignorada.

Nunca es tarde para leer esta novela. Fundacional para los guatemaltecos. Clásica en la literatura universal. “Haceos un favor, leedla, releedla”, recomienda desde Madrid el crítico español Miguel Ángel Pérez.
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