Walter Benjamin y Bertolt Brecht
Walter Benjamin y Bertolt Brecht tuvieron una amistad muy estrecha desde que se conocieron en Alemania a mediados de los años veinte del siglo pasado. Amistad, que cultivaron, en condición de exilados del régimen nazi, desde 1933. Aunque Benjamin, partió para París, y, Brecht, hacia la población danesa de Svendborg, siguieron viéndose, con cierta frecuencia, para conversar sobre los temas intelectuales que los apasionaban, y, para jugar al ajedrez, al que eran muy aficionados.
Amistad que, sin embargo, fue criticada o mirada con reservas por otros cercanos amigos de Benjamin como el escritor y experto de la mística judía Gerson Scholem, que influyó mucho en la formación de su propio pensamiento sobre la historia, y, por los forjadores de la Teoría Crítica de la sociedad, Max Horkheimer y Teodoro Adorno. Consideraban, que esa amistad era perjudicial para él, porque podía quedar sometido a la influencia del marxismo puro y ortodoxo, que el dramaturgo alemán, había asumido para sí, a finales de esos años veinte.
Este riesgo, no obstante, resultó exagerado porque, si bien Benjamin, se acercó estrechamente al pensamiento marxista, en especial, a la concepción materialista de la historia, lo hizo guiado por la mística judía, que había estudiado y aprendido, estimulado por su amigo judío Scholem. De tal modo, forjó su propia concepción filosófica de la historia humana, integrando de un modo novedoso, sugerente y original, estas dos concepciones, en principio, lejanas y opuestas, el materialismo histórico y la mística judía. Del materialismo histórico de Marx, rescató y conservó la idea de la lucha de clases como factor decisivo de la marcha de la historia. Y, de la mística judía, la idea de la urgencia y necesidad ética que tienen las presentes clases explotadas y oprimidas, de recordar, a quienes los antecedieron en el pasado, y, que, fueron como ellos, también víctimas de esos actos injustos. Por eso, la lucha de los trabajadores modernos por suprimir o liberarse de la explotación económica, o, la opresión política solo es válida y legítima, en la medida, que lleven consigo el recuerdo vivo de los que sufrieron en el pasado por esas misas razones. Pues, la verdadera liberación de las clases oprimidas, será verdadera y auténticamente humana, si reparan, así sea en parte, las injusticias que sufrieron sus antepasados, que lucharon por una vida mejor, recordándolos. El futuro solo tiene sentido, si se construye con la imagen viva y significativa de todos los que murieron en el pasado luchando por ese futuro mejor, libre de explotación y de opresión, libre de injusticias.
Esta concepción de la historia que elaboró Benjamin, la siguió llamando Materialismo Histórico, así no corresponda estrictamente, a la forjada por Marx en todos sus términos. Y, la compara con un maestro de ajedrez, feo y jorobado, que, oculto en un muñeco vestido con un traje turco, ordena las jugadas con las que siempre gana a sus rivales. Jugadas maestras, porque están fundadas en el valor inconmensurable de ese recuerdo de todos aquellos que murieron luchando por construir una historia llena del valor de la justicia. Ningún rival, ninguna otra interpretación de la historia, lo podrá, entonces, vencer porque desconocen o niegan el valor supremo de esas víctimas.
Dice Benjamin, en la primera tesis de su célebre texto Tesis de filosofía de la historia que terminó de escribir poco antes de quitarse la vida en 1940 en la población española fronteriza con Francia de Port-Bou: “Es notorio que ha existido, según se dice, un autómata construido de tal manera que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a tablero apoyado sobre una mesa espaciosa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad, se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Podemos imaginarnos un equivalente de este aparato en la filosofía. Siempre tendrá que ganar el muñeco que llamamos “materialismo histórico”. Podrá habérsela sin más ni más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea y no debe dejarse ver en modo alguno”.
Pues para él, la mística judía al rescatar el valor del recuerdo, así sea fea y jorobada, para muchos hombres modernos, es la clave y la razón de ser oculta, que le da al materialismo histórico de Marx, su persistente actualidad, su vigencia permanente en el curso mismo de la historia.
Pero, además, el ajedrez es una compleja simulación lúdica de las guerras que han librado entre sí los seres humanos a lo largo de la historia, desde el momento que se constituyeron en pueblos civilizados. En los anales de la historia se registran, hasta ahora, más de catorce mil guerras. Guerras, que son la expresión suprema de la barbarie de la que son capaces de los hombres, las ha llevado a cabo pueblos civilizados, es decir, pueblos sedentarios, que fundaron, y fundan ciudades, que dominan las técnicas del cultivo de la tierra, la agricultura, y que tienen instituciones políticas y jurídicas estatales. Pensado, en este hecho, Benjamin dijo con mucho acierto en la tercera tesis, que “Todo documento de la civilización es al mismo tiempo un documento de la barbarie”.
Ahora bien, cada partida que dos personas juegan en un tablero de sesenta y cuatro casillas, y, cada uno con dieciséis piezas de diferente valor o poderío, representa, en cierto modo una de estas guerras: el tablero representa el campo de batalla, y, las piezas, a los guerreros y sus fortalezas. Y, el propósito final, que tiene cada uno es el de vencer a su rival matando a su rey, al emblema del poder del reino, que, sin embargo, es la pieza más débil del juego. O, por lo menos, obligarlo, a rendirse.
Los dos jugadores, de este complejo y profundo juego, de esta simulada guerra lúdica, no son, sin embargo, enemigos, como los protagonistas de las guerras reales. Al contrario, suelen ser amigos, como lo fueron Brecht y Benjamin, o, por lo menos, personas conocidas, que no se proponen, hacerse daño entre sí. De ahí, que, el juego del ajedrez, a pesar que representa las guerras entre los hombres, al mismo tiempo, las niega de plano, porque, es una manera ideal, de reemplazarlas. En cada partida de ajedrez que juegan los hombres, reviven, o, repiten, en pequeña escala una guerra real. Pero, como es una repetición simulada y ficticia, lo que en realidad hacen en ese momento, es negarla, sustituyéndola. Por esa razón, en el fondo del juego del ajedrez, está inscrito el ideal humano de terminar un día con las guerras que forman parte de la historia de los pueblos civilizados “realizándolas” una y otra vez, sin término y sin fin, en cada partida que juegan.
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