La creación del universo según el Popol Vuh, de Diego Rivera
En el libro sagrado de los mayas quichés hay una ventana única a la visión animalística. En el Popol Wuj un ratón juega un papel crucial al revelar a los gemelos, Hunahpú e Ixbalanqué, la indumentaria de sus padres, antiguos jugadores de pelota. El mensaje es claro: no son simples labriegos sino descendientes de Señores Principales que eran jugadores de pelota. Este acto de astucia y lealtad destaca la importancia de los animales pequeños y aparentemente insignificantes en los grandes relatos de creación y transformación. También señala la existencia de una cadena biológica y simbólica en el mundo.
En la religión hinduista, el elefante ocupa un lugar sagrado y simbólico. Representa la sabiduría, la fuerza y la prosperidad, cualidades personificadas en Ganesha, el dios con cabeza de elefante, patrón de los nuevos comienzos y removedor de obstáculos. Ganesha, hijo de Shiva y Parvati, es invocado al inicio de cualquier empresa o ceremonia, ya que su presencia asegura el éxito y la superación de dificultades.
Además, los elefantes están asociados con la majestad y el poder, como se refleja en su uso tradicional en procesiones reales y religiosas. Su conexión con la naturaleza y la espiritualidad se refuerza en mitos y leyendas que los relacionan con la fertilidad de la tierra y la estabilidad del cosmos. En el hinduismo, el elefante no es solo un símbolo, sino una manifestación viviente de lo divino en el mundo terrenal.
En el antiguo Egipto, los dioses con formas animales, conocidos como dioses zoológicos, desempeñaban un papel central en la religión y la vida cotidiana, simbolizando fuerzas naturales y aspectos de la existencia humana. Cada uno tenía su especialidad y culto particular, vinculados a su forma animal. Horus, representado como un halcón, era el dios del cielo y protector de los faraones, Sus ojos son el sol y la luna. En el mito de Osiris, Horus aparece como hijo de Isis y Osiris.
Anubis, con cabeza de chacal, presidía los ritos funerarios y la protección de los muertos. Thot era el dios de la escritura y la sabiduría Dios. Tenía forma de babuino o pájaro ibis. Señor de la Lun, además de guardián de Maat, la diosa de la justicia, la verdad y el orden. Thot tenía muchas tareas, incluida la de registrar cuando se pesa el corazón de los muertos. También era el mediador entre los dioses. Bastet, con forma de gato, simbolizaba la protección, la fertilidad y la música.
Todas estas figuras animales entre los egipcios antiguos no solo evocaban respeto, sino eran objeto de culto en templos y santuarios específicos, donde se criaban animales sagrados considerados encarnaciones vivientes de los dioses. Los egipcios veían en estos dioses una conexión directa con el orden cósmico, una armonía entre lo humano, lo divino y la naturaleza.
La literatura ha heredado esta tradición. Incluso en la obra de En Don Quijote de la Mancha, los animales aparecen con una fuerte carga simbólica, desde el fiel Rocinante hasta las descripciones que evocan criaturas fantásticas en los delirios del famoso caballero andante De La Mancha.
Así, los bestiarios no solo son un catálogo de criaturas, sino un reflejo de nosotros mismos, de nuestros miedos, aspiraciones y fantasías, que han surgido en la historia del arte y la literatura como una fuente de asombro y creatividad.
Rafael Arévalo Martínez refundido en la ciudad de Quetzaltenango en las primeras décadas del siglo pasado, se destaca como un singular pionero de la literatura hispanoamericana fantástica. Su relato «El hombre que parecía un caballo (1920), fusiona lo fantástico con una aguda observación psicológica. En este texto y en otros, Arévalo Martínez desarrolla un bestiario simbólico donde las características animales se convierten en metáforas de los instintos, deseos y conflictos internos del ser humano. A través de estas figuras, Arévalo Martínez crea un universo donde los animales, el caballo, el tigre, el perro, la serpiente y el león, no son simples criaturas, sino espejos inquietantes que reflejan las complejidades de la identidad y las luchas internas y externas de la psique humana. Su obra precursora eleva al bestiario a una dimensión existencial y profundamente humana. La académica española María A. Salgado, de la Universidad de Carolina del Norte, considera que Arévalo Martínez aportó a la narrativa hispanoamericana técnicas, temas y corrientes esenciales en el desarrollo de la literatura contemporánea. Salgado afirma:
«Arévalo Martínez logra trasplantar con éxito a la narrativa, lo que hasta ese momento había sido tema primordial de la poesía: la búsqueda y el conocimiento de sí mismo. Esta conquista literaria representa un paso decisivo en el desarrollo de la literatura hispanoamericana.»

Asimismo, y atendiendo las fechas de publicación, Arévalo Martínez es el iniciador en la literatura hispanoamericana del zoomorfismo y la psico zoología literaria que influiría a autores posteriores como Juan José Arreola y Augusto Monterroso.
Juan José Arreola y Augusto Monterroso supieron dar vida a bestiarios literarios que trascienden el simple catálogo de criaturas para convertirse en reflexiones profundas sobre la condición humana. En el caso de Arreola, su Bestiario (1959) es un compendio de textos breves en los que los animales, reales o simbólicos, son espejo y metáfora de las virtudes y defectos humanos. Con un estilo irónico y cargado de humor, Arreola aborda criaturas como el rinoceronte, el camaleón o el ajolote, presentándolos con una perspectiva filosófica y poética que desnuda la naturaleza humana a través de lo animal. Cada texto es una pequeña joya literaria que combina erudición y lirismo con una visión crítica de la sociedad. En Arreola no se trata solo de encontrar características humanas en los animales, sino la influencia de estos en los seres humanos.
La bestia emblemática de Arreola es el rinoceronte, al cual endilga características humanas, en sus funciones y capacidades. Por ejemplo: «El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerpo de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista». Margo Glantz, escritora y académica mexicana de origen ucraniano, resalta que la bella y la bestia se unen en el relato de «El Rinoceronte». Glantz va más lejos y afirma que Arreola integra a la mujer en sus bestiarios.
Por su parte, Augusto Monterroso explora el universo animal con un enfoque muy agudo, aunque más inclinado hacia la sátira y el absurdo. Su célebre relato, «El dinosaurio», es un ejemplo de cómo una criatura puede cargar con un significado existencial en apenas unas palabras. En textos su libro La oveja negra y demás fábulas, utiliza animales, e insectos, para ilustrar con humor negro las contradicciones y falacias del comportamiento humano. Al igual que Arreola, Monterroso crea un bestiario que no solo es un desfile de seres fascinantes, sino también una crítica punzante a los defectos universales del poder, la ambición y la estupidez. Ambos escritores, desde sus respectivos estilos, renovaron el género del bestiario en la literatura hispanoamericana, convirtiéndolo en un vehículo para explorar las luces y sombras de nuestra especie.
Nunca falta Jorge Luis Borges. En colaboración con Margarita Guerrero, publicó en 1957 El libro de los seres imaginarios, una obra que compendia 116 animales fantásticos provenientes de la literatura universal a lo largo de los siglos, desde el grifo hasta el quimérico gualicho de la tradición sudamericana.
Los bestiarios, en su esencia, invitan a explorar el misterio en la relación entre los seres humanos y el reino animal, y a cuestionar las fronteras entre lo real y lo imaginario.
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