El Mito en El Señor Presidente de Miguel Ángel Asturias

Miguel Ángel Asturias recreó en la obra El Señor Presidente, la personalidad psicópata del abogado quetzalteco Manuel Estrada Cabrera.

Gonzalo Asturias Montenegro

agosto 30, 2026 - Actualizado agosto 30, 2026

     Hoy, 30 de agosto, se cumplen los ochenta años de publicación de la novela El Señor Presidente, por parte de la editorial Costa-Amic (México).

     Miguel Ángel Asturias recreó en esta obra la personalidad psicópata del abogado quetzalteco Manuel Estrada Cabrera. Presentó a su gobierno no como una dictadura, sino como algo más terrible, como el infierno en la tierra. El infierno para los cristianos es un lugar de tormentos, que no tiene fin.  Y así lo presenta Asturias. La obra termina sin que en el gobierno tiránico haya la más mínima grieta. Miguel Ángel concluye El Señor Presidente con una invocación a Dios en griego, Kyrie eleison (Señor, ten piedad de nosotros). Lo único que quedaba en ese infierno era pedir la protección de Dios. El último halito de esperanza.

     En la realidad, el gobierno de Estrada Cabrera terminó en 1920 cuando se rindió y pidió la protección del cuerpo diplomático, no sin antes haber bombardeado durante diez días la ciudad capital, cuyo control había perdido.

     Tras ser derrocado y llevado a prisión domiciliaria, gran parte de los guatemaltecos consideraban que Manuel Estrada Cabrera, el Señor Presidente, no podía estar preso. Debía ser otro viejo. El exdictador era ya un mito, y el mito no podía estar encarcelado. La fuerza del mito es telúrica.

     En todas las culturas, los mitos son relatos fantásticos que involucran a dioses, semidioses, héroes o creaturas fantásticas que encarnan fuerzas de la naturaleza.

    Desde las épocas más remotas, el hombre vivió de los mitos por él creados, a la medida de sus miedos, de su fantasía e imaginación fértil, para dar así respuesta a muchos enigmas de la vida diaria y también existenciales. Innumerables mitos ancestrales fueron conservados por la vía oral. Con la escritura, surgieron como relatos escritos.

     A través del mito se justifica, sostiene, legitima y proyecta hacia el futuro una determinada estructura social. Los mitos guían el comportamiento social. Dan identidad a los conglomerados. Así como las culturas necesitan de los mitos, inclusive para su cohesión, también el ser humano los requiere y se siente más cómodo creyendo en ellos. A través del tiempo los crea y recrea. Hoy hay mitos igual en Nueva York que en París, Sidney o Jerusalén. 

     En la cultura occidental es muy conocida la mitología griega. Los pueblos mesoamericanos tuvieron los propios, entre ellos, figuró la Serpiente Emplumada, a la que los olmecas y teotihuacanos llamaban Quetzalcóatl; los mayas, Kukulkán; y los k´iche´s  Gucumatz.

     Miguel Ángel creó el mito del gobernante semi-dios del mal, creador de un reino infernal absurdo y cruel, quien pedía el derramamiento de la sangre de sus siervos, como lo exigía la deidad k´iche´ Tohil.

     Era tal el pavor que infundía el Señor Presidente, que debía evitarse pronunciar su nombre. Se le llamaba El Hombre (el hombre por excelencia) o El Amo, nombre utilizado con frecuencia en la novela para referirse al sátrapa.

     La fotografía enmarcada del Señor Presidente no solo figuraba colgada en todas las oficinas de gobierno, sino también de muchas casas, y, el colmo, hasta en los cuartos de las prostitutas, que también le temían a sus soplones y esbirros, que frecuentaban esos antros.

     Ese gobernante demoníaco exigía la aniquilación del pensamiento propio hasta la total alienación. Apoyándose en el enunciado del filósofo racionalista René Descartes que dijo el famoso “Pienso, luego existo”, en la novela Miguel Ángel escribió: “Pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo, pienso con la cabeza del Señor Presidente, luego existo…”. Y su contrario, también sería cierto. Si no pienso como piensa el Demonio-Señor-Presidente estoy amenazado con no existir como ser humano, con desaparecer aniquilado en las mazmorras del reino de las tinieblas o del paredón de fusilamiento. Para ser y existir había que pensar como el Señor Presidente. Mayor aniquilación del ser, imposible. Al Señor Presidente lo elogiaban con alabanzas que los cristianos tienen reservadas para Dios.

     A lo largo de las páginas, el mito va creciendo a la par del misterio. Nadie sabía dónde se encontraba el Señor Presidente, porque ocupaba varias casas en las afueras de la ciudad. Decían que con un látigo en la mano dormía junto al teléfono, en tanto que otros afirmaban que nunca dormía. El mito nunca duerme. Siempre está omnipresente.

     De acuerdo al afamado escritor colombiano Gabriel García Márquez, “el dictador es el único personaje mitológico que ha producido América Latina, y su ciclo histórico está lejos de ser concluido”. Gabo escribió su propia novela de dictador.

El dictador murió en prisión domiciliaria

     Estrada Cabrera murió en prisión domiciliaria el 24 de septiembre de 1924, tres meses después de que Miguel Ángel partiera a Europa. Asturias conoció la noticia estando en París. En carta a su mamá, Miguel Ángel le escribe: “Supe que murió (Estrada) Cabrera. ¿Es cierto? Gracias a Dios, y a ver cómo le va en la otra… en donde lo esperan los Blanco, los Ávila, Ruiz, Novales y 18,000 más que no sabemos. ¡Qué lio va a ir armar en el otro lado el viejo, ya me lo figuro! ¡Pobre San Pedro si se fue al cielo, y pobre Satanás si se fue a los infiernos!… ¡Como no lo hayan remitido al limbo!”

Los cuatro círculos de El Señor Presidente

     La novela se encuentra muy bien estructurada en su fondo y en su forma. El fondo se teje alrededor de cuatro círculos concéntricos: 1) la autobiografía del escritor, 2) la historia de su país, 3) la historia de Hispanoamérica y 4) la historia planetaria.

     En parte es autobiográfica porque Asturias narra sucesos vividos por él en su infancia y juventud, incluyendo su breve encarcelamiento. También es la historia de la dictadura de su país, aunque no mencione el nombre de Guatemala. De alguna forma, es también parte novelada de la historia de Hispanoamérica, donde tras la independencia de España surgieron los dictadores y las novelas de dictador. Tres premios Nobel de literatura latinoamericanos escribieron novelas de dictador, siendo la de Asturias la más famosa. Y finalmente, es universal, porque gobernantes que concentran todo el poder han existido en todos los tiempos y en todas las culturas. En pleno siglo XXI, solo una cuarta parte de la población mundial vive en democracia plena. El resto, la inmensa mayoría, en regímenes que permiten poca o ninguna libertad de pensamiento, de prensa y derechos humanos. En nuestra vecindad, hoy tenemos el caso de Nicaragua.

    Además de versar sobre un tema político, social y, sobre todo, humano de carácter universal (el fondo), como es la existencia de un semidios sentado en la silla presidencial, la realización (la forma) fue llevada adelante con las novedosas técnicas que Miguel Ángel conoció en la capital francesa, especialmente del surrealismo, que cuando Asturias escribía su novela recién cobraban forma y propuesta. En este caso, se unieron Talento y Timing (el momento oportuno).

      Todas estas circunstancias han hecho que la obra sea eterna, dentro de lo efímero que puede ser este término para el ser humano.

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