Mitologías y flogistismos económicos del BANGUAT: las metas inflacionarias de humo (1/3)

La independencia del banco central es necesaria para asegurar que las decisiones de política respondan al mandato de estabilidad de precios y no a presiones políticas de corto plazo.

Jose Luis Moreira

octubre 18, 2026 - Actualizado octubre 17, 2026

Everything burns – The Joker, The Dark Knight (2008)

Fue un 1 de agosto de 1774 cuando Joseph Priestley aisló un gas incoloro al calentar óxido rojo de mercurio, concentrando la luz del sol con una lente. Ese gas tenía la capacidad de avivar llamas agresivamente y, como comprobaría meses después, permitía que un ratón sobreviviera más tiempo que en el aire normal. Priestley lo bautizó como “aire desflogistizado” siguiendo el consenso científico de la época sobre por qué arden las cosas, la llamada teoría del flogisto. Esta afirmaba que todo lo que ardía contenía una sustancia fundamental, el flogisto, que se liberaba con las llamas. La teoría afirmaba que el fuego se apagaba en recipientes cerrados porque estaban “saturados de flogisto”.

La teoría fue consistente hasta que fue desafiada por ciertas preguntas fuera de los límites de sus explicaciones tradicionales. Por ejemplo, ¿por qué los metales ganan peso cuando se queman, en lugar de perderlo, si es que existe tal sustancia fundamental? Un consenso de 70 años, aceptado por todos, hasta que ya no lo fue. No fue sino con los experimentos del francés Antoine Lavoisier que se estableció que el gas aislado por Priestley era el oxígeno, y que la teoría del flogisto no solo era falsa, sino que describía al revés lo que ocurre en la combustión. Gracias a los avances científicos de Lavoisier hoy sabemos que el proceso de combustión depende del oxígeno como reactivo esencial. Ese y otros descubrimientos le han valido a Lavoisier la paternidad de la química moderna.

La modernidad para superar el flogistismo conceptual. Hace unos días se les confirió el Nobel de Economía a Robert Hall y Michael Woodford por su trabajo en el andamiaje teórico que explica cómo los bancos centrales modernos, a través de la tasa de interés, pueden estabilizar la actividad económica y la inflación. Los desarrollos teóricos y prácticos de la banca central moderna emergieron tras las agresivas presiones inflacionarias globales que acompañaron el colapso del orden monetario de la posguerra en los años setenta.

Se consolidó entonces la necesidad de una banca central independiente y tecnocrática, y se popularizó el régimen de metas de inflación como marco para cumplir su mandato principal (aunque no siempre único) de la estabilidad del nivel de precios. A ello se sumó un consenso a favor de los tipos de cambio flexibles para absorber shocks externos y reducir el riesgo de crisis de balanza de pagos que sufrieron varios países de América Latina, incluyendo, claro, Guatemala.

En Guatemala, intentar definir qué significa “modernidad”, o en este caso “banca central moderna” es una empresa tortuosa por la sistemática revelación de grandes paradojas. Tras la reciente controversia por el nombramiento que hizo el presidente Bernardo Arévalo del ministro de Finanzas, Jonathan Menkos, como presidente del Banco de Guatemala, muchos grupos de interés se apropiaron con impunidad y sin pudor del lenguaje de la banca central moderna. Hablaban de la “independencia” de un banco central cuya Junta Monetaria está integrada mayoritariamente por nombramientos políticos, y el “respeto a las reglas” en una institución que desde hace más de una década se reserva un mecanismo discrecional de acumulación de reservas para contener la apreciación del quetzal por los flujos grotescos de remesas hacia Guatemala.

Esas paradojas sobreviven porque en el debate público guatemalteco persisten teorías inconsistentes, flogistismos económicos: explicaciones consensuadas sobre qué es una banca central moderna, y sobre por qué la nuestra funciona, que casi nadie evalúa crítica y comparadamente. A pesar de haber consolidado cierto nivel de desarrollo institucional a nivel de servicio civil y comunicación, el BANGUAT no se caracteriza por componentes que describen a un banco central moderno. En esta primera entrega quisiera evaluar una de las características de la banca central moderna que, en teoría, el BANGUAT adoptó desde hace más de dos décadas: el esquema de metas explícitas de inflación.

A finales de 2005, la Junta Monetaria adoptó el Esquema de Metas Explícitas de Inflación, y los informes de política monetaria del BANGUAT reiteran que su política “se fundamenta” en ese esquema y, de nuevo sin pudor, hablan de Guatemala como una de las primeras economías pequeñas de la región en “adoptar” este esquema. Desde entonces la política monetaria se articula alrededor de una meta, ajustada varias veces y fijada desde 2013 en 4 por ciento más o menos un punto porcentual, y la operativización de la meta a través del manejo de tasa de interés líder de política monetaria.

¿Cuál es la lógica teórica que subyace un esquema de metas explícitas de inflación? A través de la determinación de una tasa de política monetaria, sus efectos se trasladan, en teoría, a las tasas de interés del mercado, así como a la disponibilidad de crédito y al tipo de cambio, y en esa cadena eventualmente a la demanda agregada y a los niveles de precios. Este proceso también se conoce como transmisión de la política monetaria.

La independencia del banco central es necesaria para asegurar que las decisiones de política respondan al mandato de estabilidad de precios y no a presiones políticas de corto plazo. A través de la credibilidad que los bancos centrales generen en este mecanismo y en su comunicación influyen en las expectativas de los agentes económicos, que a su vez tienen un impacto en la formación de precios.

Desde las crisis de los años ochenta y la alta inflación de inicios de los noventa, Guatemala ha vivido un ambiente de tasas de inflación relativamente bajas. Es un hecho. Pero ¿se ha debido esto a la supuesta credibilidad del esquema de metas explícitas de inflación? La evidencia apunta a que no, y atribuir a una exitosa “adopción” del esquema de metas explícitas de inflación es un flogistismo económico. En 2017, economistas del propio BANGUAT estimaron que solo 16% de un cambio en la tasa de política llegaba, en el largo plazo, a las tasas activas, por debajo de países con bancos centrales verdaderamente modernos (96% de transmisión a largo plazo) e incluso debajo del promedio de los países de bajo ingreso (40%)[1]. A pesar de que en 2026[2]  se identificó el mecanismo como más consecuente de lo que se creía, todavía se describe esa transmisión como gradual, de intensidad limitada y con un traslado lento e incompleto hacia las tasas bancarias. El FMI también observó empíricamente la debilidad de este mecanismo en 2023. El FMI estimó que, ante un alza de la tasa de política, la actividad económica no responde de forma significativa y los precios solo bajan, levemente, cuando el alza viene acompañada de una apreciación del quetzal[3]. Todo apunta a que en Guatemala no hay tal cosa como un mecanismo sólido de transmisión de la política monetaria. Atribuir entonces el ambiente de baja inflación principalmente al éxito de la “adopción” del esquema de metas explícitas de inflación es un espejismo. Y, no obstante, buena parte del consenso económico guatemalteco parece cómodo con este flogistismo. Un esquema de metas que apenas opera no alcanza para llamar moderno a un banco central.

Sin embargo, las razones de la inoperancia son en gran medida estructurales. Es ampliamente sabido que Guatemala no tiene mercados de capitales efectivos. Los mercados de capitales son uno de los primeros eslabones de la transmisión de la política monetaria. Por otra parte, el mercado interbancario está poco desarrollado y la curva de rendimientos está fragmentada entre el BANGUAT que opera en el corto plazo y un Ministerio de Finanzas que lo hace en el largo, sin instrumentos en los plazos intermedios[4]. El BANGUAT también tiene restricciones a nivel institucional, dado que no puede emitir títulos negociables propios, absorbe liquidez con depósitos a plazo que no se negocian en mercados secundarios, y el país carece de un depositario central de valores[5]. Otro factor recientemente señalado por el FMI es el excedente estructural de liquidez en el sistema bancario local, que tiene encajes altos y no remunerados, lo que debilita la señal de la tasa de política[6]. También hay que resaltar la gran concentración (dicho por el propio BANGUAT[7]) del sistema bancario de Guatemala causa que las tasas de los bancos grandes no reaccionen a la tasa líder, así como carteras de inversiones con una elevada proporción de títulos de deuda pública que no circulan, que se mantienen hasta su vencimiento. La dolarización parcial y la informalidad reducen aún más el alcance de la política monetaria en Guatemala. Y, paradójicamente (o tal vez no, como se verá en una próxima entrega), el propio banco central limita uno de sus canales de transmisión a través de intervenciones cambiarias, debilitando más la posibilidad de transmisión a través del tipo de cambio, y la gestión de las reservas internacionales limita su capacidad de influir en la liquidez de los bancos.

Entonces, si la tasa líder apenas mueve la economía, ¿qué explica la relativa baja inflación en Guatemala? No es un diseño institucional de “moderno” o la “envidia de países desarrollados” como decían algunas tribunas en Guatemala. Como muchos lo intuyen, se debe en gran medida al comportamiento de las cuentas del sector externo de Guatemala. Una parte importante de la inflación guatemalteca es importada, y llega al país a un tipo de cambio que el BANGUAT mantiene estable en términos nominales. Detrás de esa estabilidad cambiaria está la abundancia estructural de dólares, esencialmente por remesas, que le permite al banco central sostener el quetzal a un costo poco visible para el público. Como se verá en una próxima entrega, la evidencia apunta a que el ancla nominal del tipo de cambio es la variable que fija las expectativas sobre los precios en Guatemala, y no los mecanismos en torno a metas explícitas de inflación. El sistema de banca central en Guatemala, que inició hace más de 100 años, empezó con un ancla del tipo de cambio (en ese tiempo en términos de oro), y todo indica que no hemos salido de eso. La premodernidad, pues.

Probablemente fuera del ámbito de este ejercicio, pero a estos factores estructurales se suman las excesivas restricciones y obstáculos que tiene la política fiscal en Guatemala. Existe un vínculo fiscal-monetario en Guatemala que, más allá de los enormes costos de oportunidad a nivel social, remueve la efectividad del mandato y los instrumentos de política monetaria del BANGUAT.

Creer que el BANGUAT es un banco central moderno por la “adopción” del esquema de metas explícitas de inflación es un flogisto económico que revela desconocimiento de los análisis críticos de la (in)efectividad del mecanismo. Los mecanismos de facto, el oxígeno, que explican el comportamiento de la inflación de Guatemala serán el tema de la próxima entrega.

Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivamente personales y no representan las de ninguna institución con la que esté o haya estado vinculado. Este texto tiene fines de análisis y discusión pública, se basa únicamente en información pública y no constituye investigación de inversiones, recomendación ni asesoría financiera de ningún tipo.


[1] Blanco Valdés, J. A., Valle Samayoa, H. A., & Delgado, F. L. (2017). Challenges to inflation targeting in Central America (Working Paper No. 141). Banco de Guatemala.

[2] Ramirez Hunter, V. H. (2026). Revisitando la transmisión de la política monetaria en Guatemala. Notas Monetarias, (198), 1–6. Banco de Guatemala.

[3] Lamprakaki, R., & Oliva, M. A. (2023). Monetary policy transmission in Guatemala: Response on output and prices. In Guatemala: Selected issues (IMF Country Report No. 23/173). International Monetary Fund.

[4] Edwards, S. (2022). Evaluación del diseño e implementación de la política monetaria y cambiaria del Banco de Guatemala: 2012-2022, secc. 6 y 13

[5] FMI (2025), Guatemala Staff Report No. 25/260

[6] FMI (2026), Guatemala: 2026 Article IV Consultation, Staff Report No. 26/217

[7] Ramírez Hunter (2026)

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