La producción cinematográfica guatemalteca comenzó sus andanzas en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, el cine que se produjo en Guatemala en esos primeros decenios, además de escaso y sin muchas posibilidades de trascendencia, tampoco reflejaba las realidades que se vivían en el país. Así lo hace notar el historiador Édgar Barillas en su libro Imaginar la Suiza Tropical: El papel del cine guatemalteco en el imaginario social del siglo XX (1949-1986), cuya segunda impresión se presentó en la gala El cine como memoria viva, que se celebró en el marco del Proyecto de fortalecimiento del sector cinematográfico de Guatemala (PROCINE).
El libro reúne un catálogo documentado de 33 largometrajes de ficción y analiza cómo el cine contribuyó a difundir estereotipos e ideologías acerca de Guatemala. “Desde hace cinco siglos ocurrió en el país una colonización del imaginario social, a través de una iconografía, una religión, un sistema jurídico una estructura económica que sustituyó los contenidos antiguos e instituyó una ficción que se modificó con el tiempo pero que no ha desaparecido”, apuntó Barillas. Indicó a partir de esa ficción se crearon expresiones como “una primavera eterna, el lago más hermoso del mundo, una civilización más avanzada que cualquiera, el segundo himno más espléndido del mundo…en fin, una Suiza tropical”, expuso.

Indica que en esas películas hechas en los primeros 90 años se reproducen los imaginarios impuestos sobre una supremacía blanca, masculina y religiosa. “No hay conflictividad social en estos filmes sino romances contrariados… Cumple con el cometido de entretener”. Barillas destaca que, en medio de ese cine sin compromiso social, surge El silencio de Neto, de Luis Argueta, que se constituyó como un parteaguas. “Hubo un antes y un después de esa película de hace 31 años. Se dice, y no sin razón, que fue el inicio del nuevo cine guatemalteco”, destacó.

Un premio, un nombre y un hombre
En la gala, en la que se dio a conocer el trabajo de Procine, se entregó el premio Luis de Lión a la actriz de teatro cine y televisión, directora teatral y docente de teatro Patricia Orantes, quien no pudo estar presente en la gala, pero envió un emotivo mensaje de agradecimiento a través de un video. El otro premiado fue el cineasta Luis Argueta (1946).
Los hijos del poeta desaparecido en junio de 1984, se hicieron presentes y agradecieron la distinción que significa el haber dado el nombre de su padre a este galardón. Mayarí de León expuso cómo Luis de Lión sigue presente a través de las artes y su voz no será acallada ni por la represión ni la muerte porque continúa siendo referente e inspiración. Luis de León, el hijo del escritor, recordó cómo en enero de ese año, luego de que falleciera el actor Johnny Weissmüller, de Lión escribió el cuento Tarzán de los monos, y personaje, y comparaba sus circunstancias de vida con las del Rey de la selva. Mayarí hizo entrega del galardón a Luis Argueta, quien exaltó la labor de la hija del literato en el cuidado del legado de su padre.
La migración y los logros del cine
Minutos antes de la ceremonia, Luis Argueta conversó con eP Investiga:
Para usted, que ya ha recibido varios reconocimientos, incluyendo la Orden del Quetzal en 2015, ¿qué significa un reconocimiento entregado por colegas guatemaltecos?
Significa muchísimo. Es motivo de gran alegría. Me honra, pero, sobre todo, me hace muy feliz. Para mí, es el reflejo del trabajo de los y las cineastas guatemaltecos.
Me hace regresar a cuando Justo Chang (1946 -2006) y yo soñamos locamente con hacer una película que se pudiera ver en todo el mundo y que la gente (guatemalteca) se viera reflejada aquí en el país y que inspirara de alguna forma y germinara. 30 años después veo que se rompió ese silencio y la producción cinematográfica, cambió. Como bien dice el Maestro (Édgar) Barillas fue un parteaguas, pero ha llegado más allá de los sueños. Estoy muy contento.
Encima de eso que sea un premio que viene de las manos de mis colegas, algunos de los cuales me dicen «soy tu discípulo», significa muchísimo.
¿Qué opina de que este premio cinematográfico lleve el nombre del poeta Luis de Lión?
Lo hace extraordinariamente grande. Tiene todo que ver con el cine, porque la escritura es la base del cine. Luis hubiese escrito guiones fabulosos. Con él nos robaron saber ni cuántas historias cinematográficas. Es admirable lo que hizo con su juventud. Esa dedicación a romper el silencio que, después de ver mi trabajo con la perspectiva de los años, también ha sido mi objetivo: aprender a hablar, a quitarnos la mordaza, que en mi caso, me pusieron desde muy pequeño y que aún hoy quieren imponer en muchos, a través de un sistema totalmente caduco y lleno de odio.
Al dedicar su obra a cultivar las mentes, sobre todo, de los niños, Luis de Lión fue un pionero de todas las artes y de esa lucha incansable por buscar poder hablar y entendernos en esta nuestra sincrética identidad.
¿Cómo conoció la obra de Luis de Lión?
Mi encuentro con Luis de Lión es uno de tres momentos en mi vida en que yo sentí que estaba abriendo puertas prohibidas… quizás malditas. El primero fue cuando leí a Nietzsche, en Así habló Zaratustra. Cuando va bajando el poeta de la montaña y se encuentra con un ermitaño que dice amar a Dios y después, el poeta dice: «Dios ha muerto». Cuando yo leí eso, cerré el libro, me persigné cinco veces y quise salir corriendo a buscar a un cura que me confesara por el pecado de leer algo que no debía.
La segunda fue cuando vi la película de (Ingmar) Bergman Persona en la que hay escenas de lesbianismo. Fue otro momento para salir a buscar hacer penitencia. El tercero fue, precisamente, cuando en la primera edición de El tiempo principia en Xibalbá, de Luis de Lión, leí la línea que decía: “todos sabían que la Virgen de la Concepción era una puta”. Fue otro momento en el que, cerré el libro y dije: «Dios mío, ¿a dónde voy a que me echen agua bendita, ¿qué estoy haciendo?». Menos mal tuve el ánimo de reabrir el libro y darme cuenta que lo que él está diciendo, aunque un poco tosco, era, hasta cierto punto, verdad porque la prostituta del pueblo era una copia en moreno de la Virgen de la Concepción que estaba en la iglesia, según el relato.
A mí esos tres momentos me movieron la tierra, y yo creo que eso es lo que debemos buscar con el arte, mover la tierra, provocar pequeños o grandes terremotos que nos hagan perder nuestra mojigatería, nuestros prejuicios y nuestras malformaciones.
Su trabajo también ha movido conciencias. ¿Cuáles diría que han sido los momentos que marcaron su carrera?
El primero fue cuando estudiaba en la Universidad de Michigan y junto a un grupo de amigos decidimos hacer un cortometraje. Yo nunca había hecho nada, había tomado un curso sobre hacer cine en Super 8, pero queríamos hacer algo en 16 milímetros y lo hicimos. Lo edité y me fascinó. Lo metimos a un festival, salió seleccionado y premiado. Después se fue en tour. Cada vez que lo mostraban en alguna universidad u otro lugar me daban un dólar por cada minuto del corto y eran siete minutos. Me dieron suficientes siete dólares para cubrir mis gastos que habían sido 300 dólares. Fue la primera vez que yo sentí, primero que podía expresarme, aunque (ese trabajo) fuera un poco absurdo y un chiste. Porque la película muestra una clase de pintura donde la modelo está vestida y los estudiantes de pintura en pelota. Al final suena un teléfono y alguien dice: ‘Perdón, del gato rabón’.
Luego, fue cuando Fernando Arrabal me invitó a trabajar con él en El Árbol de Guernica, una película sobre la Guerra civil española. Me pasé casi un año en Italia y en París trabajando en la preproducción, la producción y la posproducción.
Otro momento clave es cuando le digo a mi grupo de amigos en Estados Unidos: “Vamos a Guatemala a hacer un documental. Yo no sabía cómo se hacían documentales, pero nos vinimos, después de haber leído un artículo sobre la contaminación ambiental, el daño a la salud de los trabajadores y los niños en los campos de algodón de la Costa Sur. El costo del algodón es otro momento paradigmático. Aquí se llegó a prohibir, incluso en la cinemateca de la Universidad de San Carlos la tenían escondida bajo otro nombre, porque temían que catearan la cinemateca. Era una película maldita porque exponía las condiciones de explotación total y de miseria en que vivían los trabajadores que iban del Altiplano a cortar el algodón, y ese, sin saber, fue mi primer contacto con los migrantes, en ese caso, los migrantes internos.
¿Cómo llega El silencio de Neto?
Ese fue otro momento clave . Yo estaba haciendo publicidad en Estados Unidos, vine y le dije a Justo Chang, «si algún día te quedas sin trabajo, yo te contrato para que escribamos un guion». Se lo dije un sábado, yo regresé a Nueva York el domingo y el lunes me llamó y me dijo: “hoy renuncié a mi trabajo del INGUAT y estoy libre para trabajar con vos”. Ese fue un regalo.
¿Cómo comienza con las historias de migrantes guatemaltecos en Estados Unidos?
Yo decidí dejar la publicidad y dedicarme a contar historias de migrantes, luego de la mayor redada ocurrida en una procesadora de carne kosher, en Postville, Iowa, en mayo de 2008. La mayoría de trabajadores capturados, sentenciados y deportados luego de aquella redada eran de origen guatemalteco. Esa película, AbUSAdos: La Redada de Postville, tomó 29 meses hacerla. Un momento muy importante fue cuando la estrenamos en el Teatro Nacional con muchos los deportados, con sus familias que vinieron desde Chimaltenango y Sacatepéquez. Fue una noche maravillosa.
Después hice Abrazos, que eran las historias de los niños que vinieron a conocer a sus abuelos por primera vez. La Vuelta en U (que trata tanto del apoyo de la comunidad a las familias de los deportados y del proceso de la U-Visa, que fue un alivio de la inmigración). Era una película que había pensado hacer después de AbUSados, pero era un tema tan complejo legalmente que había que estructurarlo con cuidado, entonces surgió la oportunidad de hacer Abrazos y regresé a La vuelta en U, después.
¿Cómo ve la situación actual de los migrantes?
Estamos en un momento de gran retraso, de odio, de estupidez, de una mala leche increíble, un racismo profundo en que le han echado la culpa de todos los males de Estados Unidos a los migrantes, con un sentido de autodestrucción totalmente inconsciente. Es tan absurdo que el mismo Trump está tratando de darle visas de trabajo temporales a trabajadores con mucho conocimiento técnico y los más radicales de la derecha del partido Republicano dicen que no. Están dejando las cosechas sin recoger, las escuelas sin niños, están aterrorizando familias y comunidades. Están ejerciendo tácticas como los de los momentos más oscuros de nuestra historia guatemalteca. Personas enmascaradas, sin identificación, en vehículos sin placas están deteniendo y desapareciendo personas de la calle, de pueblos de Estados Unidos.
¿Cree que hay esperanza de que esto acabe?
Es admirable la reacción de la gente. En todas las comunidades ha habido manifestaciones, protestas. La gente tiene sistemas de información. Cuando van a detener a alguien aparece la gente, graban con sus teléfonos lo que está sucediendo, lo suben a las redes, hay una conciencia de que esto no está bien. El alcalde electo de Nueva York, un joven brillante y musulmán, Zohran Mamdani, le dijo a Trump durante su discurso de aceptación: “si vienes por ellos, vas a tener que pasar por encima de todos nosotros”.
¿Tiene usted algún proyecto cinematográfico que retrate estas realidades?
Quisiera tener más tiempo y más recursos para hacer algo inmediato de lo que está pasando allá, pero tengo un proyecto que empecé antes de la pandemia, y todavía estoy trabajando en él.
¿De qué trata ese proyecto?
En 2016 yo vine a Guatemala por razones familiares muy lindas e hice un viaje a Huehuetenango, la tierra de mi abuelo paterno. Me encontré con un lugar en la parte más alta de Huehuetenango que se llama Chancol y ahí me encontré con la biblioteca rural de Chancol, que es un lugar mágico. Encontré la historia sobre las mujeres que se quedan, las hijas, las hermanas, las madres, las esposas y se llama Ausencia. Por la pandemia tuve que parar. El año pasado, en noviembre, hice un viaje de rodaje a Chancol y ya hemos pasado de un corte inicial de 8 minutos a uno de 12. Lo he estado presentando para recibir retroalimentación en diferentes lugares. En la universidad de Arizona una profesora, colega documentalista. me dijo, “el largo está perfecto”. Yo quisiera que fueran unos cinco minutos más, pero ella me dice no, mientras más corto mejor. Yo quisiera que esté para el año próximo. Ese va a ser mi regalo de cumpleaños grande (80 años).
¿Cómo pueden verse ahora, bajo estas nuevas circunstancias sus películas sobre migración?
A mí no me gusta echarme flores, pero varias personas me dicen; “tus películas eran proféticas y en Abusados, la redada de Postville una de las cosas que yo enfatizo es la solidaridad alrededor de los migrantes detenidos. A las familias que se quedaron sin una entrada para pagar la luz, el agua, para comer, la comunidad de Postville, las comunidades alrededor y grupos de iglesias de todas las denominaciones las apoyaron por más de un año, pagándoles la renta, dándoles de comer, mientras emparejaban su situación migratoria y podían volver a trabajar. Esa solidaridad es la que estoy viendo ahora. Me da gusto que esos documentales puedan ser referencia para aumentar la esperanza. Esto no va a durar mucho más.
Las medidas que tomó Trump destaparon a esos sectores autoritarios y retrógradas, que estaban latentes, ¿no le parece?
Es el populismo para llegar a unas capas de gente que no ha viajado, que sabe leer, pero no lee, solo ve televisión, tal vez, escucha radio, y se da cuenta que el país ya no es todo blanco o negro, que hay latinos. Para ellos es muy desconcertante ver que en su barrio hablan otros idiomas. Como no tienen la perspectiva de haber estado en otro lugar, tienen miedo y ese miedo es lo que explotan estos políticos sinvergüenzas. Pero también hay elementos radicales de derecha educados, con conocimientos, planes y estrategias. Es algo muy serio.
Creo que esta situación no va a durar mucho y que con los años les va a dar vergüenza haber tratado tan inhumana e ingratamente a los que tocan a la puerta no a limosnear, sino a pedir trabajo.
¿Cómo ve el panorama del cine en el país?
Yo lo veo con gran alegría. Se celebra la edición 28 del (festival) Ícaro. Se dice fácil, pero es un festival reconocido internacionalmente y hoy día, hay gente que está produciendo y ya se están viendo las películas fuera y dentro de Guatemala.
Las nuevas generaciones están haciendo y contando historias. Hay miles de millones de historias que contar. El ser alfabeto hoy, es saber manejar imágenes. Las generaciones jóvenes lo saben hacer. Hay que entrenarlos un poco, disciplinarlos un poco.
Es un momento muy positivo. Lo que hace falta y es importante, es que pasemos la Ley de Cine. Si algo tiene como deber el gobierno del presidente Arévalo es que se pase esa ley antes de terminar su período. Otro deber inaplazable es poner en práctica los acuerdos entre el Estado y la familia de Luis de Lión. El Estado, que por primera vez, acepta la desaparición forzada de Luis de Lión, hizo un acuerdo en el que se estableció que se iba a hacer un parque y un museo de Luis de Lión. Se puso la primera piedra y la vergüenza es que no se ha puesto la segunda. Ni se ha hecho nada. Por otro lado, creo que se debe incluir en el pénsum nacional de estudios la obra de Luis de Lión.
¿Qué obras cinematográficas guatemaltecas destacaría?
Sin orden de importancia las que se me vienen a la mente son Nuestras madres, de César Díaz; El silencio del topo, de Anäis Taracena; las de Chofo Espinoza, una persona que admiro mucho porque tiene una creatividad admirable ;las obras de Jayro Bustamante, Distancia, de Sergio Ramírez… Y una disculpa a los compañeros por no poder evocar más títulos, pero hay y habrá más.
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