Sobre las ideas sedimentadas

...cuando la persona expresa o comunica esas certezas pre-reflexivas a otra pretendiendo que son válidas, es posible que ésta no acepte esa pretensión, que le niegue o rechace la validez, que pretende darles.

Camilo García Giraldo

mayo 10, 2026 - Actualizado mayo 7, 2026

Las nociones e ideas que una persona aprende o interioriza en su mente desde que nace, se van poco a poco o lentamente sedimentando en ella, es decir, se va fijando con el paso del tiempo, en su fondo, hasta convertirse en sedimentos duro y consistentes. Este hecho, hace que esas ideas aprendidas, se erijan en unas ideas que le parecen naturales, y, cuya validez, -verdad o rectitud- le resultan evidentes e incuestionables. Es lo que llamó Husserl “certezas pre-reflexivas”.  Son ideas, por lo tanto, que la persona, usa implícita o explícitamente, en sus diálogos cotidianos con los demás, y, que le sirven de sustento o soporte a otras ideas u opiniones, que expresa en esos diálogos. Pues, al sedimentarse, se convierten en el fundamento “sólido”, sobre el que se apoya, para darle validez a las otras ideas y opiniones, que expresa en sus actos de comunicación.   

Estas certezas pre-reflexivas, sin embargo, pueden ser válidas o no lo pueden ser. En algunas ocasiones son verdaderas o correctas, pero, en otras no lo son. De tal manera, que, cuando la persona expresa o comunica esas certezas pre-reflexivas a otra pretendiendo que son válidas, es posible que ésta no acepte esa pretensión, que le niegue o rechace la validez, que pretende darles. Pero, para que ese rechazo que el otro, que su interlocutor, realiza o expresa, tenga a su turno, validez, tiene que ofrecer una prueba -una razón o argumento de peso o una evidencia empírica- que precisamente refute, desmienta o, por lo menos, debilite esa pretendida validez. En ese momento, entonces, esa certeza pre-reflexiva, que expresa esa persona, o, que le sirve de base para expresar una determinada opinión sobre algo en el mundo, queda cuestionada o problematizada. Ante ese hecho, no le quedan, entonces, sino dos opciones: la primera, que acepte la crítica que el otro le ha formulada a esa certeza que tiene, es decir, que reconozca como válidos los argumentos y evidencias empíricas que le da, para refutarla o cuestionarla. O, por lo contrario, que no acepte esa crítica, a pesar de las buenas razones que el otro le da.

En el primer caso, adopta una actitud racional, al reconocer la validez de los argumentos y evidencias empíricas, que el otro le ofrece. Y, al hacerlo así, se ve inevitablemente empujado a cuestionarse la validez de esa idea u opinión, que creía hasta ese momento, que era verdadera o correcta, porque la tenía arraigada o sedimentada en el fondo de su mente. Sin embargo, reconocer la validez de la crítica, no resulta fácil para esa persona, porque es una idea, que, al estar arraigada en su mente, se ha entrelazado o unido estrechamente con sus afectos y sentimientos, es decir, que ha adquirido un notable componente afectivo, y, por lo tanto, siente que, es una idea no solo es verdadera o correcta, sino también, que sostiene una parte esencial de su ser y su existencia.

De ahí, que este componente afectivo y sensible, se constituye en un fuerte obstáculo, que, impide muchas veces a esa persona, aceptar la validez de la crítica racional, que el otro hace de esa idea. Pues, siente, que, esa crítica es una amenaza que pone en cuestión lo que ES como persona, el ser y la identidad de sí mismo. No es extraño, entonces, que en varias ocasiones esa persona, rechace esa crítica, en tanto no desea que uno de los sustentos, que lo sostienen como una persona con identidad propia, se desmorone. 

Pero, si esa persona decide, en cambio, aceptar la validez de la crítica que el otro le hace a una idea sedimentada en su mente, es porque tiene el valor de asumir ese riesgo de poner en crisis su integridad o identidad personal. No será el valor de atreverse a pensar por sí mismo, que reclamó Kant, sino, de asumir el riesgo de poner en crisis su integridad e identidad personal. Una crisis que, por supuesto, no desea vivir, pero, que, sin embargo, acepta, porque reconoce la validez o verdad de la crítica. En este caso, para esa persona el valor de la verdad, resulta mayor y más decisivo que el valor de su identidad, que ha tenido hasta ese momento.

Sin embargo, esta persona, al asumir y vivir esta crisis de identidad, abre la valiosa posibilidad de forjarse, una nueva identidad fundada en un juicio o saber verdadero sobre algo de su vida o del mundo. Será, por lo tanto, una mejor o más valiosa identidad personal. El hecho, de reconocer la verdad de la crítica a la idea falsa que tenía arraigada en su mente, le da valor a su existencia. Valor, que se aumenta precisamente debido al hecho de haber tenido el valor -la valentía- de reconocer esa verdad de la crítica, y, despojarse o abandonar, en consecuencia, esa idea esencial, que fundaba su identidad personal. Pues, al hacerlo así, esa persona “arriesga su vida”, es decir, pone en peligro esa integridad de su existencia. Hecho, que lo eleva por encima de sí mismo, que le eleva en el valor de su ser.

Hegel, sostuvo en su conocida Dialéctica del amo y el esclavo, que hace parte del capítulo de la conciencia de su libro La fenomenología del espíritu, que, los seres humanos prueban que son humanos, adquieren el valor de lo verdaderamente humano, cuando arriesgan, voluntaria y conscientemente, sus vidas en una batalla contra un rival o enemigo. Y, lo adquieren, porque en ese momento, se liberan del miedo que caracteriza naturalmente a todos los animales, de perder la vida. Al despojarse de ese miedo natural, se separan de los animales de los que provienen, se elevan por encima de su naturaleza original. Sin embargo, en mi opinión, un hombre aumenta en realidad su valor como ser humano cuando arriesga su vida dando una batalla diferente, una batalla psicológica contra sí mismo en su interioridad, es decir, contra la creencia equivocada, arraigada afectivamente en su ser, de la verdad de esa idea que sostenía su existencia, para despojarse de ella. Y, al ocurrir esto, la batalla por la vida que libra todos los días esa persona, sea también, y, en el fondo, una batalla, por alcanzar y asegurar verdad de lo que piensa.

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