Alfonso Enrique Barrientos. Foto: Enciclopedia de la Literatura en México
No recuerdo cuándo y cómo fue que conocí a Alfonso Enrique Barrientos, escritor, crítico literario y periodista. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México, en donde hizo amistad con destacados escritores mexicanos. Fue catedrático de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos. Miembro de número de la Academia Guatemalteca de la Lengua y de la Asociación de Escritores y Amigos del Libro Nacional. Los recuerdos que tengo de él son su generosidad, su amabilidad, su literatura, sus columnas periodísticas, sus anécdotas. Es un personaje fundamental en la generación del cuarenta.
En algún momento de mi vida mi relación con él fue cercana. Me dio la oportunidad de publicar mi columna semanal “El ojo de Max Araujo” en el Suplemento Cultural de La Hora, del que fue encargado desde su creación hasta su muerte. Vivíamos relativamente cerca; él al final de la colonia Miraflores, en la zona 11 y yo en la Quinta Samayoa, en la zona siete, más o menos a un kilómetro y medio en línea recta, por lo que un día, de cada semana, llegaba a su casa a entregarle el texto de mi columna. Me recibía con amabilidad, al igual que doña Itsmenia, su esposa. A veces nos reuníamos en su pequeño estudio. Con él y otras personas, entre ellas María Arranz, Juan Fernando Cifuentes, Norma Mainiri y Cipriano Fuentes, en ese entonces agregado cultural de la Embajada de Venezuela en Guatemala. Creamos en 1988 la revista “Abrapalabra” en la Universidad Rafael Landívar, que se sigue publicando. Fue además uno de los fundadores de la Comunidad de Escritores, y un participante activo en los congresos de literatura que organizamos en las últimas décadas del siglo 20. Entre sus amigos más cercanos estaban Augusto Monterroso y Otto Raúl González. Por años vivió en el exilio, por lo que enviaba desde los países en donde vivió, a medios de comunicación escritos, noticias sobre literatura.
A pesar de ser mayor en edad, ya en los ochenta y noventa del siglo pasado, hizo amistad con algunos de los escritores jóvenes de la época, como Carlos René García Escobar, encargado de la sección “La Teluria Cultural” del suplemento cultural que él dirigía, también con Juan Antonio Canel y Víctor Muñoz. Los tres coprotagonistas, desde esos años, de la literatura nacional. Entre los colaboradores asiduos que tuvo en el suplemento se encuentran también René Leiva y el doctor José Barnoya, de reconocida calidad literaria.
Alfonso Enrique Barrientos, un hombre sencillo y accesible, nacido en Moyuta, que entendió de la importancia de la educación, y de los beneficios que esta trae, hizo que sus hijos estudiaran en Guatemala en el colegio Julio Verne, lo que los llevo a aprender francés desde pequeños, siendo que cuando el mayor, Dante, terminó su licenciatura en filosofía y letras en la Universidad Rafael Landívar, obtuvo una beca para continuar estudios de doctorado en literatura en una universidad de Francia. Antes de partir a ese país como notario oficié su matrimonio con una joven que vivía en mi recordada Quinta Samayoa. Fincaron su hogar en el sur de Francia en donde su hijo Dante ejerce como docente universitario y es un destacado ensayista sobre literatura hispanoamericana.
Alfonso Enrique me dio el honor de exponer sobre él, cuando en un acto público el Ministerio de Cultura y Deportes le otorgó, en el salón de Banderas del Palacio Nacional de la Cultura, la “Orden Miguel Ángel Asturias”, creada por Decreto del Congreso de la República, para honrar a guatemaltecos y extranjeros por su labor en el estudio y difusión de la literatura guatemalteca. Un reconocimiento más que merecido.
Su hijo Dante, en un texto que publicó en agosto del 2022 en el medio digital Gazeta, narra que cuando Alfonso Enrique llegó a la capital de Guatemala, de su tierra natal, lo hizo para estudiar en la Escuela Normal y que posteriormente se trasladó a la Facultad de Filosofía y Letras, años 40, de la Universidad de México. Años después a Barcelona “en donde fundó una revista literaria; su vocación lo condujo también por La Habana, por París, luego por América del Sur, La Paz, Bolivia, en donde elaboraría una pieza de teatro (El negro), por Buenos Aires, en donde colaboró con la prestigiosa revista “Sur”. El periplo lo llevó a vivir en diferentes temporadas en el Distrito Federal, en donde ocupó una habitación en la pensión de «la Mencha», primera esposa de Miguel Ángel Asturias, y solía frecuentarse con su compadre Otto Raúl González o con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.”, Indica en dichoartículo que en ese“vasto e inesperado periplo, en esa dinámica del viaje y el movimiento, fue escribiendo –según su hábito de levantarse a las cuatro de la mañana–, cuentos, novelas, piezas de teatro y una infinidad de artículos o crónicas periodísticas (las más memorables dedicadas sobre todo a la literatura guatemalteca y de otros países) diseminadas en diversos diarios de su país y de aquellos otros en los que tuvo la oportunidad de vivir”. Expresa también que“Una gran parte de esas crónicas, en recortes de periódicos, ahora ya algo empolvados, se encuentran en cajas de cartón, en algún rincón de su biblioteca de la zona 11 de la ciudad de Guatemala.”
En cuanto a su producción literaria Dante nos dice en el texto indicado lo siguiente:”. Poco antes de la pieza de teatro El negro (1958, publicada con Ligia Bernal) y de la edición de su trabajo de tesis de la UNAM sobre Enrique Gómez Carrillo (Barcelona, 1959), dio a la publicación un texto (cuento largo o novela corta) que hoy podría calificarse de autoficción, se trata de “Cuento de amor (y de mentiras)” (México, 1957). Mucho hay del autor en aquel libro, pero no menos de las condiciones y experiencias de gentes provenientes de universos de carencia que buscan transgredir las normas sociales impuestas y sus limitaciones. No tardó demasiado en escribir una novela, esta vez de factura muy diferente, más próxima al referente histórico y político:” El desertor” (1961), muy probablemente una de las novelas iniciales en el país sobre la lucha armada. Casi simultáneamente viene la producción cuentística con las colecciones de relatos “Cuentos de Belice”, una de cuyas principales originalidades estriba justamente en la localización de los acontecimientos narrados en el espacio beliceño, como fue recalcado por Franz Galich. Por la misma época se publica “La huella del maniquí (México, 1962)”, que se caracteriza en especial por abandonar el espacio rural y adentrarse en la selva urbana, además de inscribir las acciones de los personajes en diversas geografías internacionales, abriendo así los relatos a las pautas de lo transnacional. Con el avanzar de los años, fueron surgiendo –siempre como el fruto de las horas dedicadas a la escritura a las cuatro de la mañana–, otras novelas (“Ancora en la arena, Máscara segunda”, 1992), “colecciones de cuentos” (Narrativa, 1970, “El pantano y otros cuentos”, 1998,” El Hombre y otros cuentos”, 1998),” piezas de teatro (El señor embajador, 1965, 1998; Molino de gracia, 1966, inédita), crónicas y ensayos. Queda otra novela, “Muy tarde para amanecer”, deambulando entre los anaqueles de su biblioteca.
De algunas anécdotas que Dante narra en su texto están las siguientes: “En ocasiones venía a casa el poeta Enrique Juárez Toledo y nos poníamos a jugar cartas con granos de frijol y al autor de “Casa de poeta” le gustaba repetir insistentemente con entusiasmo la expresión faites vos jeux, faites vos jeux. Algunos sábados por la noche desembarcábamos en la casa y el taller de escultura del «maistro» Galeotti Torres, comíamos tamales y quedábamos siempre fascinados por las grandes esculturas, como gigantes, que nos rodeaban. Un 24 de diciembre durante o poco después de la cohetería de la media noche llegó el «maistro» hecho un garabato en una bicicleta para niños. Traía una escultura en cobre que fue a colocar en una esquina del jardín de la casa y nos llamó a mi hermano y a mí; dijo: «cuando se levanten por la mañana muchachos, vengan todos los días a orinar sobre esta escultura». Por supuesto, obedecimos al mandato durante un cierto tiempo, y la escultura ha de estar desde luego en el fondo del jardín.
Cuando llegaba el 20 de agosto con frecuencia la casa se llenaba de amigos y amigas escritoras y artistas (en una ocasión, un embajador de México, cuyo nombre ahora se me escapa, le llevó mariachis por la noche para animar a toda la colonia), allí se reunían mi padrino Víctor Hugo de León, director del programa de radio Guatemala en directo y de Radio Universidad, también el cuentista Mario René «el Choco» Matute, en alguna oportunidad el escritor José Luis Cifuentes, o el director de la Hemeroteca de aquellos tiempos Rigoberto Bran Azmitia, el tío Oscar Barrientos, director de la sinfónica nacional.
Un día, encontrándonos en México, mientras comprábamos unos libros de Editorial Progreso, recordamos el bautizo de su novela “Ancora en la arena”: habíamos ido a la playa, al Ahumado, y con mamá entraron con el manuscrito al mar a medianoche para humedecerlo con algunas gotas que saltaban de las olas del Pacífico. De esa manera emergió aquella novela hasta ser editada por la Tipografía Nacional con una portada del artista Ramón Ávila.
Al paso implacable del tiempo, en un julio o agosto de principios de la década de 1990, vino a vernos a Perpignan, y uno de sus momentos preferidos era, cuando llegaba la caída de la tarde, sentarse en la terraza de un café, con una copa de vino tinto, a pensar acaso en el tema del Suplemento Cultural de La Hora que en aquella época aún dirigía.”
Alfonso Enrique Barrientos es un referente de la literatura guatemalteca, un nombre que no debe olvidarse, por eso incluí en este texto datos valiosos que nos compartió su hijo en el texto mencionado. Escribir sobre él es un acto de justicia, de agradecimiento por su amistad y por las oportunidades que me dio para expresarme en distintos espacios dedicados a la literatura.
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