Kant en su famoso texto ¿Qué es la Ilustración? dijo que, la ilustración es el período del tiempo histórico, en que los hombres han adquirido la mayoría de edad, para atreverse a usar su razón. Y, al atreverse a usarla, se convierten en hombres ilustrados, o mejor, en sujetos racionales libres y autónomos capaces no solo de forjar conocimientos científicos sobre los múltiples entes y fenómenos de la realidad sino también de ordenar sus diversas acciones. Y, como se sabe, existen dos maneras del obrar racional de todo ser humano. La primera, cuando obran sobre sí mismos con el propósito de controlar sus impulsos naturales, de sujetar la fuerza y el poder de su naturaleza interior, es decir, cuando actúan sobre sí mismos, para librarse del dominio que estos impulsos naturalmente ejercen sobre él. Y, la segunda, cuando obran sobre los demás, para convertirlos en medios objetivados para alcanzar sus propios y exclusivos fines, es decir, cuando dejan de ser fines en sí mimos, cuando dejan de ser sujetos libres.
Dos modos de obrar racional de los hombres en la modernidad, que han sido sometidos, con razón, a una implacable crítica desde diferentes ángulos y perspectivas por pensadores como Nietzsche, Heidegger, Horkheimer, Adorno y Foucault entre los más destacados. Críticas que han puesto en evidencia los límites negativos y los problemas que hacen brotar en la realidad de sus vidas, cuando deciden obrar de una manera racional. Problemas de los que me ocupo en otro lugar.
Sin embargo, el obrar racional de los seres humanos no se reduce a estos dos aspectos. Este obrar tiene un tercer aspecto, que tiene, a mi juicio, una validez universal y que Jürgen Habermas, apoyándose en las contribuciones teóricas de los filósofos del lenguaje anglosajones, como Jean Austin y Jean Searle, ha mostrado y analizado en extensión en su conocido libro Teoría de la acción comunicativa. Se trata del obrar o la acción, que realizan los seres humanos, cuando hablan entre sí, cuando se comunican por medio de mensajes lingüísticos. En efecto, cuando los seres humanos hablan entre sí, actúan, en caso de que den una función realizativa a las expresiones y oraciones que emplean en esa comunicación. Es decir, si emiten una oración lingüística con sentido, gramaticalmente correcta, que induzca a la formación de una determinada relación con los que la escuchan, como, por ejemplo, la de solicitarles una información, la de contraer una obligación o compromiso, la de invitarlos a decir o hacer algo, la de amenazarlos, etc.
Pero, además, no solo hacemos algo, cuando emitimos una oración realizativa. También, cuando, pronunciamos una puramente apodíctica, porque su contenido afecta el mundo interior de los que la escuchan. Al emitir una frase de carácter apodíctico, con la que pretendemos constatar la existencia de un estado de cosas de la realidad, es decir, con la que pretendemos afirmar algo verdadero, o, con la pretendemos afirmar la rectitud de una norma, o, una con la que pretendemos expresar una vivencia auténtica, provocamos, siempre, una reacción en quienes la escuchan, que los obliga a adoptar una postura de aceptación o de rechazo a estas pretensiones de validez que hacemos al pronunciarlas. Si, los oyentes, la aceptan como válida, la integraran en su interior ampliándolo y modificándolo. Pero, si, al contrario, rechazan su validez, se sentirán obligados a buscar y pensar una razón que les permita sustentar ese rechazo. Y, al hacer esto, experimentan también una modificación de su interioridad.
Ahora bien, cuando hablamos no solo hacemos algo, no solo realizamos una acción determinada, sino también, usamos nuestra razón debido a que no es posible hablarle o decirle algo a otra persona que tenga un sentido lógico determinado, sin usarla. Toda frase o expresión lingüística que emitimos a otra persona debe siempre tener un orden lógico-racional-gramatical para que tenga sentido propio, y, así, pueda ser comprendida por mí mismo y por esa persona a la que se dirigimos, es decir, se pueda realizar la comunicación. Por eso, en los actos del habla que realizamos habitualmente los seres humanos entre nosotros, siempre inscriben o plasman el orden formal de su razón. Es este orden formal, el que constituye la garantía o la condición de posibilidad, para que cada acto del habla que realizamos, sea comprensible, y, por lo tanto, sea efectivamente comunicable.
Pero, además, cuando realizamos un acto del habla pretendemos que nuestros oyentes o interlocutores al entender lo que decimos o comunicamos, lo acepten como válido, es decir, lo reconozcan como verdadero, correcto o auténtico. Aspiramos, por lo tanto, a entendernos con ellos, es decir, a ponernos de acuerdo sobre el contenido que les hemos transmitido con ese acto del habla. Esta es una segunda pretensión, que prolonga y complementa de modo lógico y natural, la pretensión original que tenemos que el contenido del mensaje que expresamos en ese acto del habla sea válido. Por eso, un propósito central que siempre tenemos cuando realizamos actos del habla o realizamos acciones comunicativas con otros, es que reconozcan la validez de alguna de las tres pretensiones de validez mencionadas, que les hacemos siempre, cuando los realizamos.
Sin embargo, esto no siempre ocurre así. Es muy frecuente, en cambio, que nuestros interlocutores, no acepten o reconozcan estas pretensiones de validez que les hacemos. Cuando esto ocurre, tenemos la obligación racional de preguntarles por las razones que tienen para sostener esa postura. Si, al exponerlas, nos percatamos que son razones que tienen, así sea en parte, algo de verdad o de justeza normativa, adquirimos la obligación con nosotros mismos, y con ellos, de volver sobre la proposición que hemos emitido en el acto del habla, para revisarla, y, cerciorarnos, si efectivamente es tan verdadera o normativamente correcta como pensábamos al comienzo de ese diálogo.
Esta obligación, que nos surge se desprende del hecho de aceptar participar en esa interacción comunicativa, en ese diálogo. Pues, si aceptamos participar en ese dialogo es porque reconocemos desde el comienzo a nuestros interlocutores como sujetos racionales iguales a nosotros, y libres de realizar los actos del habla que consideren válidos; reconocimiento que recíprocamente ellos nos hacen al aceptar que participemos en él. Por lo tanto, al reconocernos recíprocamente como sujetos racionales iguales y libres, nos vemos siempre coaccionados a revisar una proposición que emitimos en el curso de ese diálogo, y, que, recibe de nuestros interlocutores objeciones críticas fundadas en razones plausibles. Y, si, así los hacemos, no solo confirmamos en ese instante nuestra condición de sujeto racional, sino conquistamos también el derecho de continuar en el futuro en diálogo semejante con esos interlocutores. Por eso, cada persona en el mundo moderno que quiera convertirse en un verdadero sujeto racional, debe cumplir estas condiciones en cada interacción comunicativa que emprenda o en la que participe con sus semejantes. Ahí, encontrará, además, de la prueba del carácter racional de su ser, la de su propia humanidad.
Ahora bien, es posible, y de hecho, también ocurre con frecuencia, que una persona que acepte estas condiciones racionales para participar en una interacción comunicativa o diálogo con otras, se niegue a cumplirlas en un determinado momento del curso vivo de ese diálogo, es decir, se niegue a aceptar la obligación y el compromiso que ha contraído con los demás participantes, de revisar o examinar de nuevo una proposición que ha emitido, y, que, ha sido sometida a una crítica racionalmente fundada. Negativa, que seguramente brota del hecho de quedar sometido a sus pasiones y sentimientos, que, en principio, había puesto al margen. En este momento, entonces, esa persona pierde su condición ideal de sujeto racional, que había adquirido cuando aceptó la validez de las condiciones necesarias, que hemos mencionado, para participar en un diálogo. Pérdida, sin duda grave para todo aquél que, formado por el pensamiento ilustrado de la razón, quiere ser y probar en los actos de su vida, que es un sujeto racional.
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