Años del poeticidio

José Castillo en un artículo sobre Ubico y el libro de su secretario privado se pregunta: “¿Cómo se puede añorar una época de represión? ¿Tan poco exigimos los guatemaltecos por tener calles limpias y seguras?”

octubre 18, 2026 - Actualizado octubre 16, 2026

El poeta y escritor Carlos Wild Ospina se quejaba de la cruel estigmatización de los poetas en Guatemala. Se sabe por el libro El dictador y yo sobre el general Jorge Ubico, escrito por su secretario Carlos Samayoa Chinchilla, que el general odiaba a los escritores. La dictadura de Ubico significó 14 años de ausencia de libertad de expresión, de fusilamientos sumarios y sin juicio, de eliminación de las más elementales garantías. La poesía no fue excepción de la censura. Sin embargo, muchos quieren ahora resaltar el orden que había en la ciudad de Guatemala y sus calles limpias. José Castillo en un artículo sobre Ubico y el libro de su secretario privado se pregunta: “¿Cómo se puede añorar una época de represión? ¿Tan poco exigimos los guatemaltecos por tener calles limpias y seguras?”

Es clásica la frase del poeta Alfonso Orantes sobre las tres alternativas de los poetas en el país: encierro, destierro o entierro. El exilio de los más grandes poetas de Guatemala tiene incluso ejemplos coloniales, como es el caso de Rafael Landívar condenado al ostracismo en Italia donde escribió su inigualable obra lírica Rusticatio mexicana, máxima pieza de la poesía en latín de la Colonia española en América. Miguel Ángel Asturias en un poema donde se vale de unos de sus magistrales intertextualidades canta en el 54 desde el exilio:

¡Salve, Guatemala del anhelo y de las alas rubias…
¡No veas! Las espaldas del hombre encadenado
oculten la visión de las cárceles llenas, los muros
fusilados, los caminos huyendo pavoridos.

¡La Patria fue vendida al gran filibustero!

(fragmentos)

Luis Cardoza y Aragón pasó más de cincuenta de sus 91años en su exilio mexicano donde se significó también como crítico de arte. Cardoza en su poema “¿Qué es ser guatemalteco” escribe:

El indio guatemalteco es prueba inequívoca de la resistencia humana.

Es la materia prima riquísima y renovable más explotada del mundo.

El hambre engendra la violencia.

En México se exiliaron también en el 54 otros poetas reconocidos: Otto Raúl González, Carlos Illescas, Raúl Leiva y Alaide Foppa. Alfonso Orantes mismo acabó en el destierro, un largo exilio desde el 54 del cual nunca retornó. Presagiando su muerte escribió: “Errante, sin moverme, en mi desierto…”

La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre, aseguraba Cardoza. En las décadas de los setenta y ochenta Guatemala vivía los estragos de la guerra interna. La represión sobrepasaba las dimensiones del conflicto armado y la población civil fue dañada: asesinatos, desapariciones, persecución, torturas. Sin embargo, grupos de poetas escribían, publicaban en las pocas revistas que había y daban recitales. Poetas comprometidos, inclaudicables, en el límite del auto holocausto. El grupo Nuevo Signo surgió como una tropa de bardos indignados, enamorados, existenciales.  Buscaban justamente un nuevo signo, es decir una esperanza. Antonio Brañas lo refleja en un poema de factura extraordinaria:

HORA LOCAL

No tiene sentido si por una
geografía cedida a controles remotos,
tú pasas, río, como si fuera cierto
el terreno que tocas, los árboles,
los niños y el resplandor efímero
de las rosas del día; si tu idioma,
los usos y costumbres
los hemos transferido y a lo mejor
tú sales en busca del mañana
para encontrar tan sólo
el año antepasado.

Nuevo Signo publica en 1970 su única antología, Las plumas de la serpiente. Seis poetas: Francisco Morales Santos, Antonio Brañas, Roberto Obregón, José Luis Villatoro, Julio Fausto Aguilera y Luis Alfredo Arango, todos nacidos en la provincia. Y Delia Quiñonez, la única mujer y nacida en la capital. Los poetas de Nuevo Signo tienen diferencias formales, de estilo, de poética, pero coinciden en la búsqueda de ese renovado carácter que vislumbre un devenir con esperanza, aunque partiendo de un presente desesperado y tenebroso. José Luis Villatoro en unos versos tánicos:

Para este funeral

No hace falta un árbol

Un árbol frutecido de raíces

Y de altos mensajes tutelares.

Hace falta ser el cadáver

Y ese rencor que se le apaga.

Luis Alfredo Arango es tajante: “Guatemala tiene un río Pensativo y otro que se tiñó de sangre… Tiene un volcán de agua, otro de fuego y una montaña de huesos y cadáveres.”

Francisco Morales Santos más grave, más doliente, logra sintetizar el entorno agresivo y deplorable con el caos interno que las injusticias y la irracionalidad producen en la sique humana:

Las angustias que más que los impuestos

convinieron en darte cárcel, sello de sombra

y salivazo.

Pero al suelo hasta el fastidio

y qué encuentras, hermano del vinagre,

que no sean costillas, residuos viscerales,

raíces de carbunco.

El más joven del grupo, Roberto Obregón, opta por la provocación, la actitud iconoclastas y el mensaje rebelde y contestatario. No llegó a cumplir los treinta. El mismo año que se publica la antología de Nuevo Signo fue desaparecido por un comando del ejército en la frontera de Las Chinamas cuando regresaba de una actividad literaria en El Salvador. El grupo poco después se disuelve.

Otros poetas asesinados o desparecidos de esa época violenta, y antipoética, fueron José María López Valdizón, Luis de Lión, Julio César de la Roca y Oscar Arturo Palencia. Otto René Castillo luchando con las guerrillas cae prisionero del ejército en la base de Zacapa que comandaba el coronel Carlos Arana Osorio siendo torturado y asesinado. Suele repetirse que fue quemado vivo. No tuvo derecho a juicio ni se respetaron sus derechos más elementales. El convenio de Ginebra sobre prisioneros nunca ha valido en Guatemala. Igual suerte corrió en la capital otro poeta, intelectual y político memorable: Huberto Alvarado Arellano, al que sacaron los ojos antes de asesinarlo.

La década de los ochenta el conflicto armado interno afloraba en regiones rurales del país. En la ciudad explotaban bombas y asesinaban o desparecían sindicalistas, profesores universitarios y poetas y gente de letras como Rolando Medina, Rita Navarro y la inmensa poeta e intelectual feminista Alaide Foppa. En un excelso y dramático poema de Ana María Rodas leemos:


aquí al lado de mis muertos.
no necesito amigos
me da miedo querer porque he querido a muchos
y a todos los perdí en la guerra.

Hacia finales del año1980 los trabajadores, catedráticos y estudiantes de la USAC vivimos muy de cerca la nueva ola de terror. Una tarde un pequeño grupo de catedráticos fuimos perseguidos por sicarios sin uniforme de las fuerzas de seguridad por toda la Avenida La Reforma. Guadalupe Navas manejaba el carro y logró escabullírseles. Nunca olvidaré el rostro de odio de aquellos bandidos. Días después Lupe apareció asesinada con su compañero sentimental, el académico nicaragüense Denis Martínez, en un hotel de la Antigua dando el gobierno la información que había sido un suicidio pasional. Las autopsias demostraron lo contrario. Tiempo antes ella me había dado a leer algunos de sus poemas, y en especial uno que transcribo por su dramática actualidad: “Amigos, ahora no me pregunten por el amor, el pan o la rosa, aquí donde es delito pensar, soñar y decir lo que se siente; aquí donde asesinan cada día la esperanza”. Poco después me alcanzaría a mí una de las profecías de Orantes: el exilio.

Humberto Ak’abal fue una cima lírica del país. Su dramática muerte el 28 de enero de 2019 ilustra el sistema de ineficacia, discriminación y corrupción. Intervenido en el Hospital de Totonicapán, tuvo complicaciones y ahí no se contaba con una unidad de cuidados intensivos, por lo que se decidió transportarlo penosamente a la capital, donde falleció en la emergencia del Hospital Nacional San Juan de Dios. Se ha denunciado que hubo problemas logísticos y que la ambulancia no llegó a tiempo. La familia tuvo que pedir una colecta para el sepelio. Humberto murió pobre y como los pobres. Pero Humberto nos dejó su poesía contra la injusticia, la exclusión y el racismo:

Cuando nací
me pusieron dos lágrimas
en los ojos
para que pudiera ver
el tamaño del dolor de mi gente.  

“Oración»

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