El destacado pensador francés Gaston Bachelard, en su libro El agua y los sueños, nos dice que, “El agua es también un tipo de destino, ya no solamente el vano destino de las imágenes huidizas, el vano destino de un sueño que no se consuma, sino un destino esencial que sin cesar transforma la sustancia del ser. A partir de ese instante, el lector comprenderá más simpáticamente, más dolorosamente uno de los caracteres del heracliteísmo. Verá que la movilidad heracliteana es una filosofía concreta, una filosofía total. No nos bañamos dos veces en el mismo río, porque ya en su profundidad, el ser humano tiene el destino del agua que corre. El agua es realmente el elemento transitorio. Es la metamorfosis ontológica esencial entre el fuego y la tierra. El ser consagrado al agua es un ser en el vértigo. Muere a cada minuto, sin cesar algo de su sustancia se derrumba. La muerte cotidiana no es la muerte exuberante del fuego que atraviesa el cielo con sus flechas; la muerte cotidiana es la muerte del agua. El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal”.
Bachelard, no solo está aquí pensado en el famoso ejemplo de Heráclito que nos dice que “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, con él expresa metafóricamente que el Ser de todo ente es, y, no es, al mismo tiempo. Sino también, y, sobre todo, que el agua de los ríos es el elemento de la naturaleza que revela con más hondura la verdad de la existencia de los seres humanos. Pues, revela o indica el fluir o movimiento incesante de la vida de todo ser humano tanto en el espacio como en el tiempo. Un fluir que los conduce inexorablemente, tarde o temprano, a la muerte. Por eso el curso de la vida de los seres humanos es como el agua de los ríos que los lleva al final de sí mismos en la desembocadura en el mar o en otro río, es decir, que los lleva a convertirse en otro de los elementos esenciales de la naturaleza, como tierra, el aire o el fuego. Ese es el destino natural de todo ser vivo, y, por supuesto, de los seres humanos. La muerte o el fin de sus vidas significa la integración de los elementos constitutivos de sus cuerpos en algunos de estos elementos universales de la naturaleza terrestre. Y, también la integración de sus espíritus en el espíritu de otros seres humanos que los conocieron, que, sin embargo, también se evaporarán en el aire invisible cuando ellos también mueran. Espíritus, que finalmente desparecerán o morirán unidos al aire de la tierra.
Sin embargo, cuando el agua está quieta y en reposo, adquiere otro significado distinto al que Bachelard dio al agua de los ríos. En efecto, el agua inmóvil nos abre la ilusión de que el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, se detiene. Su quietud no solo es una metáfora del estado de quietud y reposo en que se encuentre un ser humano. Es también la imagen que abre la visión de que nuestra vida se detiene, venciendo en ese momento, el paso del tiempo. Este significado lo capto y representó muy bien el gran artista impresionista francés Claude Monet, al pintar los nenúfares en las aguas reposadas y quietas del estanque del jardín de su casa. Al verlas, nos parece que el tiempo se congela en ese lugar gracias a la inmovilidad constante del agua de ese estanque adornado por los bellos colores de esas plantas acuáticas floridas. Y, es que el agua limpia quieta e inmóvil, transmite al interior de los seres humanos que la contemplan y perciben, un estado de ánimo de serenidad y calma, de quietud espiritual, en la que sienten que el tiempo también se aquieta y desaparece. Esta sensación subjetiva es el reflejo de esa agua quieta y calma que parece vencer el paso del tiempo.
Este sentimiento lo afirma y expresan con bella claridad Baudelaire en su poema Invitación al viaje en el que nos dice que el lugar ideal para vivir es en donde “Todo es orden y belleza, lujo, calma y voluptuosidad”. Y, como acabamos de decir, un lugar de estas características solo puede existir si tiene agua quieta y en reposo. Este es el sustento natural que abre posibilidad para quienes viven o visitan ese lugar puedan sentir, con serena e intensa emoción, que la naturaleza que la rodea es hermosa, y que las casas o edificios en los que reflejan su presencia son lujosos, así en la realidad no lo sean. Pues, la serenidad quieta y apacible del agua impregna a todo a lo que rodea, a la naturaleza y las casas, edificios, etc. fabricados por los hombres, en el sentido de que quienes se encuentran ahí, adquieren la misma serenidad apacible del agua. Y, al ocurrir esto, “sucumben” o queda irremediablemente atrapados por esta presencia dominante de la serenidad y apacibilidad que los rodea. Todas las cosas o actividades que dan a los hombres serenidad y calma son o les parecen bellas, son o les parecen formadas con armónico y hermoso orden.
Ahora bien, el agua en su estado líquido se mueve con facilidad y permanentemente en el espacio en que se encuentra. Pero, al dejar de moverse parece adquirir las propiedades o características de los entes minerales o vegetales de la naturaleza que difícilmente se mueven por sí solos porque son ni tienen vida o están anclados a un lugar específico del espacio terrestre. Sin embargo, estos entes más o menos sólidos inmóviles no sirven para captar el significado de lo quieto e inmóvil, como sí lo hace el agua quieta, porque precisamente son inmóviles por naturaleza. Es decir, porque no son o no tienen la posibilidad de ser lo contrario, de moverse libre y continuamente por el espacio de la tierra. Pues, solo los elementos de la naturaleza que encierran posibilidades contradictorias como el agua, son los que nos ayudan a iluminar y comprender lo que somos como seres de la naturaleza contradictorios.
Estos dos aspectos contradictorios que tiene el agua nos muestran muy bien las concepciones filosóficas opuestas sobre el Ser que elaboraron en la Antigüedad Heráclito y Parménides. Por una parte, Heráclito, como ya dijimos, porque el ser de los entes no es permanente, cambia con el movimiento y el devenir del tiempo. Y, este cambio, en el caso de los seres humanos, y, de todos los seres vivos, se confirma precisamente con sus muertes. Es el cambio más sustancial y radical que tienen los seres vivos. Mientras, que la concepción de Parménides resumida en la sentencia de que el Ser y no puede no ser, significa precisamente la negación completa del cambio y movimiento de los entes.
Por eso, el agua de los ríos sirvió a Heráclito de ejemplo para expresar y exponer su idea general del Ser de los entes. Y, también con el agua quieta y en reposo, podemos ejemplificar la idea o definición contraria del Ser que dio Parménides como una realidad inmóvil e inmodificable que no trascurre en el tiempo, que está libre de su carga destructiva, tal como Bachelard lo hizo con el agua de los ríos. Son estos dos estados contrarios del agua que iluminan estos dos definiciones o ideas generales, también opuestas, del Ser, que los fundadores presocráticos de la filosofía formularon.
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