Rituales dominicos de la Semana Santa colonial. I Parte. De México a Guatemala

Los dominicos llevaban a cabo en la Nueva España toda una serie de ceremonias inherentes a los rituales propios del Viernes Santo; la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo tenía importancia relevante para la Orden...

Mauricio José Chaulón Vélez

marzo 15, 2026 - Actualizado marzo 14, 2026

Capilla Mayor de Santo Domingo en México. Foto: Wikipedia

Los dominicos en el antiguo Reino de Guatemala denominaron al territorio que tenían bajo su jurisdicción como Provincia de San Vicente de Chiapas y Guatemala.  En ella, evidenciaron ser una de las entidades religiosas más poderosas del contexto colonial hispano. Tanto por su nivel intelectual1 como por su  desenvolvimiento en los planos económico y político, pronto pasaron a formar parte integral del andamiaje social y sus niveles de relación con todos los grupos se fortalecieron, mostrándose en diversas actividades litúrgicas y no religiosas. En lo correspondiente a las primeras, las prácticas en tiempos importantes del calendario eran sumamente vistosas y se manejaron de manera muy cuidadosa en lo estético y en la transmisión de los mensajes.

Los rituales en torno a esculturas o pinturas religiosas han sido de suma importancia para la Iglesia católica, ya que a través del manejo de los símbolos es posible objetivar las ideas que conforman el plano ideológico-religioso. Si el discurso de la Iglesia se quedara en el plano de las ideas resultaría más difícil llegar a establecerse en las mentalidades como una estructura de larga duración: el rito es absolutamente necesario para lograr el mayor grado de objetivación posible y así  transformar en algo tangible y comprensible lo que se maneja en el plano de las ideas. En este aspecto, observemos lo que dice el dominico Thomas Gage en el Capítulo XV de su crónica Los viajes de Tomás Gage en la Nueva España:

“…para esto construyen (…) en un rincón de la iglesia una cabaña pequeña cubierta de paja en forma de un establo, que ellos llaman Betlehem con una estrella cuya cola llega hasta el lugar donde están los tres magos de Oriente. En este establo ponen un pesebre con un niño de madera dentro pintado y dorado representando Jesús recién nacido, a un lado de él la Virgen y San José del otro (…) lo que atrae una infinidad de indios a la iglesia, cuyas representaciones les agradan mucho, porque convienen a su entendimiento grosero que no puede comprender nuestros misterios sino por los sentidos”.

En ese sentido, las procesiones con esculturas religiosas adquirieron relevancia en los objetivos del establecimiento de evangelización que se trazó la Iglesia católica como parte de las estrategias ideológicas de los  procesos de la denominada conquista y de la colonización de la región que ocupa actualmente Guatemala. Según el colega Fernando Urquizú, las características del temprano proceso de colonización en el siglo XVI configuraron dos tipos de procesiones diferentes, es decir las españolas en los centros urbanos, reproduciendo los modelos litúrgicos europeos, y las de las poblaciones indígenas, en las cuales destacaron los recursos prehispánicos pero ya con las influencias religiosas e ideológicas del cristianismo español. En este orden de ideas, la formación de cofradías, según las características hispanas, comenzó a tener importancia en torno a los rituales litúrgicos. Estas iban teniendo prestigio según el compromiso de sus miembros, sobre todo en el plano de patrocinio económico a la organización de las mismas. Dependiendo del grado de vinculación económica que los cofrades establecieran con la organización –a través de donativos directos-, se podían alcanzar dispensas eclesiásticas, indulgencias plenarias y la posibilidad de llegar con mayor seguridad “a la vida eterna”.

En el caso de las cofradías que dependieron de la Orden dominicana en la Ciudad de Santiago de Guatemala, existen dos plenamente identificables y que constituyen uno de los antecedentes fundamentales para observar la presencia de grupos de poder político y económico alrededor de las actividades litúrgicas de los dominicos: la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario y la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad. Respondiendo a la organización eclesiástica de los Concilios mexicanos del siglo XVI, la fundación y funcionamiento de las cofradías en Santiago de Guatemala debieron de presentar las características que señala el cronista Agustín Dávila Padilla, en su obra de 1625 Historia de la fundación y discurso de la provincia de Santiago de México por las vidas de sus varones insignes de la Orden de Predicadores, refiriéndose a ceremoniales litúrgicos en la Nueva España. Este cronista dominico describe la parafernalia correspondiente a la ceremonia de Viernes Santo en la iglesia de Santo Domingo de México:

“En medio de la capilla mayor de Santo Domingo de México, se asienta un tablado de casi veinte pies de largo, y doce de ancho que viene a llegar casi hasta las gradas del altar mayor dejando el cuadrado lo que pierde de ancho para vista y autoridad, hacia el cuerpo de la iglesia. En este tablado se da lugar a tres cruces que clavadas en el suelo suben a lo alto las tres del estrado. En las cruces representan forma de Calvario, rodeándolas de algunas piedras y yerbas silvestres. En la cruz de Cristo Nuestro Señor está puesta su imagen muy devota de las que esta tierra hacen de caña, con el primor que para aquel espectáculo se requiere. Los hombros y rodillas están con tal disposición con unas bolas que tienen por dentro bien disimuladas cubiertas; que hacen juego con mucha facilidad, como si fuesen de cuerpo natural. En las cruces colaterales están los bultos de los dos ladrones obradas de la misma materia.   En el centro del tablado se ponen las imágenes que llevan en andas por la procesión, de tal fuere la mano derecha del Santo Crucifijo que la imagen de la Reina de los Ángeles, que va de pie vestida de luto, con todo y un lienzo en las manos, con muestras de que le sirviere para enjugar las lágrimas del rostro. Esta imagen hecha de tal suerte que con unos cordeles que se mandan por debajo de las andas, pueda la imagen llegar las manos y paño al rostro, y humillar la cabeza y también inclinar el cuerpo. Todo esto sirve para mucha devoción del pueblo, cuando se va haciendo el Descendimiento. Comienza toda esta devoción el viernes poco después del mediodía, de suerte que a las dos de la tarde se comienza el sermón, que sirve de plática para los que se disciplinan y entendimiento para todos. Propone el predicador alguna consideración acerca de la cruz y muerte de Cristo Nuestro Señor, y dispone su entierro dando introducción al descendimiento. A este punto que el predicador trata de dar sepulcro al cuerpo santo, salen de la sacristía revestidos cinco sacerdotes y cinco ministros con vestiduras sagradas, cuya devoción y devotos pasos hacia el tablado hacen dar muchos e devoción al auditorio. Vienen delante dos acólitos con sendas escaleras que traen abrazadas y llegan al pecho, significando cuanto corazón hay en aquella obra”.

Con esta referencia se demuestra la existencia de ceremoniales litúrgicos de importancia para la Orden de Santo Domingo en  Nueva España, con relación al Viernes Santo, los cuales influyeron en Guatemala, debido a la dependencia del Obispado de Guatemala hacia el arzobispado de México. La misma significación debieron tener en Santiago, puesto que como ya lo hemos indicado, las políticas eclesiásticas del obispado de Guatemala dependieron del arzobispado de México.

En lo que se refiere al desarrollo de la procesión del Santo Entierro en la ciudad de México, Dávila Padilla dice: “que debía ser para recordar a Cristo como un verdadero Dios, Rey de los Reyes y Señor de los Señores, como las exequias de los príncipes mostrando las insignias de sus tronos.

(…)

Al principio de todas las insignias va un carro pequeño cubierto de luto, y en medio una Cruz, a cuyo pie va postrada la muerte, y en cuyos brazos colgaba un título que con las palabras en latín y español que decían “(…) Muerte dónde está tu victoria”, también eran colocados otros epitafios similares, seguida de tres trompetas y de tres estandartes, guión de la procesión en medio de colaterales que acompañaban la procesión, luego las insignias de la Pasión en medio de cirios encendidos en las manos, una cruz alta con un manto atravesado, con la lanza y la esponja a sus lados, luego dos Reyes de armas con las insignias de la Pasión bordadas en oro y plata en el pecho y espalda de sus ropas.

Luego seguía el anda con el cuerpo de Cristo representado por la escultura utilizada en el ceremonial descrito anteriormente en una urna sobre un anda portada por cuatro sacerdotes vestidos de luto con bordados de oro y plata. El féretro era cubierto por un velo negro transparente decorado de los mismos metales que las vestimentas de los sacerdotes, detrás iba el escudo de armas reales de Cristo seguido de la escultura de la Santísima Virgen, acompañada de los disciplinantes y cofrades.

Escoltaba el cortejo un San Pedro arrepentido, la Magdalena y religiosos encargados de las oraciones, la procesión que hacía paradas en otras iglesias como San Francisco y la Vera Cruz, donde era recibida por sacerdotes que también tenían cofradías de Pasión y le daban sepultura en el convento de la Concepción”.[1]

Los dominicos llevaban a cabo en la Nueva España toda una serie de ceremonias inherentes a los rituales propios del Viernes Santo; la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo tenía importancia relevante para la Orden, lo cual se evidenciaba en la objetivación a través de actos, esculturas, pinturas, escenarios y otros elementos tangibles y didácticos para la enseñanza del evangelio y el establecimiento de los dogmas. Por lo tanto, dado el vínculo entre el Obispado de Guatemala y el Arzobispado de México durante el siglo XVI, los rituales referentes al Santo Entierro de Cristo en la ciudad de Santiago de Guatemala presentaron los mismos objetivos, lo cual se verá en la procesión del Santo Entierro que analizaremos en la próxima entrega de esta serie de columnas.

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1 Los dominicos fueron precursores importantes en lo que a estudios superiores se refiere en Guatemala. Después de que en 1556 establecieran una cátedra de teología, firmaron un acuerdo con el obispo Francisco Marroquín para fundar el Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino. Ya en 1625 se otorgaban grados mayores, incluyendo el de doctorado. Los jesuitas tenían el Colegio de San Borja, dándose así una fuerte competencia intelectual entre estas órdenes. Por su influencia y niveles de relación con la Corona y la clase dominante del Reino de Guatemala, los dominicos consiguieron que el trabajo realizado a través del Colegio Mayor de Santo Tomás de Aquino se convirtiera en una Universidad, lo cual se logró por medio de la Real Cédula del 31 de enero de 1676 de Carlos II. En 1687 le fue concedido el título de pontificia, por medio de la Bula papal de Inocencio XI denominada Ex Suprema. El nombre de la universidad pasó a ser Real y Pontificia Universidad de San Carlos de Guatemala, en honor al nombre del monarca español que autorizó su creación. Para la anotación de estos datos fueron importantes las consultas a los siguientes estudios:
2 Tomás Gage ([1648] 1950). Los viajes de Tomás Gage en la Nueva España. Parte Tercera de dicha obra, que se refiere íntegramente a Guatemala. Guatemala: Biblioteca de Cultura Popular 20 de Octubre. Volumen 7. Editorial del Ministerio de Educación Pública. p. 73.


 

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