Un hijo cualquiera confirma a Eduardo Halfon como un maestro latinoamericano de la autoficción. El crítico español Alejandro Simón lo ha dicho sin ambages: «cada libro de Eduardo Halfon es un acontecimiento en la literatura escrita en español». Esta novela breve —casi una nouvelle— lo demuestra con una economía literaria magistral: calidad inversamente proporcional al número de páginas.
Halfon exhibe una erudición que no pesa. Como Borges, sabe que un escritor debe ser un gran lector. Lo afirma también Augusto Monterroso, Halfon lo practica sin predicarlo. Sus páginas están llenas de citas literarias y científicas, pero la modestia y la sutileza con que las integra no interrumpen la coherencia del texto: la sirven. Esa es la marca del narrador consumado.
El personaje Eduardo Halfon no es el autor Eduardo Halfon, pero ambos son dos caras de la misma moneda. Como Javier Cercas en Soldados de Salamina, Halfon presta su nombre al yo protagonista para contar su historia y las otras historias que la atraviesan. Memorias de infancia, alergias prematuras, primeros besos, viajes, y como leit motiv, la paternidad. Hay también una dosis de bildungsroman —el camino del embrión de escritor al narrador consumado, la vocación literaria imponiéndose al ingeniero industrial graduado en Estados Unidos—, trazada con enjundia.
Un hijo cualquiera continúa la línea de Clases de chapín (2017) y Canción (2021). Guatemala es el marco de su infancia y una herida abierta: «Guatemala es un país que me duele», ha dicho Halfon. La novela retrata una nación sufrida, el desarraigo de una familia judía, el extravío de la identidad y su búsqueda. La vieja figura del «judío errante» queda superada por el ser cosmopolita, migrante en el tiempo y el espacio, en una época donde las fronteras no son más que marcas arbitrarias: ficción institucionalizada. Sobre Guatemala, Halfon sentencia: «difícil para vivir y aún más para volver». El exilio —aquí autoexilio como salida de emergencia— recorre una tradición literaria guatemalteca que va de Landívar a Monterroso, pasando por Cardoza y Asturias, sin olvidar a Enrique Gómez Carrillo.
La novela no solo recrea la historia inmediata: incursiona en la psique y retrata la condición humana. Halfon despliega una poética de gran eficacia, frases que surgen como rayos líricos e hilvanan la narración con vigor: «La aldea, que se llamaba Dos Erres, ya no era más que monte y serpientes». Así concluye la referencia a la masacre de campesinos indígenas cometida por el ejército guatemalteco. Es una isla poética en el mar de la novela, y también una condena.
Un hijo cualquiera es la historia de una genealogía, del nomadismo contemporáneo y de un país marcado por el conflicto armado interno, los crímenes de lesa humanidad y el genocidio. No falta la referencia al bisabuelo de su hijo, el pediatra y antropólogo Juan José Hurtado Vega, fallecido hace unos años, que estuvo a punto de morir a manos del ejército en 1982. Aparece como personaje referencial, con su perfil humanista opuesto a la dictadura militar y al oprobio.
El capítulo sobre «El Lago» es el de Amatitlán: la época dorada en que era una superficie azulada, transparente y pura, y su conversión en vertedero de restos industriales y aguas negras. Un lago que muere por la acción humana, la ineficacia política —sobre todo de las alcaldías— y la irresponsabilidad industrial. Basta recordar el caso «Agua Mágica», que terminó con la condena de la expresidenta Roxana Baldetti a quince años de prisión.
La Guatemala profunda, en cambio, está retratada con precisión y brevedad: un mundo de raíces precolombinas que se manifiesta en campesinos cakchiqueles, un pescador, algún soldado, un curandero.
La crónica familiar continúa aquí su curso sucinto y ramificado, centrada en la paternidad y en la perspectiva del hijo. La imitación es parte esencial del aprendizaje: del hijo con el padre, con el abuelo, con los otros seres humanos. Una repetición que crea patrones de conducta, una sucesión en el tiempo. Generación y herencia, nacimiento y muerte. Abuelos, padres, hijos. Escribe Halfon: «Quería preguntarle a mi padre quién sería yo sin mi padre».
El estilo es de una economía ejemplar: cero barroquismo, nada de adornos innecesarios ni giros alambicados. Un narrador que domina el alcance de sus palabras y engancha al lector para llevarlo a territorios tan reales como asombrosos. Lenguaje a presión, concentrado, sin carencia de un oportuno lirismo. El resultado es deslumbrante: conjunción de la memoria personal con la histórica, como señala el reseñista español Bruno Padilla del Valle.
El capítulo final convence plenamente. Por su sentido metafórico y por la presentación conclusiva que explica incluso el título de la novela. Podría leerse como un texto independiente —un extraordinario relato o cuento—, pero es parte de un todo muy aceitado, una maquinaria narrativa que funciona a la perfección. La paternidad es el pretexto para adentrarnos en el desarrollo de la conciencia, la época global y la historia reciente de Guatemala.
Un hijo cualquiera no es una novela cualquiera: es el libro inevitable para un lector acucioso y positivamente voraz.
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