Este deseo de muchos seres humanos morir en el lugar donde nacieron por partida doble, como seres naturales, y, como seres humanos, es un deseo que nace de otro deseo tal vez más profundo, el de pasar los últimos días de su vida, el de morir, en ese lugar que fue testigo mudo, y, al mismo tiempo, elocuente de este doble nacimiento, y, en donde se fijaron las huellas de los episodios más significativos que lo conformaron.
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La mención a la Semana Santa en otras obras de Gabriel García Márquez es mínima, pero está con una enorme carga simbólica.
Melquiades le enseño a José Arcadio los principios y reglas de un saber no científico, de la alquimia.
Toda obra literaria es una construcción verbal, y las imágenes en un libro están hechas a base de palabras. Y Cien años de soledad, más allá del membrete de realismo mágico, es una de las más espléndidas construcciones verbales de nuestro idioma.
Mi primer encuentro con Pedro Páramo no fue a través de la lectura de la novela escrita por Juan Rulfo, sino del cine. La película de Carlos Velo de 1967, exhibida en alguna matinée del Cine Imperial de la Antigua, como si de una cinta de vaqueros mexicana se tratara. Yo tendría 10 o 12…
El recorrido mágico de la sangre de José Arcadio Buendía, que regresa al lugar de su nacimiento para fundirse definitivamente en él, se parece al recorrido que realiza Juan Preciado al regresar a la población donde nació para morir en medio de los muertos vivientes y así reunirse con ellos como su gran familia.
Desear un pescadito de oro para colgarlo de mi cuello; saber que, en la casa de los Buendía, el café siempre está caliente en la cocina y que, en Macondo, se hacen esfuerzos para que no se noten las tristezas de la gente: tal como sucede ahora mismo en mi casa, en mi barrio, en mi país.







