Uno de los deseos fundamentales que tiene una gran parte de los seres humanos es el de morir en el lugar físico – sea la casa, el poblado, la ciudad o el territorio nacional- donde nacieron, y, se formaron como seres humanos, es decir, en donde aprendieron e interiorizaron el idioma-lenguaje que hablan, y, los saberes, las reglas y hábitos culturales de vida, que usan y practican de manera regular en su cotidianidad.
Deseo, más marcado en aquellos que vivieron felizmente esos primeros años de su existencia. Este es un deseo poderoso, que les surge, no solo a los que permanecen siempre viviendo en él, sino también, a los que, lo han abandonado en algún momento de sus vidas. A los primeros, es un deseo que les hace surgir con el paso del tiempo un nuevo deseo: el de no dejarlo definitivamente. Y, a los que lo han abandonado, el de volver a él un día, para vivir ahí el resto de sus vidas, o por lo menos, para revivir las vivencias más significativas que vivieron en él en el pasado. García Márquez, consciente de la importancia y significado de este deseo humano, se lo atribuyó a casi todos los personajes ficticios de la numerosa familia Buendía, en su gran novela Cien años de soledad.
En efecto, todos sus miembros murieron en el lugar donde nacieron en su casa de la población de Macondo, con excepción de los padres fundadores de la dinastía José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, y, de su hijo mayor José Arcadio. Pero, todos los demás, sin excepción, tanto los que permanecieron todas sus vidas en la casa en donde nacieron como Amaranta Úrsula, como los que la dejaron, como Aureliano Buendía, o José Arcadio Buendía-hijo, regresaron para morir en ella.
Pero, como este último personaje no murió realmente en su seno, fue la sangre de su cadáver, la que se desplazó por las calles polvorientas de Macondo, para llegar y depositarse en ella, y, consumar así, su muerte en la casa. Hecho, que “demuestra”, el inmenso poder que tuvo este deseo en la vida de esos personajes imaginarios, que los llevó a realizarlo, superando todas las barreras físicas, que pudieran interponérsele.
Deseo humano, que ha sido muy bien comprendido y expresado por el pueblo mexicano, a través de su célebre fiesta del día de los muertos. En efecto, la inmensa mayoría cree, que ese día, los espíritus de sus familiares y seres queridos fallecidos, regresan a su casa o al lugar donde nacieron, crecieron y vivieron para visitarlos, para reunirse con ellos de nuevo. Y, para recibirlos con todo el amor y cariño que se merecen, se disfrazan, preparan una gran variedad de dulces en forma de calaveras, y, de sus mejores platos de comida para festejar. Fiesta, que hacen pensando, que esos espíritus están ahí presentes y “vivos” a su lado.
Por eso, ese día, los mexicanos no lloran a sus muertos, sino, al contrario, celebran el regreso a sus vidas. Regreso efímero, que, sin embargo, constituye la prueba suprema de que los vivos siempre están unidos e integrados a los muertos, festejando la vida misma, como bien supremo. De tal manera, que, son los espíritus de los que han muerto, los que siempre cumplen este deseo que tuvieron en vida. Así, lo hayan realizado o no antes de morir, sus espíritus se encargan de cumplirlo, sin falta, cada año.
Este deseo de muchos seres humanos morir en el lugar donde nacieron por partida doble, como seres naturales, y, como seres humanos, es un deseo que nace de otro deseo tal vez más profundo, el de pasar los últimos días de su vida, el de morir, en ese lugar que fue testigo mudo, y, al mismo tiempo, elocuente de este doble nacimiento, y, en donde se fijaron las huellas de los episodios más significativos que lo conformaron. Pues, de lograrlo reunirían el comienzo con el fin de sus vidas, su nacimiento con los instantes previos a su muerte, su ser con el no-ser que se anuncia inminente. Reunión, en la que se haría, por fin realidad, la unidad que desearon ser a lo largo de sus existencias; así esta unidad alcanzada, la vivan en los instantes previos a su muerte, y, que les dará, un último sentido a sus vidas a punto de desaparecer.
Freud, fue el primero, que se percató de la existencia de este deseo fundamental de los hombres. En su libro Más allá del principio del placer, sostuvo, que existen dos impulsos básicos y originales de la vida de los hombres, Eros y Thanatos. Dos impulsos de carácter opuestos, debido a que el primero afirma la vida, y, el segundo, la presencia de la muerte, la destrucción de esa vida. Pero, al mismo tiempo, son dos impulsos naturales, que se manifiestan en deseos conscientes o inconscientes, complementarios y estrechamente ligados entre sí, porque al morir, los seres humanos regresan en el tiempo, al instante previo de su nacimiento, de su origen real.
De ahí, que el impulso de muerte que anida de modo inconsciente en todos se manifiesta en el deseo de fundirse o reunirse de nuevo con el origen de sus vidas. Deseo, que solo se puede “realmente cumplir y consumar”, si cada ser humano, regresa al lugar donde nació, para morir.
Pero, además, el lugar donde una persona nace y se forma como ser humano, adquiere para ella, un sentido adicional muy importante: el de que se cada vez está o se encuentra en él, se encuentra a sí mismo, o mejor, se siente bien consigo mismo, porque halla y siente la presencia viva y real de lo que es, de su ser. Es ahí, donde mejor y más profundamente, brota ante sí la presencia de su ser.
De ahí, que el ser humano al estar ahí está con su propio ser. Así, esté o se encuentre solo, en realidad, no lo está, porque precisamente, está acompañado interiormente por su ser que se le hace presente y patente. Y, esta compañía o presencia patente de su ser, es la que le da y asegura el sentido original y más profundo de su existencia. Pues, el ser es el sentido fundamental que se da o se abre los hombres, como lo mostró muy bien Heidegger, en su libro Ser y tiempo. Solo lo que tiene sentido para los hombres, ES; en cambio, lo que carece de sentido, carece también, de SER.
Sin embargo, como ya dijimos, los seres humanos no solo nacen en un lugar físico, en una casa o en un hospital, que hace parte de un territorio nacional, que es, como su gran casa, sino también, nacen y se constituyen en seres humanos en otro lugar, en el lugar simbólico del lenguaje. Al aprender a hablar, a usar el lenguaje, que le enseñan sus padres y maestros, se alejan y separan de sus raíces naturales-animales, y, adquieren en su lugar, su fisonomía propiamente humana. Y, la adquieren, no solo debido a que aprenden el significado de esos símbolos lingüísticos, sino también, porque a través de ellos aprenden e interiorizan las normas morales y los saberes culturales imprescindibles para vivir de modo humano.
Pero, además, gracias al lenguaje que aprenden, a sus palabras, frases y expresiones, se las abre la posibilidad de comprender el sentido del ser, tanto del suyo propio, de los demás, y, de todos los entes del mundo. Pues, este sentido no solo se les presenta en virtud de estar o encontrarse en el lugar físico en que ha nacido, y, en el que se han formado humanamente, sino también, y, sobre todo, en virtud de encontrarse en el lenguaje, en virtud de habitar esa otra casa, “la casa del ser” (Heidegger) humano. Son los significados de los símbolos del lenguaje que habitan, los que les abren la presencia del sentido de su ser, y, del mundo en que son, los que les revelan el sentido que encierran para sí mismos.
Ahora bien, ningún ser humano desea morir en la “casa del lenguaje”, como en la casa o lugar físico donde nació como organismo vivo, porque, si bien, es el “lugar” que ha habitado durante su vida, no les pertenece. No es un “lugar” propio y exclusivo, sino, al contrario, ha sido, es y será siempre propiedad de todos los seres humanos. Es el “lugar” en el que todos los hombres viven, y, usan durante el tiempo de sus existencias finitas y mortales, para comunicarse consigo mismos y con sus semejantes, y, que seguirá existiendo, después de sus muertes, habitado por millones y millones de congéneres, que, continuarán viviendo.
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