Primera parte
Noches de sol
Esa mañana había caminado despacio desde mi casa hasta la universidad, mirando pensativo el cielo veraniego de Compostela. Era un día fresco y soleado. Una vez más las callejuelas y plazas me daban la despedida de aquella ciudad que ya para entonces estaba metida en el centro de mis huesos. Hacía once veranos que había llegado por primera vez a Santiago con un grupo de profesores de posgrado en literatura española e hispanoamericana. Formábamos parte de un programa internacional del Departamento de Lenguas Modernas de una universidad del Midwest que funcionaba en la Universidad de Compostela y en el campus queretano del Instituto Tecnológico de Monterrey, en México. Once veces había pasado mis veranos enseñando in situ a estudiantes de Estados Unidos algo de nuestra cultura literaria. Y esta experiencia parecía estar llegando a su fin.
Dos años antes, caminando por aquellas mismas retorcidas calles, había tenido la certeza de que mi aventura compostelana había terminado. Empezaba a sentirla como una rutina de la que poco o nada tenía ya que aprender, y me estaba resultando aburrida. Tanto así que en una de mis columnas periodísticas había escrito que, de nuevo, sentía la vieja necesidad de la fuga: ese impulso de saltar al vacío y de cambiar de frecuencia vital, de renacer en otro ambiente, en otra ciudad y con otra gente. Explicaba en esa columna que no equiparo la fuga con la huida, porque ésta es siempre un fallido intento de evadirse a uno mismo y el esfuerzo acaba siempre en una dolorosa intensificación de todo lo que uno busca rehuir. En cambio, la fuga —afirmaba— libera y da vida, facultándonos para emprender con nuevos bríos la siguiente aventura de nuestra existencia. Y esto, sin haber sucumbido a la calma indolente de la rutina, el salario, las prestaciones, la jubilación y unos funerales vistosos.
Al llegar a la Avenida Rosalía de Castro y alcanzar la entrada al campus, me encontré con un grupo de estudiantes. Nos saludamos e intercambiamos las consabidas palabras alusivas al fingido temor de ellos a los exámenes finales y al igualmente mentiroso argumento de la comprensión profesoral ante sus posibles fallas en algo tan contrario a «la esencia del aprendizaje» como los exámenes. Uf. Lo que uno tiene que hacer y decir para forzar a esta vida hacia los cauces de la aventura: ponemos en escena una ficción y cuando ésta se acaba nos apresuramos a montar otra. En medio de cada puesta se halla la fuga: ese intersticio de nadie en el que todo y nada puede pasar: esa caída libre cuyo recuerdo nos otorga (por un tiempo al menos) la pueril ilusión de que todo lo que hemos vivido vale la pena.
Al enfilar hacia nuestro edificio, Carol Kingsley, una estudiante de Nueva York que enseñaba español en un high school de Brooklyn, se me acercó.
—Doctor Carmona —dijo—, ¿ya se enteró de lo que acaba de ocurrir en su país?
—No —respondí—, pero no me llame doctor, dígame Raúl.
—Se me olvida que prefiere que lo llamemos por su nombre. Es un poco difícil, ¿sabe?
—Cuénteme qué pasó.
—Pues tiene que ver con eso de que la realidad supera a la ficción…
—Algo de todos los días en ese país…
—Me refiero al abogado que anunció su asesinato en un video inculpando al presidente de la República, a la primera dama y a algunos miembros del gabinete de gobierno.
—Ah, sí —dije—, lo vi en la tele anoche, está como para película, ¿no?
—Sí, es muy gracioso. Me dan ganas de ir a ver qué ocurrirá.
—¿Gracioso? ¿Ir a ver qué ocurrirá? No te lo aconsejo. Mejor quédate en Brooklyn.
—¿Es que una gringa ingenua no debería ir a Centroamérica?
—No quise decir eso; simplemente que ese país no es un destino turístico recomendable para nadie.
—Lo sé. Sólo decía. A veces me dan ganas de dejar mis clases en Nueva York y hacer algo emocionante, ¿me entiende?
Vaya si la entendía. Pero ambos nos reímos de aquella ocurrencia como si se tratara de un simple capricho instantáneo y sin importancia. A pesar de eso, de pronto le dije:
—Si alguna vez de verdad decides ir y yo estoy ahí (que lo dudo), avísame y te muestro lo que te interese ver.
—Fabuloso —dijo—. Si decido ir, le avisaré.
2
Llegamos al aula y comenzó el examen. Me distraje mirando las hermosas colinas gallegas a través de la ventana pensando en lo que me gustaría hacer después de renunciar a mi puesto de profesor universitario en el Midwest. Venía de una vida errática que me había llevado de la cotidianidad muelle de la clase media acomodada de mi familia a la militancia en la izquierda y luego a Estados Unidos, cuando los llamados Acuerdos de Paz dieron fin al conflicto armado en mi país y la dirigencia revolucionaria claudicó ante el interés del capital corporativo transnacional (a cambio de dinero para su más cerrada elite de comandantes a control remoto, esos mismos que se habían pasado la guerra atrincherados en sus apacibles residencias de México y La Habana). Las militancias, desconcertadas, vagaron en un limbo de estupefacción del que no se repusieron nunca. Yo me dediqué a terminar mis estudios de doctorado y a la docencia. Pero Estados Unidos me agobiaba. La modernidad es eficiente y aburrida (por predecible). En cambio, en nuestros países uno no sabe si volverá a su casa a almorzar o a cenar. En aquel momento, cuando me disponía a asumir una vez más la fuga, ese lugar llamado «mi país» me llamaba como la luz al insecto, como el abismo al temeroso de la muerte.
3
Volví la vista de las colinas gallegas a las cabezas de mis estudiantes, hundidas en sus exámenes, cuando de pronto la mirada de Carol me sorprendió. Sonriendo me hizo una seña sugiriéndome que no pensara tanto. Asentí devolviéndole la sonrisa, y regresó a lo que estaba escribiendo. Al cabo de un rato se levantó, se acercó a mi escritorio y me dio el examen.
—Estaba fácil.
—Claro —respondí—, siempre hago exámenes fáciles.
—Sí, seguro —desplegó una coqueta ironía fingida, y agregó—: le escribiré, profe.
Y se alejó haciendo sonar sus sandalias y contoneando unas alegres caderas forradas con bermudas caqui de las que emergía una blusa azul, rala y de delgados tirantes que eran cubiertos en parte por su abundante cabellera rubia. En el umbral de la puerta se volvió a verme, me dijo adiós con la mano y sus ojos azules se empequeñecieron al sonreír otra vez. De pronto la vi entrar de nuevo en el aula y dirigirse a mí.
—Si va por Nueva York, avíseme, ahí tiene casa y alimentación gratis —dijo en voz baja—, no lo olvide.
—Eso —respondí con lamentable cursilería— no podría olvidarlo, aunque quisiera.
Salió de prisa sonriendo y desapareció tras el quicio de la puerta. Me quedé pensando en ella. Era una mujer de unos treinta años. El atractivo mayor que tenía era su coquetería, y una conciencia aguda de las miradas masculinas hacia sus hombros, sus piernas y todo lo que la vestimenta veraniega dejaba al descubierto. Esa conciencia se le notaba, aunque no se lo hiciera saber a uno y estuviera distraída. La imaginaba solitaria en Nueva York, quizá debido a alguna tristeza de esas a las que solemos aferrarnos a falta de otro sentido a la mano para seguir viviendo. Continué pensando en ella un rato más hasta que las colinas a través de la ventana y las nubes lejanas en el cielo azul recapturaron mi atención.
Al aceptar por fin que el examen iría para largo, saqué mi computadora y me conecté a la red tratando de evitar releer lo que había escrito la noche anterior. Estaba redactando un libro cuya hechura ya se había prolongado por demasiado tiempo y cada vez se me hacía más largo el camino a su final. Navegando sin rumbo por la red, vi que en las noticias internacionales ocupaba un espacio de primera plana el escándalo del abogado guatemalteco que había predicho su propio asesinato en un video que ahora le daba la vuelta al mundo, y me propuse informarme de pasada sobre lo que percibía como uno de tantos trágicos y a la vez ridículos incidentes que corroboraban con persistencia el detestable lugar común del surrealismo de lo real en las tórridas latitudes tropicales. Lo hacía con la seguridad de que el escándalo de marras caería en el olvido en unas cuantas semanas, y levemente convencido de que —al contrario de Carol— me hallaba a salvo de acudir al (por mí repudiado) sitio en donde aquel inverosímil hecho había tenido lugar. Eso pensaba.
Domingo. Día de la Madre
1
Un hombre moreno sale de su apartamento, baja las gradas que dan a la acera, entra a su garaje y saca una bicicleta en la que empieza a pedalear con lentitud a lo largo de una calle desierta. Llega a un cruce de vías y enfila por el carril auxiliar izquierdo de una ancha avenida llena de árboles. Las cámaras de seguridad de varias de las mansiones aledañas lo captan en borroso blanco y negro.
Cinco minutos después detiene su marcha, deja la bicicleta en el césped y se coloca sobre las orejas unos audífonos cuyo arco le sirve de halo a su prematura calvicie. Desde la casa de enfrente una niña lo observa sin querer. Está acostada en su cama, en donde se despereza mirando por la ventana luego de una noche de intensos sueños que ahora empieza a olvidar. El hombre de la bicicleta mueve un pie siguiendo el ritmo de la música que escucha por los audífonos. La niña ve que un auto negro se detiene en la ancha avenida y que de él baja un individuo que camina hacia el hombre sentado a la orilla del carril auxiliar. Entre la avenida ancha y este carril hay un desnivel cubierto de césped y árboles que el hombre del auto negro recorre despacio mientras desenfunda una pistola gris. Se coloca a un lado del de la bicicleta y le asesta dos tiros en la cabeza. Cuando el individuo calvo cae hacia atrás, el de la pistola le pega dos balazos más en el pecho y otro en el rostro. La niña no ha podido levantarse de la cama. Mira a través de su ventana cómo el asesino sube el desnivel y se introduce con calma al vehículo en el que logra adivinar la silueta de tres individuos más. Lentamente vuelve a acostarse mientras escucha a su madre preguntando de dónde vinieron los estallidos. El hombre de la bicicleta yace bocarriba con los brazos en cruz, vestido de blanco y con zapatos deportivos. Es domingo 10 de mayo, por la mañana. La niña saca de debajo de su cama un regalo. En el Día de la Madre quiere bajar al desayunador con una sorpresa en las manos.
Dentro del auto negro, el hombre de la pistola se acomoda en el asiento de atrás y su compañero más cercano le da la mano y lo abraza. El gordo que maneja arranca con suavidad. «Buen trabajo», dice, «perfecto». El paso del auto es captado por las cámaras de dos embajadas y por la de un prostíbulo de lujo cuyos portones negros permanecen invariablemente cerrados los domingos. El gordo mira por el retrovisor a su compañero y le sonríe. Los otros dos hombres permanecen en silencio, vigilando las calles desiertas. El auto se hunde en la avenida que a esta hora del día duerme desolada y silenciosa con sus arboledas verdes meciéndose al ritmo del frío viento de la mañana.
La niña baja las gradas con el regalo en las manos, llega al comedor, da los buenos días y le dice a su mamá «Feliz Día de la Madre», ofreciéndole el paquete. La señora la abraza conmovida, le da las gracias y se sientan a desayunar mientras el hombre de la casa baja la escalera, saluda y toma asiento en un extremo de la mesa.
—Afuera acaban de matar a alguien —dice—, no salgan a la calle.
—Claro que no —responde la madre—, esto ya se volvió cosa de locos —y vuelve a ver a su hija—: Ni se te ocurra mirar por la ventana, hijita.
—No, mami —responde la niña.
Las sirenas de las ambulancias empiezan a esparcirse por el vecindario. Las altas mansiones parecen deshabitadas. Una pequeña multitud de paramédicos y policías ha rodeado el cuerpo del hombre asesinado, y las luces de las patrullas y las ambulancias reptan por los muros y portones, las alambradas y las garitas de control de los edificios de apartamentos en la calle desolada.
La familia termina de desayunar y la sirvienta se lleva los platos; la esposa sugiere al marido que se meta a la ducha porque no quiere llegar tarde a la iglesia. «Cierto», conviene él, «no quiero perderme el grupo de rock ni lo que va a decir el pastor. Tú también al agua, mi amorcito», ordena a la niña, que sube las gradas, entra a su cuarto y vuelve a asomarse a la ventana. El cuerpo del hombre calvo está siendo introducido en una ambulancia. Va del todo cubierto sobre una camilla. Al arrancar el vehículo, quedan en el lugar policías vestidos de particular colocando cintas amarillas alrededor de la escena del crimen y números de plástico en donde han encontrado casquillos de bala. La niña se retira de la ventana y se mete al baño. Algunos transeúntes que se ejercitan trotando por la calle empiezan a llegar al lugar haciendo preguntas, extrañados.
2
Aquel asesinato —uno más de los seis mil que ocurren normalmente al año en el país— ocupó las primeras planas de los diarios y telenoticieros durante los días siguientes. Se trataba de un abogado de familias adineradas con influencias en el gobierno. Entre ellas se contaban las de ciertos funcionarios públicos con quienes tenía pendientes los trámites de una posible licitación para emitir el documento oficial de identidad ciudadana. La empresa que buscaba ser favorecida con este negocio era representada por él. «Líos entre oligarcas», se comentaba en la universidad estatal. «El gobierno lo mandó a matar», se especulaba en las universidades privadas, en especial en la Libertaria. La Universidad Católica hizo misas en memoria del fallecido, porque había sido profesor de derecho penal en sus aulas. La Evangélica guardó silencio.
Durante su sepelio, un individuo de cabello blanco y gruesas gafas de montura negra hizo circular discos con una videograbación en la que el asesinado se dirigía a la ciudadanía y acusaba al presidente de la República, a la esposa de éste y a algunos de los asesores presidenciales de su muerte. Al ser transmitido por televisión, el video «se hizo viral». «Abogado anuncia su muerte y denuncia a sus asesinos», consignaban algunos titulares. ¿Quién podría dudar de alguien que frente a una cámara explica los motivos de su posible asesinato e inculpa a terceros, si ya ha sido ultimado en circunstancias parecidas a las que anunciara poco antes del hecho? ¿Por qué habría de mentir un condenado a muerte? Esta fue la lógica que movilizó a cientos de personas durante los días que siguieron a la transmisión del video. Exigían que el presidente de la República renunciara al cargo para que se defendiera de aquella demoledora acusación en los tribunales de justicia. Los movilizados iban vestidos de blanco. Todos provenían de los sectores residenciales elegantes. Algunas mujeres llevaban viseras, anteojos de sol y sombrillas, y otras eran acompañadas por sus guardaespaldas y sirvientas, quienes portaban botellas de agua metidas en pequeñas hieleras, y medicinas por aquello de los desmayos. Muchas de ellas marchaban en el Centro Histórico de la ciudad por primera vez, lo cual era desagradablemente necesario si querían plantarse frente al Palacio Nacional y exigir la renuncia del presidente. En las universidades estadunidenses, aquellas manifestaciones despertaron el interés de algunos especialistas en estudios culturales latinoamericanos, acostumbrados a observar los comportamientos de manifestantes campesinos, obreros e indígenas, pero no los de la burguesía. Porque ahora salían a la calle los «hombres de bien y las mujeres decentes». Algo jamás visto. Tenían un mártir y se los había proporcionado un gobierno que se autodenominaba socialdemócrata. Es decir, «comunista».
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