También Existimos Pueblerinos Progresistas o Respuesta a la Dra. Wagner

En este mundo, nuestras interpretaciones sobre la realidad deben ser más valiosas que las de los tiktokeros, activistas, políticos, comentaristas de opinión y que las opiniones vulgares en redes sociales, porque no valen sólo porque sí o porque satisfagan pasiones.

Javiér Calderón Abullarade

julio 19, 2026 - Actualizado julio 18, 2026

Me pareció una buena oportunidad para los historiadores guatemaltecos el que Prensa Libre le diera un espacio a la Dra. Regina Wagner, este 20 de junio recién pasado, para publicar su artículo titulado “La pobreza del progreso”. Y mi entusiasmo surgió de mi creencia sobre la necesidad de que a los académicos guatemaltecos de las Humanidades y de las Ciencias Sociales tengamos más espacios para contribuir en las discusiones públicas de Guatemala y del mundo. Pero al revisar el artículo, se me hizo difícil entender su tema, objetivo y enfoque y algunas afirmaciones me parecieron cuestionables. Aún creo que el objetivo del artículo fue criticar como la cultura, o la incultura, popular, pueblerina, municipal y tradicional de Guatemala contravienen al desarrollo y a la civilización del país. Pero, dado que no encontré evidencias suficientes para comprender estos conceptos y su relación con una supuesta civilización de la que somos partícipes, sigo sin estar seguro de haber comprendido bien el punto de la Dra. Wagner.

            En este sentido, el artículo de la doctora inicia con una cuestionada crítica a la injusta modernización capitalista occidental de América Latina, durante el siglo diecinueve; y contraria a una supuesta comunidad armónica, basada en valores tradicionales y comunitarios, protegida por relaciones paternalistas efectivas. Esta descripción de la historia económica latinoamericana y guatemalteca está basada en el análisis presentado por E. Bradford Burns en su libro The Poverty of Progress: Latin America in the Nineteenth Century, publicado en 1980. Pero un problema con este libro es que fue duramente criticado desde su publicación en importantes revistas académicas como The Hispanic American Historical Review, por Carlos Rangel, y en The American Historical Review, por Robert N. Seidel, ambos en 1981. Estos autores concuerdan en que el argumento de Burns estaba basado falsedades o evidencias débiles, pues el autor sobrevaloró la benevolencia de las relaciones paternalistas de finales de la Época Colonial y el papel de un supuesto pueblo, folk, en estas relaciones.

            Una segunda dificultad es que la Dra. Wagner basa su artículo en una investigación de más cuarenta y seis años, cuya validez académica no solo fue cuestionada en su momento, sino cuyo tema se ha ido elaborando, refinando y ampliando desde ese entonces. Y, aunque algunos estudios académicos sobreviven a la revisión sistemática, regular y colegiada, para asegurar su validez y calidad, este no lo hizo.

Aún más extraño es que la Dra. Wagner contradice a Burns cuando afirma, ya no en tiempo pasado sino presente, que existe un abismo “entre la idea de progreso de las élites, que buscan el desarrollo, la eficiencia y la competitividad con obras de infraestructura modernas” y la cultura tradicional y popular. Y sus últimos dos párrafos enfatizan, sin evidencia, la relación entre una supuesta cultura o incultura popular y la contaminación de los ríos, la falta de preparación y previsión de los alcaldes “de pueblo”, el activismo del Sindicato de Trabajadores de la Educación de Guatemala (STEG) y las reservas del alcalde de Mazatenango a la apertura de la vía de Xochi, entre otras cosas. Es decir, ¿cuál era el objetivo de presentar en la mayor parte del artículo la postura anti-modernista, romántica y pro-comunitaria de Burns, si luego iba a criticar el malestar en nuestra política con una teoría opuesta?

Pero, lo que a mí me parece la mayor debilidad de su artículo es su defensa de una supuesta “civilización y cultura que debemos defender”, de carácter desarrollista. Ello porque esta civilización y cultura se contraponen a lo que entiendo son “los grupos de cultura tradicional y popular”, la incultura popular, los alcaldes de pueblo y no me queda claro si aquí también entran a quienes Burns llamó indígenas con “mentalidad tradicional” y mestizos “con cultura propia”. Mis preguntas para la doctora Wagner serían: ¿cuál es la diferencia o similitud categórica entre civilización, cultura, incultura y mentalidad y porque los equipara? ¿Cuál es el contenido de la civilización que debemos defender y cuáles es la naturaleza de la cultura tradicional y de la incultura popular y quiénes la poseen? ¿Por qué sólo menciona a los alcaldes de pueblo como opositores al desarrollo y no a otros grupos? ¿Hay alguna relación entre los grupos de élite con cultura tradicional y los grupos populares? ¿Cree que los indígenas o mestizos con mentalidad tradicional, popular y pueblerina tienen derecho a defenderse en contra de lo que ellos perciben como los abusos de la modernización del país?

Finalmente, cómo la doctora Wagner yo también creo que debemos defender aquello en nuestra cultura que nos permite desarrollarnos bien y para bien. En este mundo, nuestras interpretaciones sobre la realidad deben ser más valiosas que las de los tiktokeros, activistas, políticos, comentaristas de opinión y que las opiniones vulgares en redes sociales, porque no valen sólo porque sí o porque satisfagan pasiones. Nuestras ideas en la opinión pública valen o deben valer más que las de los demás porque complementamos el buen trabajo de periodistas y editores. Nosotros académicos consumimos e interpretamos la información de los medios y de otras fuentes para que sus públicos puedan diferenciar lo bueno de lo malo, lo útil de lo inútil y lo bello de lo que no lo es. Además, estas interpretaciones buscan ser verdaderas y no necesariamente complacientes, pues deberían fundamentarse en nuestro entendimiento académico y experiencia práctica y que hemos desarrollado con el ejercicio sistemático, supervisado y lógico de nuestra profesión.

Pero este también es un llamado los editores de los medios de comunicación serios de Guatemala. Ello porque las dificultades que encontré en el artículo de la Dra. Wagner no surgen sólo de su texto, sino también de un mundo editorial que no invierte en que sus columnistas de opinión mejoremos la calidad de nuestro trabajo. Para ofrecer algo sistemáticamente valioso y diferente a lo que se puede encontrar en redes sociales o plataformas de blogs, los medios necesitan invertir en sus jugadores para mejorar la calidad del juego.

En principio necesitamos una buena revisión editorial de estilo y contenido de nuestras columnas, que garanticen que escribamos opiniones elocuentes, coherentes y valiosas para nuestros lectores. Pero también es importante que los medios diseñen incentivos, monetarios o no monetarios, para remunerar el arduo y buen esfuerzo de sus escritores. Para escribir una buena columna de opinión a veces podemos tomar días en elaborarla, incluyendo el tiempo de investigación, reflexión, escritura y edición. Y ese esfuerzo hoy, hasta dónde sé, no se paga o premia en ningún medio nacional. Al mismo tiempo, es importante generar mecanismos de selección de los columnistas. ¿De qué vale tener muchos columnistas si su trabajo no es tan bueno o interesante cómo para que valga la pena leerlo? Y, tercero, los incentivos o remuneración por nuestro trabajo pueden motivar a los financistas de los medios a demandar que sus escritores estén alineados con sus intereses económicos, políticos o religiosos. Pero ello no necesariamente es un problema siempre y cuando exista una competencia libre entre los medios de comunicación y sus columnistas, como sucede entre los columnistas conservadores tradicionales de Prensa Libre, los extremistas de derecha de RepúblicaGt, los izquierdistas de Plaza Pública y quienes escribimos en el bellamente democrático y abigarrado espacio de discusión público de eP Investiga.

Nos merecemos una mejor democracia, pero para construirla debemos demandar mejorar insumos. Y no es sólo la responsabilidad de los columnistas de opinión, de los periodistas y reporteros y de los editores la de pagar los costos de esa mejorar. Es importante que también los financistas privados y el Estado asuman la responsabilidad de invertir, incentivar y remunerar la mejora en la calidad de un espacio público que nos beneficia a todos.

Javier Calderón Abullarade es candidato a M.A. en Historia Global por la Universidad de Fordham, Doctor en Historia por la Universidad de Nevada, Reno, y ha recibido varios premios de académicos por parte de la Biblioteca Presidencial Harry S. Truman, la Academia de Historia Americana, el programa Fulbright y por parte del Ministerio de Educación de la Federación Rusa, entre otros.

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