La Semana Santa de la gente: apropiación más allá del rito litúrgico y del poder dominante

Es una fiesta, pero no de elementos absolutos sino de características comunes desde constituciones diversas.

Mauricio José Chaulón Vélez

marzo 8, 2026 - Actualizado marzo 7, 2026

Foto: Inguat

Este breve texto tiene como objetivo abordar el fenómeno de la Semana Santa guatemalteca desde las formas en que la gente, desde lo común, se apropia de sus elementos y le otorga su sentido constituyente trascendental. Analizar este fenómeno nos obliga desde el plano intelectual a realizar dos tareas: una, teorizar y categorizar desde las ciencias sociales y la filosofía, lo cual también es superar el corpus religioso. La segunda, establecer y desarrollar la nueva narrativa de la Semana Santa guatemalteca, como fenómeno amplio. En esta segunda, nos encontramos algunos grupos que nos articulamos intentando pasar del discurso contemplativo y patrimonialista oficial y del poder, al de la dinámica sociológica, antropológica e histórica críticas, y que nos lleva a la discusión filosófica desde los sujetos y su ética, pasando por el análisis del campo de las ideas y lo teológico.

Es la constitución de los sujetos la que le otorga a la Semana Santa su ontos trascendente, o sea que todo el conjunto de elementos materiales que la conforman tiene su explicación en las condiciones sociales y para qué se realizan los rituales en relación a ellas.   Y es desde ahí que se aborda la memoria, los valores de uso en ella misma con todos sus elementos, y las estéticas y representaciones diversas que en la cotidianidad del fenómeno construyen y estructuran las relaciones que ejercen poder, resistencia y lucha. Y es en esta misma dinámica que se observa la lucha de clases en la Semana Santa, porque al mismo tiempo es una expresión amplia. Surgen, entonces, las preguntas problematizadoras que nos permiten plantear el desarrollo del sujeto en lucha permanente, que traslada su ética y su sentido a una estructura aparentemente ya dada, pero que se resignifica en esas resistencias continuas. Porque mientras el poder dominante trata de moldearla como la mercancía que se estableció (y por eso se convierte en capital económico, simbólico, social, político y cultural, participando activamente en procesos de acumulación), en todo el desarrollo procesual existe y se evidencia la resignificación correspondiente a la dialéctica: nos referimos a lo que hace el antagónico, a quien se le identifica históricamente como un sujeto en lucha. En síntesis, dentro del fenómeno de la Semana Santa guatemalteca se puede evidenciar el intento por los grupos de poder para apropiarse de lo que es de la gente, para convertirlo así en otra mercancía que sea correspondiente a la visión del mundo de la clase dominante. Pero también se observa lo antagónico, es decir la lucha de la gente por mantener sus espacios y relaciones frente al avance del capitalismo, del cual se participa porque es imposible no hacerlo, pero que también se rechaza de manera consciente o no al apostar por la genuina forma del pueblo de celebrar sus ceremonias. Partimos de lo siguiente: la Semana Santa es la actividad de rito religioso más amplia en el país. Para muchos, como lo propuso Celso Lara, constituye la gran fiesta guatemalteca, pero una festividad de carácter sacro de identificación con el dolor, para volverlo esperanza, como en los funerales. Sin embargo, si lo analizamos desde el poder, su sentido religioso también es tomado como ejemplo de los valores construidos desde el ideario de la clase dominante. En esa línea, su ritualidad es enmarcada por el Estado y las clases poderosas en el culturalismo, con el objetivo de volverla un objeto de consumo folclórico.  En síntesis, se pretende que sea cosificada como objeto que se consume, como mercancía.

Dentro de esa dinámica en la construcción de hegemonía, los grupos de poder la integran como expresión de las representaciones culturales más importantes para la ideología dominante, en el sentido de la tríada “Dios-Unión-Libertad” (que proviene de la “Dios-Patria-Libertad” del anticomunismo como ideología del Estado desde 1954), construyéndose como fiesta religiosa nacional, o sea en la razón de nación homogénea y monocultural, invisibilizándose la diversidad. Quiero decir que en las dinámicas de la Semana Santa hay un campo de disputa en la lucha de clases, o mejor dicho, la Semana Santa constituye una expresión de la lucha de clases. Para los sectores subalternos tiene un sentido y para los de poder otro, aunque converjan en espacios y tiempos.      

Es una fiesta, pero no de elementos absolutos sino de características comunes desde constituciones diversas. Es decir, que lo común es conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Cristo, pero desde cada sector social esta conmemoración tendrá sus características particulares. Todos los municipios de Guatemala tienen por lo menos una procesión en la Semana Santa. Por lo tanto, la diversidad es social, étnica y geográfica. Asimismo, muchas familias se organizan para ver las procesiones como actividad recreativa, cual desfiles tradicionales y de espectáculo. Se consume más comida, transporte y entretenimiento, y en esto tanto el Estado como las dinámicas comerciales dominantes intentan capturarla, acumularla y despojarla del pueblo para entregársela ya moldeada a los intereses del capital. Dentro de esta amplia movilidad, muchas familias se reúnen para múltiples actividades que no sólo son el consumo, como elaborar alfombras o adornar las casas al paso de los cortejos procesionales. Pero en la folclorización culturalista que convierte esto en mercancía turística, muchas de estas tareas son capturadas ya por los grupos de poder, como el caso de los grandes comercios que las utilizan en función del mercadeo. Tal es el ejemplo de las alfombras que en la Sexta Avenida de la Zona 1 de la Ciudad de Guatemala realizan algunas grandes empresas, aunque ahí ya no pase ninguna procesión.

Pero el tiempo de la Semana Santa involucra a la mayoría de personas en el país. Hay quienes no participan de las procesiones, pero sí de los rituales litúrgicos. Otros muchos descansan en sus casas, o en la recreación a través de viajes dentro y fuera de Guatemala. Se visitan las familias o se opta por el descanso en casa. También son muchos quienes trabajan en las procesiones, ya sea como músicos o personal de apoyo, y otros que lo hacen en el sector turístico, pudiendo obtener ingresos económicos extraordinarios.  Pero en ese contexto, el capital explota de forma más amplia a varias personas en otros trabajos, porque el descanso no es para todos, y para que unos puedan gozarlo otros no lo gozan.

Las iglesias cristianas evangélicas realizan ritos también. Algunas, como las neopentecostales, aprovechan que la tradición católica de la pasión, muerte y resurrección de Cristo se encuentra instalada de manera histórica en la cultura, por lo que recurren a escenificaciones en sus mega templos como obras teatrales y musicales acerca del hecho, al estilo cinematográfico estadounidense. Esto les permite acercar feligreses que no se separan de la tradición y de sus representaciones culturales. Del capital cultural y simbólico se obtiene capital económico y social.   Pero veamos en concreto los escenarios de la lucha de clases en la dinámica cultural del tiempo de la Semana Santa en Guatemala. Dentro de esa diversidad, la gente busca apropiarse de los espacios públicos y privados, dándoles sentido constituyente: sin embargo, el consumo, como elemento constitutivo del capital, es la razón y objetivo del sistema dominante, por lo que este tratará por todos los medios posibles imponer los rituales culturalistas, apropiándose de la cultura popular para enajenarla y convertirla en objeto de consumo a través de la folclorización. Esto último lo opera en dos vías: una, que es la del folclor de consumo, es decir, objeto-mercancía (turístico, de venta); otra, que es la de la disminución de la cultura popular para supeditarla a la cultura dominante, pretendiendo construir hegemonía, desvalorizando la primera y descalificándola por medio del racismo y la clase. El capital impone qué se consume, cómo se consume,  cuándo se consume,  cómo se viaja, a dónde se debe viajar, qué se debe ver, cómo se debe ver, cómo se trabaja, qué se vende. Así, los tiempos de la tradición desde lo popular continúan colocando sus comidas y sus significaciones en cada ritual y actividad no religiosa que ocurra en la Semana Santa, pero el capital puja por desplazarlos.  La alienación y la enajenación a través del despojo cultural, despojo del tiempo y despojo del hacer, afecta directamente el tiempo de la Semana Santa, aunque la cultura popular sigue ejerciendo su resistencia fuerte. Sin embargo, así como se promocionan algunas marcas en procesiones centralizadas de la Ciudad de Guatemala y de la Antigua Guatemala, o se impone el uso de determinados criterios estéticos en los uniformes de cucuruchos y devotas aplicando un sistema policiaco para determinar tipo de calzado, color de pantalón debajo de la túnica, largo de la falda o color de calcetines, lo cual limita a quienes no pueden consumir ese tipo de ropa, así también en las playas el capital se impone por medio de las fiestas de industrias cerveceras, despojándole a la gente, tanto local como visitante, la posibilidad de realizar sus actividades desde el tejido social y la dinámica propia.  

Es evidente que existe un avance del capital para despojar y al mismo tiempo reconfigurar lo concreto y lo simbólico. El capital intentará cooptar todas las expresiones de la cultura popular en el tiempo de la Semana Santa, sean religiosas o no, obligando a trabajar en lo que el capital dispone; obligando a consumir lo que el capital necesita que se consuma; y oficializando los rituales con la alianza histórica de la cristiandad, como expresión de la espiritualidad capturada por la religión, y operando en este caso a través de la institucionalidad eclesial, ya sea católica o evangélica. Y llega al punto de hasta decidir si un cucurucho puede cargar o no dependiendo del tipo de pantalón que lleve debajo de la túnica.

El sistema dominante sabe que lo que distingue a la cultura popular de la cultura oficial no radica en sí en el hecho artístico fenoménico ni en el origen histórico (y no es que ambos no sean importantes), sino fundamentalmente en la disputa de cómo se concibe el mundo. Y este es el elemento que tratará de dominar de manera completa, buscando la absolutización.Estos son planteamientos básicos de cómo actúa la lucha por la hegemonía en la cultura popular, desde los aportes del filósofo marxista italiano AntonioGramsci y que en Guatemala Roberto Díaz Castillo desarrolló muy bien en su libro Cultura popular y clases sociales.

El sistema dominante validará qué es lo estético permitido y calificado (valor estético y de arte), y qué es lo válidamente histórico.  Los criterios de procesiones europeizadas versus alegorías de denuncia, reflejan los objetivos y las visiones de vida de cada sector. En la Semana Santa guatemalteca, podemos observar la lucha de clases en el campo de lo simbólico a través de la estética. Por ejemplo, a una hermandad kiche’ en Totonicapán le interesa representar en las andas del Nazareno la importancia de la Madre Tierra y denunciar la minería como actividad de despojo y destrucción. Asimismo, a una hermandad de una colonia popular en la zona 6 de la Ciudad Capital, considera importante denunciar los feminicidios en las andas de la Virgen de Dolores, porque no tendría sentido desvincular el dolor de María como madre de quien concentra todos los dolores de la humanidad con los sufrimientos diarios de las mujeres. Pero esto no es aceptado por el valor que otros grupos le otorgan a una estética que se basa más en el eurocentrismo y la blanquitud como formas coloniales. No obstante, la lucha popular continúa ganado sus espacios.   

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?