Luis Alfredo Arango. Un poeta del Nuevo Signo

De las actitudes que me impresionaron de Luis Alfredo se destacan su sencillez, su trato amable y educado, su catolicismo y su disciplina para dedicarse los fines de semana a escribir, a leer o pintar.

Max Araujo

octubre 12, 2025 - Actualizado octubre 11, 2025

Fue una tarde de un sábado, en los primeros años de los ochenta del siglo veinte, cuando acompañé a Juan Fernando Cifuentes a la casa Luis Alfredo Arango. Esa vivienda estaba en la colonia Jardines de Tikal, zona siete de la ciudad de Guatemala, a dos cuadras del sitio arqueológico Kaminaljuyú. Con cortesía nos recibió.

Yo  había leído parte de su poesía pero no le conocía personalmente. Sabía que era miembro del grupo literario Nuevo Signo. De entrada le vi un parecido a la figura del Quijote de la Mancha. Cifuentes le buscó para que dirigiera el suplemento cultural Tzolkin, del Diario de Centroamérica, del que Juan Fernando era director, y al mismo tiempo de la Tipografía Nacional. En este último cargo publicó valiosas colecciones con obras de autores guatemaltecos. Arango aceptó el cargo. Realizó un gran trabajo.  El poeta al verme me dijo “hola vos, como estás, ya tenía días de no verte”. Inmediatamente se dio cuenta de su equivocación. Me confundió con Marco Augusto Quiroa. Pasó enseguida a disculparse. Ese día fue el inicio de nuestra amistad. Por aquellos años yo vivía  en la colonia Quinta Samayoa, no lejos de la casa de Luis Alfredo.

En mi imaginario, hasta antes de conocerlo, lo había tenido por una persona agresiva, dado que fui lector de las polémicas que años atrás sostuvo con el «Bolo» Flores en la revista La Semana, que dirigió el periodista Julio Santos, esposo de Ida Bremen, una  importante estudiosa de las culturas populares. Con Santos, años después, fuimos miembros del Consejo Editorial de una revista del Instituto Guatemalteco de Derecho Notarial. En la misma sección de La Semana escribían Luis de Lión, Luis Eduardo Rivera, y otros escritores, de quienes no recuerdo su nombre. En otra página lo hacía Celso Lara sobre folclore.  Esta revista fue importante para el mundo de la cultura, de la política, y por otras razones en la época en la que circuló. En tiempos posteriores tuvo el mismo prestigio la revista Crónica, cuando la dirigió Francisco Pérez de Antón, por las valiosas plumas que escribieron en esta, por los temas que trataron y por los tirajes de las mismas.

De las actitudes que me impresionaron de Luis Alfredo: su sencillez, su trato amable y educado, su catolicismo y su disciplina para dedicarse los fines de semana a escribir, a leer o pintar. Tenía un  pequeño estudio, construido al  costado derecho del frente de su casa, en un área originalmente destinada a un pasillo -de metro y medio de ancho por tres de largo-, con una vidriera al frente que hacía de pared, con un jardincito exterior que utilizaba de garaje.  En el estudio  tenía pequeño escritorio con una silla,  y dos  más para personas que le visitaban, así como unas libreras en la parte de atrás y en uno de sus lados. Los  muebles eran de pino, de los que se hacen en Momostenango. Cada cierto tiempo  hacía cambios a su espacio;  le agregaba pequeñas cosas: unas piedras, unas plumas de pájaro o cualquier otro objeto -no grande- que le había llamado su atención.

 Esa primera vez se convirtió en muchas tardes -siempre en sábado-, que terminaron con su muerte en el 2000.  Cuando yo no llegaba recibía de él una llamada telefónica preguntándome el porqué, o un reclamo amistoso en la siguiente ocasión. Hubo sábados que me fue imposible llegar porque viajé a otros países o por un compromiso ineludible. Alguna que otra ocasión nos vimos en días distintos: un feriado o porque asistimos juntos a algún evento cultural o social. Hice amistad con su esposa y sus hijos. Siempre recibí de ellos su cariño y muchas atenciones.

 La rutina de los sábados por la tarde no se interrumpió ni cuando -durante un año-, en 1983, yo le pasaba a buscar para las reuniones matutinas que realizábamos varios amigos, entre ellos  Amable Sánchez Torres, para discutir los principios, los ejes, y los objetivos de la Asociación Módulos de Esperanza, que se constituyó bajo la guía de su ideólogo, el padre Ramón Adán Stürze  -quien mantuvo en “El Gráfico” una columna “Matices” con el pseudónimo de Víctor Pabsch, y otra, años antes, en “La Tarde”, con el título de “Ojos con paisaje”, como Adán Stürze. En esta última columna nos sorprendía con los paisajes humanos y de naturaleza que describía del lugar donde vivía, una champa  post terremoto en Galeras de Bethania, hoy colonia El Amparo. Por esas columnas  el escultor Rodolfo Galeotti Torres me pidió conocerlo. Fue un memorable encuentro.

 La asociación la constituimos para darle seguimiento al trabajo de promoción social que dicho sacerdote realizó en las colonias El Amparo y  El Granizo. Tuve el privilegio de presentar al Padre Ramón a varios amigos escritores, entre ellos a los poetas indicados, ya que siendo él también escritor deseaba conocerlos. Cuando autoricé como notario la escritura de constitución fue Luis Alfredo Arango quién firmó la solicitud de autorización ante el Ministerio de Gobernación. De la columna Matices, con Arango, hicimos una selección de textos para el libro  que con el título de Tiempo Vivido se publicó  con el sello de Rin 78, en la colección Guatemala de la Tipografía Nacional.

 En algún momento de nuestras conversaciones me comentó de su conversión al catolicismo, por la que dejó  atrás su agresividad y la parranda, aunque en ocasiones tomamos alguna cerveza o  tragos de licor, pero con moderación. Fue un rebelde y un inconforme con nuestra sociedad.

En mis visitas, Arango me leía de nuevos trabajos o me mostraba acuarelas que había realizado. Lo vi sufrir por aspectos personales que incluyó en su novela Después del Tango vienen los moros, ya que contiene mucho de su vida, de su hermano y de asuntos de familia. Fui el editor de la primera edición que se publicó con el sello de Rin 78. En una mis visitas me entregaron un poema de Humberto Ak’abal, que yo trasladé a Carlos René García Escobar, que incluyó en la sección Tertulia Cultural del Diario La Hora, que él coordinaba. Fue el primer trabajo de dicho autor que se publicó en un medio de comunicación. Posteriormente, a inicios de 1991,  por recomendación del mismo Arango incluimos la sugerencia de la publicación  del libro El animalero,  de Ak’abal, en las ediciones de Editorial Cultura. Con esta publicación inició su carrera literaria.  Con Luis Alfredo, María del Carmen Pellecer y Juan Fernando Cifuentes fuimos los primeros miembros del Consejo Asesor de la mencionada editorial.

Una anécdota que vale la pena mencionar fue el viaje que Luis Alfredo hizo a Paris, organizado por el escritor Pepe Mejía, guatemalteco radicado en esa ciudad. El boleto del mismo se compró con las ganancias que con Luis Ortiz Archila obtuvimos por la edición  y publicación del libro Got seif the Queen del beliceño David Ruiz. -Es una de las obras que han salido con el sello de Editorial Nueva Narrativa-. Para los gastos de estadía Cifuentes le pagó  derechos de edición. -No recuerdo de cual libro-.  En París se hospedó en la casa de Mejía, y mantuvo entrevista con distintas personalidades, entre ellas el crítico Claude Couffon, quien conocía de su obra.  Regresó feliz del viaje por las atenciones que recibió.

Dos viajes memorables que realizamos con Arango fueron: El que hicimos a Totonicapán cuando en 1998 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura, ya lo he contado en otro texto, y   el de 1989, en un solo día,  ida y vuelta,  a San Salvador, con el novelista Denzil Romero (venezolano), con Cipriano Fuentes (era el agregado cultural de la embajada de Venezuela, un extraordinario gestor cultural. Fuimos en su vehículo. Él lo manejó.  Años después fue encargado de comunicación social de la  Comisión para la Verdad y Reconciliación de Guatemala)  y con Juan Fernando Cifuentes, para comunicarle a José Roberto Cea que había ganado el Premio Guatemalteco de Novela de ese año con la obra En este paisito nos tocó y no me corro.  Romero, como jurado de dicho premio, deseaba conocer al ganador. En San Salvador nos reunimos  con el galardonado y otros dos  escritores salvadoreños, – no recuerdo sus nombres-  en un restaurante de asados-. Escuchábamos constantes ráfagas de ametralladoras por enfrentamientos entre la guerrilla y el ejército. Los anfitriones no se inmutaron con ese acompañamiento.

De las visitas sabatinas a donde Arango coincidí, en distintas ocasiones- con otras personas. Recuerdo cuando María Arranz llegó para entrevistarle. Ella preparaba su tesis de graduación como licenciada en filosofía y letras por la Universidad Rafael Landívar con un trabajo sobre el Grupo Nuevo Signo, que después se publicó en la Tipografía Nacional como libro. Recuerdo también las constantes llegadas, durante un tiempo, de Rodolfo Arévalo, que llegaba para conversar con el poeta para tener datos para la tesis de graduación como licenciado en letras, por  la Universidad del Valle. Su trabajo tuvo como uno de sus ejes la influencia de lo indígena en la poesía de Arango. Otras ocasiones fueron las visitas de Irene Piedra Santa, para cuando Arango escribió la novelita El país de los pájaros, que tuvo una gran difusión por la Secretaria de Educación de México. Irene es una experta en literatura infantil. Asesoró a Arango sobre cómo debía escribirla- en lo técnico, no en su contenido-. Ella fue la intermediaria con los editores mexicanos.

Termino este recordatorio-homenaje  con un texto que Luis Ortiz Archila me solicitó para una publicación artesanal que él hizo con poemas de Arango, después de su muerte,  que pocos conocen, al estilo de las publicaciones que Luis Alfredo  hacía: plaquetas de distintos tamaños, hojas sueltas, libros pequeños, etc.-  Arango Fue un artista de la ilustración, el diseño y la corrección de  textos,  por su experiencia como lector, escritor y como ex trabajador  en una agencia de publicidad; razones por la que su último trabajo, que  tenía cuando su muerte, fue en el Banco de Guatemala, como corrector de pruebas. Cargo que le dieron por sugerencia del doctor Francisco Albizúrez Palma.

 “Luis Alfredo Arango, un ser de luz.

Hace un tanatal de años conocí a un joven viejo que al mismo tiempo era un  viejo joven, que llevaba en sus espaldas un cacaste  lleno de toda la sabiduría del mundo; que nunca dejaba, ni cuando se transformaba en clarinero -su nahual-. Cuando nos sentábamos a platicar él habría dicho cacaste y comenzaba a sacar historias, frases y poemas. Lo escuchábamos con atención, para que se nos quedara,  lo que con su voz grave y pausada nos contaba. Pero el cacaste era infinito y nunca se vació, por lo que no llegamos a conocer ni siquiera la millonésima parte de su contenido.  Una tarde, de un sábado de marzo de mil novecientos ochenta y cinco, en Kaminaljuyú; lugar donde sobre un montículo maya construyó su casa-templo, me contó que después de vagar por el mundo, pasado un tiempo, decidió escribir sobre papiros, imitando a los antiguos escribanos egipcios, lo que sacaba de su cacaste.  Poco a poco, de vez en cuando, nos entregaba a los amigos esos textos, algunas veces en forma de libros, otras como folletos y no pocas ocasiones en manuscritos. Fue así como un día le entregó a Luis Ortiz  “Los poemas de Al Farid”, uno de los nombres que usó en tiempos  pasados, con el encargo que los compartiera con los demás. Hecho esto, cansado de tanta injusticia, y de tanta maldad, emigró a otras galaxias, en las que sigue compartiendo la sabiduría que lleva en su cacaste.  Es así pues que este manuscrito se quedó entre nosotros, escrito de su puño y letra. Es el que en, este momento, ya reproducido, se encuentra en sus manos, para que lo lea y lo medite. No se arrepentirá de hacerlo, porque es un tratado de sabiduría.

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