La tradición sostiene que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha. Es verdad, aunque no exactamente: Inglaterra seguía rigiéndose por el calendario juliano, mientras que España ya había adoptado el calendario gregoriano que hoy utilizamos.
En vida, Miguel de Cervantes y Saavedra padeció el anonimato literario y las estrecheces económicas. Su biografía parece una novela de aventuras: combatió en Lepanto, donde perdió la movilidad de la mano izquierda; sufrió cinco años de cautiverio en Argel, en poder de los piratas berberiscos dirigidos por el renegado Arnaute Mamí y trabajó como recaudador de impuestos, terminando en la cárcel por irregularidades en las cuentas reales.
Fue también un incansable viajero: Roma, Sicilia, Cerdeña, Lombardía, Lisboa, Nápoles, Argel y Sevilla. Esperanzado en encontrar un destino mejor, solicitó sin éxito cargos en la América española: Cartagena de Indias, Charcas —la actual Bolivia— y en la Capitanía General de Guatemala. Según la conocida tesis del filólogo Américo Castro, el hecho de descender de judíos conversos pudo haber pesado en aquellas negativas.
Pero si Cervantes permaneció en España, su hijo más célebre cruzó el océano. Los primeros ejemplares de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha llegaron al puerto de Veracruz en 1605, a bordo de la goleta Encarnación, el mismo año de su publicación. La gloria universal de don Quijote terminó compensando las mezquindades y desdenes que la Corona prodigó a su creador.
Hoy la presencia magistral de Cervantes en la literatura resulta indiscutible. Inauguró la novela moderna con Don Quijote y la novela corta con las Novelas ejemplares. Su modernidad consiste, paradójicamente, en ser deliciosamente arcaico. Cervantes fue el genio en el juego de registros y tiempos, asimismo en la travesía de los fantasmas de la mente por territorios ambiguos donde confluyen la gracia y la desgracia, lo serio y lo cómico, lo real y la burla de lo real.
En esto último reside una de sus grandes aportaciones: el uso consciente y eficaz de la parodia como técnica literaria, arraigada en la tradición castellana. La parodia, junto al humor, le permitió cubrir bajo la risa la tragedia esencial de la condición humana. No olvidemos, además, que Cervantes nos legó una novela que encierra una utopía y que hoy llamamos, con simpleza, lo quijotesco.
La intertextualidad, tan celebrada por la posmodernidad, ya era un recurso cervantino. Alrededor de Cervantes abundan los juegos de intertextualidad y, a veces, los plagios disfrazados de homenaje. Ahí está la falsa continuación del Quijote firmada por Avellaneda, a quien Augusto Monterroso llamó “malhechor”, aunque le reconocía el mérito de haber sido el primer gran copión original. Y está también Vida de Don Quijote y Sancho, no de Cervantes sino de Miguel de Unamuno, escrita tres siglos después. Unamuno quiso regenerar al Quijote para hacerlo prevalecer sobre su propio autor. Para él, don Quijote terminó siendo más real que Cervantes. Poco le interesaban las minucias filológicas, que dejaba “a eruditos y críticos”. Con la linterna quijotesca exploró la oscuridad del alma española y buscó en el pasado razones para creer en el futuro.
“Nunca segundas partes fueron buenas”, dice el refrán atribuido a Cervantes. Sin embargo, el propio Quijote desmiente el dicho: su segunda parte, publicada en 1615, supera a la primera.
Sobre la presencia del Quijote en América sigue siendo válida la afirmación del polígrafo guatemalteco Antonio Batres Jáuregui: “¡Mientras perdure el castellano en América, aquí también ha de vivir Cervantes!”. Lo entendieron Borges con su inmortal Pierre Menard, capaz de escribir palabra por palabra el Quijote cuatro siglos después; el ecuatoriano Juan Montalvo, cuyos Capítulos que se le olvidaron a Cervantes subtituló como “ensayo de imitación de un libro inimitable” y Augusto Monterroso, que veía en la risa la espada más poderosa del caballero manchego: el humor como “el realismo llevado a sus últimas consecuencias”.
Monterroso observó que los contemporáneos de Cervantes leyeron el Quijote entre carcajadas, mientras que los románticos, dos siglos después, descubrieron una novela profundamente triste. Quizá ambas lecturas sean ciertas. Esa convivencia entre humor y melancolía constituye una de las claves de la grandeza cervantina. No es casual que Monterroso recogiera esa tradición y convirtiera el humor en una forma de conocimiento y crítica. Como demuestra la investigadora española Francisca Noguerol Jiménez en su tesis doctoral La trampa en la sonrisa, la ironía, la sátira y el absurdo en la obra del escritor guatemalteco no son simples recursos humorísticos, sino instrumentos para desmontar convenciones, prejuicios y dogmas. En esa estirpe cervantina, la sonrisa nunca es inocente.
Más cerca de nosotros, Eduardo Halfon ha preferido inspirarse en Cervantes antes que en don Quijote. En su novela corta De cabo roto imagina el hallazgo de un legajo que prueba la estancia del escritor como funcionario de la Capitanía General de Guatemala, cargo que en realidad solicitó sin obtenerlo. Halfon convence precisamente porque construye una mentira verosímil: no pretende cambiar la historia, sino explorar aquello que pudo haber ocurrido. En El boxeador polaco vuelve sobre Cervantes cuando un profesor de literatura, también llamado Eduardo Halfon, intenta establecer un paralelo entre Cervantes y Mark Twain ante un auditorio indiferente. Más que un homenaje, es una declaración de filiación literaria.
Cuatrocientos diez años después de su muerte (1616-2026), Cervantes sigue siendo nuestro contemporáneo. No porque el tiempo lo haya conservado intacto, sino porque cada generación vuelve a leerlo de una manera distinta. Esa es la condición de los clásicos: no envejecen, evolucionan con nosotros. Don Quijote seguirá cabalgando mientras exista alguien dispuesto a confundir la realidad con la esperanza. Y quizá esa sea la mayor victoria de Cervantes: haber escrito un libro que, cuatro siglos después, sigue interrogándonos como si hubiera sido publicado ayer. El porvenir del Quijote es precisamente ese: una obra que nunca termina de escribirse porque siempre encuentra nuevos lectores dispuestos a continuar su viaje.
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