Fútbol, literatura y algo más

Una frase de Albert Camus sigue desconcertando a quienes se internan en su obra: «Todo lo que sé del ser humano se lo debo al fútbol».

Jaime Barrios Carrillo

junio 14, 2026 - Actualizado junio 14, 2026

El fútbol es un gran negocio, tan redondo como el balón. Mucho se ha escrito sobre manipulaciones, corrupción y violencia, hasta el grado de provocar guerras, como la de 1969 entre El Salvador y Honduras. Pero sobre el fútbol también han reflexionado grandes plumas de la literatura, el cine y la política.

Una frase de Albert Camus sigue desconcertando a quienes se internan en su obra: «Todo lo que sé del ser humano se lo debo al fútbol». ¿Cómo pudo haber dicho esto un premio Nobel y pensador existencialista? Sin embargo, Camus no fue el único escritor que vio en el fútbol una escuela de humanismo. Camilo José Cela, también Premio Nobel, escribió Once cuentos de fútbol y confesó que, aunque había sido un pésimo jugador, el juego le enseñó tanto sobre la derrota como sobre la imag

inación. Para fortuna de la literatura cambió los botines por la pluma, sin abandonar jamás la pasión por ese tearo popular donde once hombres persiguen una pelota y millones persiguen un sueño,

El cineasta y poeta italiano Pier Paolo Pasolini escribió páginas memorables sobre el fútbol y concluyó: «Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético».

La literatura y el fútbol han convivido más de lo que suele admitirse. Jorge Luis Borges desconfiaba del fervor futbolero porque sospechaba de las multitudes, mientras Eduardo Galeano convirtió al juego en una épica sentimental en El fútbol a sol y sombra. En una cancha aparecen las mismas pasiones que en los grandes libros: heroísmo, azar, gloria y caída.

Jorge Amado sostenía que en Brasil el fútbol había cumplido funciones de cohesión nacional, sobre todo durante la dictadura militar. No como opio, sino como una peculiar arena democrática donde las reglas se respetaban sin privilegios.

También Neruda observó en el fútbol una metáfora de la existencia. En un poema describe a unos hombres jugando en un parque:

Juegan, juegan.
Agachados, arrugados, decrépitos.
Juegan, juegan.
Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.
Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, dedica dos relatos al futbol. Uno de ellos trata de un jugador que ha hecho un autogol y resulta asesinado al regresar a su país. Nadie duda que se inspira en el defensa colombiano del autogol que eliminara a Colombia jugando contra Estados Unidos en un mundial.

El futbol también ha sido escenario de luchas civiles y culturales. Durante décadas, las mujeres iraníes tuvieron prohibido asistir a los estadios para ver partidos masculinos. Muchas ingresaban disfrazadas de hombres, arriesgándose a detenciones y condenas. La muerte de la joven Sahar Jodayari, que se inmoló tras ser acusada por intentar entrar a un estadio, convirtió el futbol en símbolo de resistencia femenina. Sólo después de fuertes presiones internacionales y de la FIFA, miles de mujeres iraníes pudieron finalmente asistir a un partido en Teherán en 2019, rompiendo una prohibición de cuarenta años.

Algo parecido ocurre en Afganistán, donde muchas futbolistas debieron exiliarse tras el regreso de los talibanes, o en Arabia Saudita, donde apenas recientemente se permitió a las mujeres entrar a los estadios.

En Palestina muchos niños juegan futbol entre ruinas y retenes militares. Allí una pelota puede ser también una forma de resistencia y de afirmación de la vida en medio de los diarios bombardeos.

Guatemala, pese a la enorme pasión futbolera de su gente, nunca ha logrado clasificar a un Mundial. Resulta paradójico en una tierra donde, siglos antes del fútbol moderno, los mayas ya practicaban el juego de pelota —el Pok-Ta-Pok— en ciudades como Tikal. Aquel juego tenía un profundo sentido simbólico: si la pelota ascendía representaba al sol, principio masculino; si descendía, a la luna, principio femenino. En ciertos rituales se creía incluso que el capitán del equipo vencedor podía ser sacrificado, el máximo honor por ofrecerse a los dioses. Irónicamente, algunos bromean diciendo que quizá por eso la selección guatemalteca prefiere perder.

El fútbol sigue siendo el mayor movimiento de masas del planeta. Antes de la globalización digital ya existía una pelota viajando por el mundo a velocidad emocional. Hoy, en tiempos de redes sociales e inteligencia artificial, un gol celebrado en Buenos Aires, Casablanca o Seúl se vuelve viral en segundos.

Por primera vez el torneo será organizado por Canadá, Estados Unidos y México, una alianza que parecía simbolizar la integración de América del Norte, pero que hoy aparece cruzada por conflictos migratorios y nuevas formas de nacionalismo supremacista y racismo blanco. Hace apenas semanas era incierta incluso la participación de Irán debido a la escalada bélica en Medio Oriente y a sus tensiones con Estados Unidos. Al mismo tiempo, un árbitro somalí con documentación en regla fue retenido durante horas en un aeropuerto estadounidense y finalmente deportado tras un extenso interrogatorio migratorio. El episodio recordó una verdad incómoda: el fútbol global se juega en un mundo que no es igual para todos.

A esto se sumó otra controversia: el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, otorgó un improvisado «Premio de la Paz» a Donald Trump, en un gesto cuestionado por su evidente carga política. La distinción, creada sin criterios claros, alimentó las críticas hacia una FIFA cada vez más cercana al poder económico y diplomático que al deporte mismo.

El Mundial de 2026 llegará así no sólo como espectáculo deportivo, sino también como escenario geopolítico. El fútbol promete unir, pero también expone las grietas del sistema internacional: fronteras rígidas, desigualdad en la movilidad humana y decisiones políticas que determinan quién puede participar del gran ritual global.

Y, sin embargo, el fútbol sigue funcionando como una tregua emocional. Durante un Mundial las ciudades cambian de cadencia, las oficinas se vacían y hasta la política parece hablar más bajo mientras rueda la pelota. Basta decir «el Mundial»; no hace falta agregar «de fútbol».

En América Latina el balón continúa siendo una forma de identidad compartida. Donde juega la selección aparece esa comunidad imaginada de la que hablaba Benedict Anderson: millones de desconocidos sintiéndose parte de una misma nación.

El eco de Maradona sigue presente, aunque ahora comparte el altar con Lionel Messi y con nuevas figuras convertidas en símbolos mediáticos y mercancías culturales al mismo tiempo.

También cambió la cuestión de género alrededor del deporte. El fútbol femenino ocupa hoy un espacio imposible de ignorar. Los partidos y torneos llenan estadios y millones de niñas y mujeres encuentran referentes que antes no existían.

Claro que el fútbol continúa cargando contradicciones: racismo en las tribunas, violencia digital, desigualdades obscenas y casas de apuestas invadiendo camisetas y transmisiones. Pero, aun así, cuando un niño patea una pelota en un barrio de Tegucigalpa, Rosario o Recife, el fútbol vuelve a ser una imaginación del futuro.

Eduardo Galeano escribió que «el gol es el orgasmo del fútbol». Y se quejó de tanto marcador cero a cero. Jorge Valdano afirmó que el fútbol no se juega con los pies sino con la cabeza y el corazón. Tal vez por eso la literatura se siente tan cómoda hablando de él. Porque ambos, el fútbol y los libros intentan responder la misma pregunta: qué significa el ser humano cuando gana o cuando pierde.

En un mundo cada vez más fragmentado y violento, el Mundial sigue ofreciendo algo antiguo y poderoso: la sensación de que, por un instante, el planeta entero late al mismo ritmo cardiaco.

La Tierra sigue siendo redonda. Y cada cuatro años vuelve a rodar como una pelota.

Habría que cerrar citando a Jules Rimet, creador de la FIFA y de los mundiales modernos: «Hay que tener mucho cuidado porque el fútbol se está convirtiendo cada vez más en un negocio».

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