Algunas representaciones negativas en el futbol que se expresan en Guatemala

En Guatemala, la clase dominante no es dirigente; quiero decir con esto que sólo domina pero no dirige hacia un proyecto de nación, a menos que sea su sentido oligarca de patria. Guatemala no tiene sentido de nación y eso se puede demostrar histórica y socialmente.

Mauricio José Chaulón Vélez

julio 19, 2026 - Actualizado julio 18, 2026

Esta columna está relacionada con la del domingo recién pasado, 12 de julio de 2026, por lo que sugiero leerla para contar con un mejor contexto. El enfoque de ambas columnas es sobre el Campeonato Mundial de Futbol de selecciones absolutas masculinas, aunque abordo temas del balompié en general, siempre con una mirada social y crítica.

La afición por un equipo de futbol tiene diversas causas: porque lo vimos jugar una vez y nos encantó; por sus significativas victorias que nos hicieron admirarlo; porque la admiración vino con la manera en que gestionaron dignamente sus derrotas; por su técnica, estilo y constancia; porque nos genera emociones que nos conectan con algo significativo para nosotros; porque nos recuerda la infancia y nos permite ser un niño o una niña de nuevo; porque nos trae a la memoria un evento o un contexto en donde fuimos felices; por su historia que hemos indagado y es meritoria de reconocimiento; por nacionalismo; por pertenencia familiar, de clase, étnica o cultural; por ideología que nos permite la identificación con el país, el club o con alguno de los jugadores; por agradecimiento porque ese país, esa ciudad o esa comunidad nos otorgó algo; por presión social; por moda, esnobismo o alienación; porque gustó el uniforme; porque alguno de los futbolistas cae bien o gusta de distintas maneras; por interés de negocios; porque nos produce algún tipo de capital. Por lo que sea, ser aficionado de un equipo de futbol encuentra, siempre, razones válidas para serlo, por lo que se hace muy complejo discutir quién es mejor o no y por qué nos inclinamos por uno o por otro.

Por supuesto que es importante tener claro cuáles son las causas que motivan el apoyo a determinado equipo, tanto las propias como las ajenas, con el objetivo de estar mejor situados en cualquier terreno y escenario. Todas pueden constituir una problematización para las ciencias sociales, las humanidades y el ejercicio del pensamiento, que plantean desafíos interesantes de análisis y complejidades que permiten profundizar en este fenómeno global que es el futbol y por supuesto que se pueden discutir.

Pero existe otro problema al cual debe prestársele atención especial: las representaciones negativas en el futbol que surgen del clasismo, del racismo, del machismo, del sexismo, y que generan descalificaciones y expresan la discriminación y el sentido de destrucción del otro, sin argumentos sustantivos y sin nada más allá de la miseria del pensamiento y de la práctica agresora, normalizada en sociedades y relaciones de violencia.

El futbol es una ventana muy grande que permite ver este tipo de prácticas. Pueden llegar a surgir mentiras que se convierten en verdades porque son ampliamente difundidas y porque se masifican de tal manera que se creen. Se van construyendo representaciones sociales sobre determinado jugador o equipo, basadas en criterios clasistas, racistas, sexistas, machistas, discriminadores y excluyentes que no abonan nada más que a la violencia y al odio, desde las bases de la desigualdad y de un sistema que hegemoniza de tal manera que hace que las grandes mayorías atravesadas por los mismos problemas piensen en función de esa hegemonía de la clase dominante.

Las redes sociales digitales posibilitan ver esto en amplísimas dimensiones. Por ejemplo, leí en una red social digital durante el último partido que jugó Brasil en este Mundial del 2026, que alguien se refería a Neymar Jr. como “el marero”, al mismo tiempo que otras personas lo comparaban con los jugadores de Noruega, situando sus comentarios hacia una supuesta superioridad de los nórdicos sobre los brasileños, especialmente Neymar. De inmediato pensé en que estas personas que expresaron estas ideas, de estar en una discusión presencial, son las que podrían argumentar que “yo no soy racista, pero…” y “no es por discriminar, pero…”, tratando, siempre, de que sus pobres y violentos argumentos sen aceptados sin discusión y tratando de disfrazar su verdadero sentido: la descalificación del otro que al final conduce a legitimar su eliminación como sujeto.

¿Por qué utilizar el término “marero”? En primer lugar, ni siquiera se tiene una concepción social, política, económica, filosófica y jurídica del por qué una persona integra un grupo criminal conocido en Centroamérica y algunas partes de México como “mara” y mucho menos las razones estructurales y superestructurales de esa grave problemática. La utilización del término “marero” se hace desde una connotación negativa, tan simple y mecánicamente que se normaliza al nivel de reducir el concepto sin ningún tipo de análisis de los fenómenos sociales que producen al sujeto marero. Es también una manera de marcar distancias: como Neymar le desagrada a esa persona, es significado como «el malo», «el inadecuado», «el que no debiera ser permitido» y quien lo nombra es «el bueno», «el adecuado», «el permitido», todo desde el inconsciente colectivo y la conciencia colectiva de los imaginarios sobre los valores que construye el poder hegemónico.

Además, la utilización de determinados términos para darles una connotación negativa siempre viene de las formas en que el poder que genera las desigualdades sociales decide las definiciones de las palabras. ¿Por qué no argumentar contra Neymar, si se amerita, desde lo meramente futbolístico? ¿Por qué no argumentar contra Neymar, si se amerita, desde ideas con sustento? ¿Por qué si Neymar molesta, no llamarle con términos adecuados que no sean clasistas? ¿Si algún jugador noruego es agresivo, se le llamaría también “marero”? Al mismo tiempo, con el partido contra Noruega algunas personas aprovecharon para expresar desde su inconsciente (o desde su pensamiento muy consciente) sus posiciones eugenésicas y de defensa de la blanquitud. Pero no toman en cuenta que las mismas selecciones nórdicas tienen jugadores de ascendencia no blanca en sus filas y en sus proyectos nacionales que comienzan desde los equipos infantiles. Pero, si no conviene, los discriminadores no lo hablan, sólo porque es Noruega. O pareciera que tener una actitud violenta es exclusivo de los brasileños y no de los noruegos.

Lo mismo sucede con el caso de Lamine Yamal en España. A muchos les molesta la presencia de este extraordinario y joven jugador en las filas españolas, porque piensan que estas deberían de conservar lo que para ellos es la representación del español: no negro, no indígena, no asiático, no árabe. Y si se puede, no judío, a excepción de que sea sionista si es que quien está expresando su verborrea discriminadora apoya al sionismo por ideología de extrema derecha y geopolítica pro occidental dominante. A todos ellos, Lamine Yamal les molesta por muchas razones: el color de la piel; su origen marroquí y ecuatoguineano; su identificación con el barrio de Rocafonda, en Barcelona, donde vivió su infancia y primera parte de la adolescencia, lugar obrero y de amplia multiculturalidad que es rechazado por las posiciones clasistas que fomentan la desigualdad.

Dicho de otra manera, la clase trabajadora solamente sirve para generar plusvalor, o sea ganancia, pero no para entrar en la élite de lo que las clases dominantes son. Y, lo peor de todo, es que muchos de los que discriminan a Lamine Yamal, son de clase trabajadora, por supuesto sin conciencia de clase, enajenados de su posición social como también el sistema los enajena del producto de su trabajo y ni cuenta se dan, pero con el imaginario de que son de una clase aparte: como aliados de la clase dominante resultan muy buenos alfiles, pero nada más. Inclusive, muchos sujetos en Europa que han comprendido, al menos de forma básica, la importancia de la multiculturalidad, no se comportan de manera discriminatoria, o varios no lo muestran en público, como sí lo hacen los alienados hegemonizados en países como Guatemala.

Otro caso es el de Francia. El rechazo al equipo francés con argumentos de que todos sus jugadores son africanos, no es desde una posición de análisis del colonialismo y sus consecuencias, sino desde el racismo. Quienes lo hacen, por lo general argumentan simple y pobremente que Francia “no tiene jugadores franceses”. ¿Cómo, según ellos, se definirá, entonces, la ciudadanía francesa? Porque ni siquiera entran en la problemática del colonialismo y de todo lo que conlleva la modernidad en sus complejísimos procesos.

Para ellos, Francia es solamente blanca e ignoran las prácticas de poder, resistencia, luchas, acuerdos, coerción y consensos que han generado que haya poblaciones de origen africano muy diversas en territorio francés, con pleno derecho de ciudadanía. Sea a conveniencia o no, y al final sea por lo que sea, son franceses, y si no existen las capacidades de discutir analíticamente las razones históricas, políticas, sociales y culturales de por qué juegan con Francia, el argumento de por qué están ahí por lo general se vuelve racista. Porque la razón de estos personajes discriminadores no es cuestionarse el colonialismo y la afección en los sujetos, sino insistir en que Francia no es Francia porque no es blanca. De ese tipo de esencialismos se nutren muchas de las posturas neofascistas que legitiman las acciones de Estados Unidos contra las distintas comunidades no blancas a lo interno de su país, el genocidio israelí sobre Gaza, la segregación y las políticas eugenésicas.

Otra representación negativa, lamentable como todas, es la molestia que causa la selección de México en varias personas de Guatemala. A pesar de que tenemos tanta influencia histórica y cultural mexicana desde tiempos prehispánicos, y de todo lo bueno que México nos ha proporcionado, prevalecen esas rencillas de la época colonial, heredadas por las clases dominantes a las que se les resulta haciendo el juego y con ello se termina siendo un instrumento de sus intereses. Los criollos del Reino de Guatemala querían que el Virreinato de Nueva España o Virreinato de México, no los controlase. El mismo Pedro de Alvarado, como uno de los lugartenientes de Hernán Cortés, procuró desde un principio asegurar su ambición y que se declarase estas tierras que terminó nombrando Guatemala como de su jurisdicción. Eso lo posicionaba de otra manera en las ambiciones coloniales, lo que permitió que la clase dominante española y criolla en lo que después fue el Reino de Guatemala tuviese sus privilegios que la desbordaron hasta ser lo que la clase dominante guatemalteca es hoy, aunado a los procesos del segundo liberalismo que consolidaron la oligarquía estructural.

El rechazar a México viene desde los procesos de la colonización hispana, aumentado en las actitudes chovinistas guatemaltecas. Muchas personas podrían argumentarme que en México también hay chovinismo, y tienen razón, porque es un fenómeno que ocurre en todos los países del mundo. Sólo que con Guatemala hay una diferencia: es notoria la descalificación a México con argumentos como «el nacionalismo fanático mexicano», «los comentarios de periodistas deportivos mexicanos respecto al futbol de Guatemala», «la corrupción en el futbol mexicano que ha afectado en eliminatorias mundialistas a Guatemala». ¿Por qué estos argumentos resultan muy pobres y hasta miserables en sí mismos? Vamos por partes. El nacionalismo mexicano puede parecerle fanático a algunas personas guatemaltecas debido a que Guatemala ha estado sometida a un régimen oligarca criollo de manera histórica, sin muchas aperturas que sí ha conseguido México. Si yo fuese mexicano, estaría muy orgulloso de mi país, con todo lo que ha logrado. Tampoco estoy idealizando o romantizando la historia de México, sino hablando en relación con lo que el nacionalismo mexicano genera en Guatemala. Los vacíos guatemaltecos son muchos y uno de ellos es el del sentido de nación. Si bien la nación es un invento, al menos plantea un proyecto más o menos unitario que le da sentido a la pertenencia.

En Guatemala, la clase dominante no es dirigente; quiero decir con esto que sólo domina pero no dirige hacia un proyecto de nación, a menos que sea su sentido oligarca de patria. Guatemala no tiene sentido de nación y eso se puede demostrar histórica y socialmente. El deporte, el arte, la cultura, la educación superior, la academia, los avances tecnológicos, la salud, sólo por mencionar unos cuantos pero significativos elementos, son incomparables entre México y Guatemala. Y más ahora en el contexto de los gobiernos de Morena, con amplios logros en materia social, política y económica que ya quisiéramos aquí. Por supuesto que el nacionalismo y la construcción del sentido de nación mexicana está repleta de contradicciones, pero el nuestro también y ni siquiera hemos logrado todo lo que México sí y tampoco hemos conseguido generar esa identificación con Guatemala más allá de lo que las ideas, las representaciones y los imaginarios de la clase dominante criolla oligarca ha configurado desde sus intereses.

El nacionalismo mexicano evidencia muchos de nuestros vacíos, nos los hace estallar en la cara. ¿Hay periodistas deportivos mexicanos que han sido descalificadores con Guatemala? Sí. ¿Cuántas veces no han tenido razón? Muchas, lo que sucede es que nadie quiere que se hable mal de su rancho. A Guatemala le sienta muy mal la honestidad y la claridad, porque también nos han quitado al posibilidad de debatir y a Guatemala le cuesta mucho salir de su posición de subalternidad complaciente. Esto se refleja en los microespacios también. Al menos México defiende lo suyo, con valentía y decisión. ¿Aquí, para cuándo? México con tres mundiales de futbol celebrados, dos de ellos se consideran los mejores de la historia, el de 1970 y el de 1986, con estadios de primer nivel, ¿y Guatemala? Nunca ha clasificado a un Mundial en selecciones mayores masculinas. Ni siquiera hablemos del más importante estadio en el país, el Doroteo Guamuch Flores, porque indigna su situación. ¿Corrupción en el futbol? ¡Por favor! Si Guatemala pudiera, sus altos niveles de corrupción ya la hubiesen llevado a actuar en contra de quien sea, por lo que no es válido rasgarse las vestiduras representando a México como una federación de futbol corrupta mientras la de Guatemala no.

Ya quisiéramos aquí ese apoyo a la selección nacional, perder de manera ajustada con una potencia como Inglaterra y haber ganado una medalla de oro en Juegos Olímpicos, por mencionar sólo algo de lo que tiene muy bien México en el futbol de manera reciente. Y sí, México en el siglo XIX también presentó intereses geopolíticos en Guatemala, pero no se compara con los imperialismos europeos y estadounidense. Los discursos historiográficos simplistas que refieren la anexión a México en 1822 y de los territorios de Chiapas y el Soconusco años después, representan a México como el expansionista, pero no dicen nada del papel de las clases dominantes y las distintas élites de Guatemala, responsables de mucho de lo que sucedió. Se fomentó durante muchos años una lamentable anti mexicanidad, sumamente injusta, porque no se debate sobre hechos específicos con la crítica del caso, sino que se generaliza, construyéndose imaginarios basados en falacias y que las siguen alimentando. Y esto se traslada al futbol.

También sigue vivo por ahí una representación negativa a Argentina, en la cual todavía se escuchan y se leen argumentos como la adicción de Diego Armando Maradona a la cocaína, como si Guatemala está libre de adicciones o el ser adicto a alguna sustancia define el valor de una persona ; o el célebre gol llamado la Mano de Dios contra Inglaterra en México 86; o las negatividades sobre Lionel Messi, simplemente desde los fanatismos entre el Real Madrid y el F. C. Barcelona o por su peculiar personalidad. También algunas personas descalificadoras argumentan el supuesto ego argentino, como si en otros países no existiera.

Porque si nos vamos a lo ideológico, como es el caso de Messi que a muchos nos molestó su complacencia con Donald Trump y su cercanía con grupos del poder hegemónico en Estados Unidos, eso se debate en su justa dimensión, pero si aparece la descalificación por motivos meramente subjetivos o que se vinculan a las características físicas de la persona y a las representaciones que se han construido sobre un país sólo porque algunos de sus ciudadanos han expresado ideas eurocentristas y ególatras respecto a su nacionalismo, los argumentos se desvanecen porque no se está debatiendo sobre eso, sino que se está trasladando al campo del futbol como si solamente con Argentina sucedieran ese tipo de situaciones.

Porque pasa también algo al revés: mientras muchas personas se niegan a apoyar a México, a Colombia o a otros países latinoamericanos, dicen a viva voz que sí apoyan a Argentina porque es América Latina, cuando en realidad lo hacen porque ahí está Messi, porque es el campeón del mundo, porque la selección argentina se ha posicionado de manera mercadológica y genera capitales económicos y simbólicos altos, además de representar una Argentina blanca. Esto no es general en todos los aficionados que apoyan a Argentina en Guatemala, porque hay aficiones honestas, sino que me refiero a los descalificadores clasistas y racistas. En este Mundial de futbol, ha surgido muchísima polémica con Argentina, generándose amplios debates en la opinión pública sobre supuestos facilismos otorgados por la FIFA. Existen argumentos de todo tipo sobre esto: desde los bien sustentados con análisis procesual y de situación hasta las teorías conspirativas más absurdas.

La historia sabrá hablar, de eso que no nos quepa la menor duda, para aclarar, totalmente o poco a poco, lo sucedido y aproximarnos lo mejor posible a la verdad. Es comprensible que algunas personas hayan decidido no apoyar a Argentina porque se sienten defraudadas en lo futbolístico por estas circunstancias, pero de eso a exponer juicios sobre bases que en realidad son clasistas o subjetivas hay mucha diferencia.

El racismo, el sexismo y el clasismo son castigados en muchos campos de juego. Pero en la realidad cotidiana no. Tampoco van a desaparecer porque exista un código penal. Están muy normalizados y en un país como Guatemala me he referido a casos específicos que tienen que ver con las formas y con los procesos con los que esta sociedad ha sido configurada históricamente. No son exclusivos de Guatemala, pero aquí están muy presentes desde especificaciones de la historia de este país. Ni se diga de las representaciones sexistas y machistas, que son las que tienen más extensión en el mundo y que merecen ser tratadas en otra columna específica sobre las representaciones negativas en el futbol.

Si se tratase de encontrar lo negativo en cada equipo de futbol que no es el nuestro, no seríamos aficionados de ninguno. Si es por corrupción, por arrogancia en el país, por periodistas que dicen cosas fuera de lugar, por egos demasiado altos, ni siquiera tendríamos que seguir a Guatemala, que, peor aún, ni siquiera clasifica a un Mundial. Por ello es por lo que algunos deben hacer un ejercicio autocrítico de revisar si sus posturas no son más por racismo, clasismo y discriminación que por otras razones; aunque si son así, es difícil que puedan ejercer la autocrítica.

No niego que todos los equipos y todos los países tienen sus aspectos negativos, eso es indudable. Pero, generalizar y ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio es mucho peor. Que el argumento sea sustantivo y no precario, porque el futbol da para mucho y para todos y, además, tiene tanto para discutir en la técnica, el arte y la historia, que es desde ahí que se deberían de sentar los debates.                                            

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