Mikis Theodorakis (1925-2021)
Los griegos modernos ya no son los atenienses de Pericles ni los espartanos de Leonidas. Pero están orgullosos de sus orígenes, conociendo su cultura y su historia. Y poseen la maravillosa música de los buzukis. Hace un tiempo un amigo griego me decía en Estocolmo que ellos estaban hartos de eso de tronar los dedos y silbar la música de Zorba cuando se escucha la palabra Grecia. Mejor dicho, Anthony Quinn danzando al compás de la música inconfundible de Theodorakis. Zorba, el verdadero Alexis Zorba, el del novelista Nikos Kazantzakis está presente a pesar de las protestas de mi amigo como un ícono de la filosofía de la vida. Y el actor mexicano Anthony Quinn (Antonio Rodolfo Oaxaca Quinn) se ganó el indiscutible laurel de haber puesto el espíritu griego en la cartografía del cine, y que luego se expandió a la cultura del planeta.
Mikis Theodorakis ha dejado un legado musical y humano perdurable. Y lo seguimos viendo con su melena al viento, la espigada altura y la mirada destellante dirigiendo una orquesta. Mikis siempre.
La musicalización del “Canto General” del poeta chileno y premio Nobel Pablo Neruda fue sin duda un éxito mundial para Mikis Theodorakis. Las alturas de Machu Picchu alcanzan aún más altura y Theodorakis con su música mostraba que había que invocar el nombre de América, pero no en vano. Esto significa lo expresado por el poeta español Celaya de que “la poesía es un arma cargada de futuro”.
En 1965 mi padre, entre sus múltiples ocupaciones culturales y pedagógicas, era conferencista en los cines foros que se organizaban en el teatro Capítol, o tal vez era en el Palace o el Fox. Después de una película escogida por sus calidades estéticas, la gente que quería quedarse escuchaba a papá hablar sobre sus impresiones sobre el film. Luego intervenían los presentes con comentarios y preguntas. No pudo faltar Zorba el Griego.
La música de la película llegó pronto a la casa en forma de “disco de larga duración” y la escuchábamos, como todos los discos recién comprados, en una consola alemana Grundig por la cual pudimos gozar la música del mundo en todas sus épocas. Era como una caja mágica de madera pulida perfecta. Y lo más notable con la música de Zorba era que mis padres la bailaban en reuniones con amigos. Se fue convirtiendo en un ritual de la época entre grupos intelectuales y artísticos.

Alguna vez alguien llevó un acordeón y desde mi cama en el segundo piso escuché la música de la danza de Zorba y las exclamaciones y aplausos de los invitados, entre los que estaban los estudiantes de psicología de mi padre Santiago Collado, Gastón Samayoa, Isabel de Sabbahg y Mario René “el Choco” Matute. Temprano había llegado mi tío Hugo Carrillo y al rato Elmar René Rojas y Magda Eunice Sánchez que estudiaban arquitectura, también alumnos de mi padre. Concurría también la inolvidable pareja formada por Myriam García Granados y el médico Francis Bendfeld que eran compadres de mis viejos, asimismo los hermanos Ricardo y Paco López Urzúa y otros que se ahora se difuminan en la niebla. Fue una fiesta larga en una noche lejana del Valle de la Virgen y los niños de entonces “ya no somos los mismos”. ¿Será así?
No vi la película sino hasta muchos años después cuando el llamado tecnicolor había supuestamente superado el blanco y negro. Era estudiante de filosofía en la Universidad de Costa Rica y creía que el futuro sería interminable. El filme me transportó a mi infancia que había dejado en Guatemala. Pero también creí que por fin había comprendido algo de lo que mi padre predicaba en 1965: que era más que una película, que era una verdadera obra de arte sobre el sentido de la vida y el amor al prójimo. Yo era un joven del tipo que coloquialmente llaman inquieto y los más académicos “ontológico” o también “crítico”, abundan los clichés. Sin embargo, poca atención puse al compositor de la música. Zorba era entonces solo Anthony Quinn.
A finales de los años setenta y ochenta los generales y coroneles de Guatemala bañaron el país en sangre. La Universidad de San Carlos donde yo ejercía la docencia no fue la excepción y fue sometida a un ataque sanguinario y atroz. “Muera la inteligencia, viva la muerte” parecía la consigna renovada del fascismo guatemalteco. La San Carlos era la San Carlos y no institución cooptada de hoy por la corrupción y el gansterismo.
Muchos de mis colegas y estudiantes fueron víctimas de aquellas mortales y cobardes embestidas de finales de los setentas. Hoy existe un monumento en el campus a todos aquellos mártires san carlistas caídos (más de setecientos) por haber pensado diferente. Yo tuve que irme al exilio. Recomenzar la vida. Me traje apenas la última imagen del volcán de Agua vista desde la ventanilla del avión que me arrancó de mi país.
En Suecia supe más de Mikis Teodorakis. Su música era muy apreciada por los escandinavos. La popular y bellísima cantante finlandesa Arja Saijonmaa no solo cantaba las composiciones de Theodorakis, sino que se unió a él para hacer giras mundiales porque había que contribuir a “cambiar el mundo”. Y el vocalista Sven Bertil Taube grabó un disco con canciones de Theodorakis traducidas al sueco. Fue de mis primeros discos comprados en el nuevo país. Había adquirido, por una nostalgia inconsciente, un tocadiscos Grundig de “alta fidelidad” y de segunda mano.
Mikis Theodorakis había estado en Escandinavia varias veces. Los artistas y músicos nórdicos habían hecho una fuerte campaña por su libertad cuando estuvo encarcelado, sin juicio, y sin más razón que haber producido música antidictadura y pro-libertad. Los militares prohibieron que su música se escuchara en radios y televisión y tampoco se podía interpretar en vivo. Esto sucedió durante el llamado Régimen de los Coroneles (1967-1974). Un miembro de la Junta Militar, el ministro del interior Patakós, acosó también a la cantante Melina Mercouri que vivía su exilio en París retirándole la nacionalidad. La gran Mercouri respondió diciendo a la prensa: “griega nací y griega moriré” agregando en seguida: “El señor Patakós nació fascista y morirá fascista”. Esta anécdota la he asociado con lo que expresó Miguel Ángel Asturias cuando algún coronel dijo que Asturias no debía decir nada de Guatemala pues “ni siquiera vivía en el país”. A lo que Asturias respondió diciendo: “ellos son los que viven fuera de Guatemala”. Y también a la condenable acción del régimen de Ortega en Nicaragua de quitarle la nacionalidad a personalidades como el escritor Sergio Ramírez.
Mikis Theodorakis fue un apasionado con la idea de la libertad. Sus textos huelen a mar profundo. Nos hace navegar más allá del Egeo, “el mar de la Odisea” como escribiera nuestro Gómez Carrillo en 1912 en su libro sobre Grecia. En especial hay una canción que pronto aprendimos porque se cantaba en las fiestas de solidaridad con Latinoamérica: “O kaimos” que se ha traducido como “Canción sobre la libertad”. Y Sven Bertil Taube la interpretaba con una emoción simpar. El texto habla de un mar inmenso que nadie ve. Hay también una tumba, dice, donde nadie muere. Y un sol que nunca se pone. Asimismo, hay una playa en cada alma. Sobre todo, existe un mundo digno para vivir ahí; algo que vale para tu vida, “tu propia vida” y los buzukis se apoderaban de nuestros oídos.
Ha muerto físicamente el enorme Mikis Theodorakis pero no murió en la memoria de la humanidad. Menos en la certeza de que los pueblos del mundo tendrán un mejor futuro, más allá de los coroneles, del egoísmo racionalizado y la corrupción. Acaso deberíamos levantarnos cada mañana imitando a Anthony Quinn cuando éste a su vez imita al Zorba de Nikos Kazantzakis y también al Zorba infatigable y eterno de Mikis Theodorakis. Y bailar con los amigos a la salida del sol que simboliza la esperanza. Lo demás no importa: la soledad, el exilio, las valijas.
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