Sobre Ortega y Gasset

Fueron memorables sus conferencias en 1928 en la Universidad de Buenos Aires que contaron con multitudinarias asistencias, y su posterior exilio durante la guerra civil española en donde también dictó muchas conferencias en diferentes ámbitos académicos y culturales.

Camilo García Giraldo

mayo 17, 2026 - Actualizado mayo 16, 2026

Ahora que estoy en Madrid les quiera hablar un poco de José Ortega y Gasset, el mayor filósofo español de la historia. Durante varias décadas del siglo pasado su obra fue muy leída y apreciada por intelectuales y escritores liberales del viejo corte del todo el continente latinoamericano. Fueron memorables sus conferencias en 1928 en la Universidad de Buenos Aires que contaron con multitudinarias asistencias, y su posterior exilio durante la guerra civil española en donde también dictó muchas conferencias en diferentes ámbitos académicos y culturales. En México hizo presencia activa a través de su discípulo y exiliado republicano José Gaos quien profesor de la UNAM. En Colombia el periodista y escritor Roberto García Peña quien fue durante muchos años director del periódico El Tiempo. Y, mi padre quien fue un destacado filólogo autodidacta y un extraordinario lector tenía en su gran biblioteca su obra completa. Y, allí comencé a leerla en mis años de adolescencia.

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José Ortega y Gasset, en su libro publicado en 1914 Meditaciones del Quijote escribió su famosa frase que resume una buena parte de su pensamiento filosófico sobre la vida humana “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Con esta frase Ortega nos quiso decir que cada ser humano es, forma su identidad en función de las circunstancias que le toca vivir. Algunas dadas por decisiones voluntarias y racionales que toma en el curso de su vida, y otras, impuestas o dadas por otros, o, por su propia naturaleza o por el medio natural que lo rodea. Es el conjunto de estas circunstancias las que forman la identidad o el yo de cada individuo, la condición específica y diferenciada de su ser.

Pero, además, cada ser humano es un ser vivo, un organismo biológico, y, al mismo tiempo, un ser racional pensante. Cada hombre es el resultado de la interacción entre las fuerzas de su vida y las decisiones que toma y los pensamientos que forja con el uso de su razón. Esta doble condición del ser humano constituye lo que es, lo que define su esencia. Cada hombre vive cuando actúa en una u otra dirección, de una u otra manera, en el escenario del mundo. Su vida se realiza y se constituye en virtud del conjunto de las actuaciones que realiza en el mundo como resultado de las decisiones que toma. Por esa razón, esa vida tiene un contenido racional. Es una vida biológica que tiene un carácter racional. Cada ser humano es un ser vivo de la naturaleza que tiene, sin embargo, a diferencia de todos los demás seres vivos, el atributo de la razón. Unidad, que expresó y resumió en su concepto de Razón vital, y, que expuso y analizó más tarde en libros como La historia como sistema, El tema de nuestro tiempo, Ideas y creencias, yLa rebelión de las masas. 

Esto significa que, para Ortega, la sentencia cartesiana es insuficiente para captar y entender lo que somos porque olvida la presencia de la vida que es el sustento básico y universal del ser de cada uno de nosotros. Por eso, es imprescindible sustituirla para una nueva sentencia que capte mejor el carácter fundamental de nuestro ser, la de que Vivo, luego soy. Somos seres humanos racionales y pensantes porque somos, ante todo, seres vivos. Nuestra vida natural-biológica precede y presupone a nuestra razón. Aristóteles sostuvo que los seres humanos somos “Animales racionales». Ortega, pensó que no somos simplemente animales racionales, sino más bien, seres vivos racionales porque al vivir ordenamos nuestras vidas en función de nuestros pensamientos y decisiones que tomamos, usando nuestra razón.
Ahora bien, así como la razón vital es la condición o propiedad común a todos los seres humanos, las circunstancias concretas que vive cada uno de ellos, los diferencian entre sí. Las circunstancias en que los hombres viven o realizan sus vidas son propias y específicas de cada uno. Son las que los individualizan, la que hace que sus vidas les sean propias y exclusivas.
Por eso, para él vivir es resultado de una decisión concreta que toma cada ser humano en cada circunstancia que se le presenta ante sí, y que está formada por el conjunto de acciones que realizan las personas, y las fuerzas naturales que lo rodean. Además, cada circunstancia de su vida se forja también por cada decisión que toma y cada acción que lleva a cabo. Pues, los seres humanos al realizar o empeñarse en realizar una decisión que han tomado, actúan en el mundo, o mejor, en el escenario del mundo, que les aparece así como una circunstancia, como una circunstancia esencial de sus vidas.

En efecto, la vida de cada ser humano, su bio natural, es el soporte con el cual actúa en el mundo social, con respecto a otros, para realizar sus decisiones o planes, o exponer y sus ideas y pensamientos. Y, al hacerlo no solo realiza actos físicos sino también y, sobre todo, actos lingüísticos, actos del habla, como lo mostró bien después el filósofo del lenguaje anglosajones John Langshaw Austin en su libro póstumo Cómo hacer cosas con las palabras.

Así, al emitir o pronunciar proposiciones lingüísticas ilocutivas una persona actúa, es decir, hace algo, como, por ejemplo, realizar una promesa, hacer una petición, dar una orden, etc. a otra u otras. Pero, también al pronunciar frases de carácter diferente como las perlocutivas hace algo en el mundo interior de quienes lo escuchan como sus interlocutores o como su público. Algo que modifica, así sea leve o imperceptiblemente, sus sentimientos y pensamientos. Y, al mismo tiempo cuando otra persona o personas nos hablan realizan las mismas acciones sobre nosotros. Interacciones lingüísticas que constituyen y forman el mundo en que vivimos diariamente.


Por esta razón los seres humanos somos, en nuestro ser esencial, actores lingüísticos en el mundo del que hacemos parte, en el que de alguna manera estamos arrojados desde que nacemos (Heidegger). Mundo, que, sin embargo, modificamos gracias el poder de los actos del habla que realizamos a diario, gracias a nuestras actuaciones e interacciones lingüísticas.  Modificaciones que pueden contribuir a ampliar enriquecer nuestro saber y fortalecer nuestros valores morales. Pero, que también, al contrario, pueden servir para fomentar la ignorancia, las mentiras y las ideas injustas. De ahí, que solo cuando los seres humanos deciden actuar lingüísticamente con el propósito o la pretensión clara de buscar o cerciorarse de la verdad y la justicia de las proposiciones que emiten podrán constituirse en verdaderos sujetos libres, en forjar circunstancias valiosas para sus vidas, tal como lo consideró con razón Ortega.   

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