Detalle de las honras fúnebres a Poncho Porres, en la Casa Roja. Foto: Archivo
La madrugada del 17 de abril de 2016 Poncho Porres partió al oriente eterno desde el Hospital General San Juan de Dios, muy cerca del que fue su último hogar, la Casa Roja. Ninguna de las personas que teníamos cercanía con Poncho pensamos en que su muerte ocurriría apenas unos meses después de su intenso activismo en las movilizaciones sociales iniciadas en el 2015 contra la corrupción en Guatemala, luego de los descubrimientos que hiciera la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y un Ministerio Público diferente al que lamentablemente existe mientras escribo estas líneas. Si con algo no podía relacionarse a Poncho Porres era con la muerte, a pesar de haber sido un ser humano que convivió con ella como lo dice la letra de una hermosa canción de Silvio Rodríguez, titulada precisamente Tonada de la muerte: “La muerte ronda conmigo / hasta muy tarde en la noche / yo voy a pie y ella en coche / silenciosa, de testigo. / Sabe que soy su enemigo / su hijo desobediente / por eso silba entre dientes / una tonada de aviso / y yo aún sin su permiso / sueño más resplandeciente”.
Cuando el féretro que llevaba el cuerpo de Poncho llegó a la Casa Roja para su velatorio, pensé en esa canción. Apenas el Domingo de Ramos 20 de marzo de aquel año nos habíamos visto. Me acerqué cuando él estaba conversando con un romano de la procesión de Jesús de los Milagros de la iglesia de San José, es decir, con un hombre que realiza su penitencia personal de tradición vestido como soldado romano durante todo el recorrido procesional ese día y colabora con portar estandartes. Poncho tenía una granizada en la mano y el romano josefino retornaba del baño de la Casa Roja. Poncho amablemente se lo había ofrecido. Hablaban como si se conocieran de siempre, en la banqueta, rodeados de toda la algarabía de la fiesta sacra con las campanillas que anunciaban helados y las voces infinitas de vendedores y vendedoras que ofrecían de todo lo que puede haber delante de una procesión de Semana Santa en Guatemala, con una alfombra de pino, corozo y algo de aserrín que podía haber servido para iniciar la toma desde ahí si se hubiese tratado de una escena cinematográfica. Y es que con Poncho no se podía dejar de pensar en el cine. Yo vestido de cucurucho, el romano con su atuendo particular y Poncho con su playera o camiseta de siempre, su pantalón de lona de siempre, sus zapatos de caminante de siempre, y con su humanismo que profundizaba su vocación de antropólogo, cineasta, escritor, maestro, artista y revolucionario de siempre. Y nos saludamos como siempre, como si apenas nos hubiésemos separado y nos volvíamos a encontrar.
Me ofreció un helado, se lo acepté y degustamos juntos esa que no sabíamos que iba a ser nuestra última conversación en persona. Hablamos de la importancia popular de la Semana Santa, me preguntó sobre la publicación de mis tesis de licenciatura y maestría sobre las relaciones de poder en la Semana Santa de la Ciudad de Guatemala, le insistí en que debíamos de realizar un documental sobre la Cuaresma y la Semana Mayor en la capital y luego hacer un ejercicio comparativo con otros lugares del país, hablamos de las imágenes obtenidas por Alfredo MacKenney sobre los rituales de Semana Santa en varios departamentos de Guatemala, me preguntó si ya había cargado y que si no quería comer algo en Casa Roja y descansar un rato. Nos despedimos, me dijo que pasara a cualquier hora el día que fuera durante las procesiones y que nos veríamos en la semana siguiente a la llamada de Pascua. Yo no pude ir a la Casa Roja esos días porque el retorno a las labores académicas fue bastante exigente y debíamos de terminar varios proyectos editoriales en la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos, por lo que me comprometí a retomar el programa de radio que teníamos en Otra Guatemala Ya, organización surgida en las movilizaciones del 2015, cuyo centro de operaciones era en Casa Roja, hasta la segunda quincena de abril. Yo llegaría el lunes 18 al programa de radio que llevaba por nombre Reconociéndonos: miradas del presente desde la historia crítica, que se transmitía por Radio Urbana, fundada por quienes integrábamos el colectivo Otra Guatemala Ya, y el martes 19 tendríamos una reunión con Poncho quienes formábamos el consejo editorial del periódico La Consigna, que era otro proyecto surgido desde las luchas del 2015.
Con Poncho mantuvimos comunicación telefónica después de la Semana Santa y algunos correos electrónicos, para las agendas de lo que serían nuestras reuniones presenciales y proyectos a futuro mediano, cuando la semana del 11 al 15 de abril trascendió que Poncho se encontraba con fuertes quebrantos de salud en el Hospital General San Juan de Dios y sólo se sabía que era una situación gastrointestinal. Las noticias fueron siendo cada vez más graves hasta que la madrugada del domingo 17 de abril llegó el fatídico mensaje de su fallecimiento.
Sus funerales fueron como eran los espacios que Poncho creó: profundamente literarios. No cabía nadie en la Casa Roja, porque parecía que aquel no se hubiese ido, sino que sólo había dejado el encargo de que sacáramos adelante la tarea y que se desaparecía como hizo tantas veces para retornar a sus adentros y proseguir en la lucha pero sin buscar protagonismo. El canto de Amigo, de Roberto Carlos, iniciado por el querido amigo Alejandro “Alex” Pineda, en el momento del sepelio, y que se entonó a unánime voz por los cientos de personas en el cementerio, fue el mejor cierre a toda esa luctuosa jornada que nos abrazó a todos y a todas que forjamos amistad con el Poncho. Fue un momento conmovedor y portentoso.
Es que aquel ser humano nacido el 12 de enero de 1960, “bajo el signo tozudo de capricornio, ¿verdad tocayo de horóscopo?”, como me dijo una vez entre risas, en Mazatenango, Suchitepéquez, hijo de Antonio Rocael Porres Ovalle y Rosa Nidia Flores, tuvo de cerca las contradicciones y compleja interacción de lo social entre el campo y lo urbano desde su temprana infancia, lo cual fue decisivo para lo que fue en su vida. “Mi papá me heredó su apellido, su segundo nombre, y entre él y mi mamá me heredaron ser el mayor de mis hermanos y mi hermana, pero también en darle sentido e importancia a lo que la gente te dice, sea quien sea que te hable. Ahí me fueron convirtiendo en antropólogo, en quien sabe escuchar para ser también algo de escritor y de registrador de sucesos con la cámara”. Esto lo apunté literalmente en una breve entrevista que le realicé en julio de 2015 para la clase de Temas Antropológicos Fundamentales que imparto a estudiantes del primer año en el Profesorado en Historia y Ciencias Sociales de la Escuela de Historia en la Universidad de San Carlos. Mi objetivo era mostrarles por qué hay personas que decidieron hacerse antropólogas.
El recorrido de Poncho fue profundamente ligado a esa definición que me dio sobre su herencia. Pero al final de esas palabras me dijo: “Escuchar con atención, para respetar, pero también para saber contradecir, criticar, hacer pensamiento crítico, praxis crítica, porque hay ideas y acciones que no son dignas de respeto. No se puede respetar nunca la idea del racismo o del genocidio, por ejemplo, pero debe escucharse con atención para saber qué criticar y qué apoyar”.
Y entonces Poncho supo utilizar el arte para que su vocación antropológica caminara mejor. Por ello es por lo que fue cineasta, fotógrafo, comunicador audiovisual, escritor -principalmente de cuento y poesía-, actor, periodista, gestor y promotor cultural. Todo ello situado desde el humanismo que siempre lo caracterizó, aunque no necesitaba nunca de ser condescendiente. Poncho ha sido uno de los seres humanos más auténticos con los que he convivido, que lo mismo podía saludar con un abrazo como bien sólo con un levantón de cejas y de una vez lanzar, sin protocolos, una idea que generaba algún proyecto o un profundo debate. Sus pasos por la Universidad de San Carlos en la Escuela de Historia y la Escuela de Ciencias de la Comunicación, por el movimiento revolucionario y por diversas organizaciones sociales dentro y fuera de Guatemala no sólo le proporcionaron los conocimientos suficientes para llegar a ser uno de los más relevantes trabajadores en la producción cultural y artística en el país, enfocado siempre a las luchas sociales, sino también ahondaron su apuesta por la esperanza. Poncho era clase trabajadora, y desde la academia, pero principalmente en su experiencia de vida, supo de las contradictorias relaciones sociales que definen históricamente a esto que llamamos Guatemala. Haber estudiado con los religiosos somascos en el Instituto Emiliani le abrió las puertas a entender mejor la situación de ser trabajador en esta desigual sociedad, siendo, como él mismo recalcaba, el terremoto de 1976 uno de los sucesos que le permitió ver esa brecha de desigualdad con mayor claridad, sobre todo cuando se integró a brigadas de asistencia. Hubo de trabajar en varios lugares para sostenerse mientras era estudiante universitario, logrando aplicar siempre esa perspectiva de vida propia que sabía no era exclusiva de él sino de todo un conglomerado social que conformaba la mayoría en Guatemala. En su primera producción audiovisual titulada como “El Soplo del Brujo”, procuró integrar la realidad sociocultural diversa, pero sin romanticismos, sino a partir de una lógica dialéctica, lo cual definió todo lo que hizo en adelante hasta el último día de su existencia.
El trabajo de Poncho Porres en el cine y la fotografía fue mayoritariamente documental y formativo, por lo que era al mismo tiempo que un documentalista de primer orden, también un pedagogo de la comunicación. Esto se vio reflejado en diversos proyectos, siendo dos de los más conocidos Luciérnaga y el espacio cultural y artístico Casa Roja. Sin embargo, los mejores logros fueron las personas que se formaron con Poncho. Varios proyectos de periodismo comunitario tuvieron su apoyo central, como otro ejemplo de su vasto caminar.
Su veta de escritor nunca dejó de llevar un torrente de fuerza. Todos sus trabajos audiovisuales y antropológicos escritos eran las del artista de las letras que también incursionó en la plástica. Publicó su obra poética y de cuentos en varias revistas y periódicos, siendo incluido en dos compilaciones antológicas: “Los 7 con versos” y “Los Novísimos”, esta última realizada por el escritor Marco Antonio Flores. Muchos de sus relatos eran cuentos infantiles, porque la ternura era una de sus esencias. Quien conoció muy bien a Poncho sabe de que en un ser como él se concreta aquello que dijo el comandante Ernesto Che Guevara, de que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor y sacrificio.
Poncho fue un asceta en la lucha por una revolución que cuesta tanto, pero que con pequeñas utopías se hace día con día. Su último refugio era en el pequeño altillo o algo similar a un tapanco en la Casa Roja, espacio que por lo general se llenaba con reuniones políticas, artísticas, educativas y culturales, pero que en el silencio de la madrugada era de Poncho en su cuartito, austero, casi como un escondite pero que no estaba bajo tierra, sino en la altura. Como su corazón y aportes, que son gigantes pero que siempre los manejó con la modestia de los inconmensurables seres humanos. Sin la Casa Roja no hubiese sido posible una de las articulaciones más grandes que definieron los acontecimientos de las jornadas de protestas y movilizaciones del 2015, y gracias a la generosidad de Poncho junto a las demás personas que desarrollaban la inolvidable Casa Roja como espacio cultural y artístico, esto fue factible.
Ya son diez años sin ese Poncho Porres parco, juguetón y amable, disciplinado con sus proyectos y con el trabajo para concretarlos, serio y decidido con la lucha por un mundo justo y humano, abierto sin lisonjerías, firme en mandar al carajo a los provocadores de tanto mal.
Son muchos los caminos hechos con su obra. Merece Poncho y merece el pueblo de Guatemala que esa obra se sistematice, se difunda ampliamente y sea un fundamento para un proyecto amplio de educación audiovisual en la construcción de pensamiento crítico, que tanto necesitamos en estos tiempos en que cualquiera con ínfulas de superioridad o de egos mal trabajados, o con el poder que el dinero permite ejercer, cree que puede decir cualquier cosa sólo porque sí e, incluso, promover mayor desigualdad y muerte. Al contrario, la obra de Poncho, como la de muchas otras personas, es lucha y es vida.
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