Carta al gato imaginario que escribió historias para mí

Con tus historias imaginarias he regresado a la niñez que me viene desde otro siglo, me reencuentro -al igual que tus amiguitos-, con papá y mamá, intentando como tú, Benito, encontrar el secreto de la alegría, cuando ellos encaminaron mis pasos a una escuelita parecida a la de Jazmin, quien llegó con su libro a cuestas y que ni aun la lluvia que lo mojó, dejó en el olvido.

Delia Quiñónez

septiembre 13, 2026 - Actualizado septiembre 12, 2026

Querido Benito:

Hace algunos días pude leer las historias y poemas que me hiciste llegar por medio de Giovany Coxolcá, un amigo tuyo y mío que sabe leer, escribir e interpretar muy bien todas las cosas que ocurren en la tierra, el cielo y aun lo que parece inalcanzable, como es la imaginación.

Debo contarte, que no tengo la edad de Rosita, Mabel, Jazmin, Dulce María, Boris y Alessandro. ¡Ya quisiera yo! Juntando todos los años que tienen ellos, no se llegaría ni a la mitad de los míos. Sin embargo, sigo siendo una niña, una niña vieja a la que, con tus historias y poemas hiciste que regresara a una tierra tierna y suave que se llama infancia. Me devolviste a mi niñez, al momento feliz del asombro y de las dudas; al territorio donde el tiempo se esconde y, a hurtadillas, intenta descubrir el mundo.

Precisamente en este punto de encuentro, el tiempo, el implacable, veleidoso e inasible tiempo, cabe en tu ronroneo. Se trata de un tiempo sin fronteras, donde niños, jóvenes y viejos nos aferramos con devota ansiedad, creyendo que perdurará en la medida en que sepamos descubrir sus misterios. Lo logramos a veces, pero es tan veloz que se nos va en el suspiro silencioso de los sueños y de la realidad que casi siempre pasa sin mirarnos. Nuestros amiguitos de la niñez, entre los que se incluyen los perritos, las palomas, las tortuguitas de patio, son parte de ese tiempo del que te hablo y con los que Giovany nos ha puesto en contacto, acaso con la intención de atraparnos en ese tiempo que a cada instante se escurre, como agua entre los dedos.

Ahora que con tus historias imaginarias he regresado a la niñez que me viene desde otro siglo, me reencuentro -al igual que tus amiguitos-, con papá y mamá, intentando como tú, Benito, encontrar el secreto de la alegría, cuando ellos encaminaron mis pasos a una escuelita parecida a la de Jazmin, quien llegó con su libro a cuestas y que ni aun la lluvia que lo mojó, dejó en el olvido; sí, con aquellas historias que escribiste para ella, para los niños y adultos que quieran alcanzar el aroma infinito de los sueños.

Ese Benito, que rima con gatito y con bonito, resultó ser un mago con las palabras y poco a poco se fue convirtiendo en mi profesor de lenguaje; su miau miau, a veces ronco y otras muy agudo, me llegó a los oídos como si las voces amadas de mi infancia volvieran con rumor de agua recién nacida.  Porque tú también fuiste a la escuela, y te enamoraste, a mi modo de ver, a muy temprana edad; aprendiste canciones, escribiste poesía y cartas a tu hermana, en medio de los verbos y los sustantivos con los que armabas tus historias, donde Rosita, su mamá y sus abuelos tejían palabras y las juntaban para crear nuevos mundos.

¡Qué maravilla recordar las lecciones de papá, que tú Benito, describes maravillosamente! Lecciones primerizas de un abecedario mágico, lógico, enigmático, e imperecedero.  Porque cada letra es una y se transforma en miles cuando las cambias de lugar y de contextos. He ahí, cómo al aprender esas grafías enseñas a transformar el mundo y, sobre todo, transformar a tus lectores.  Menudas lecciones, para crecer y multiplicar las bondades de la vida. Ciertamente, mucha magia en el poco espacio de una página en blanco. Como tú dices, a propósito de los números y las letras:

 “Tienen posibilidades infinitas de combinación, como la arena de los desiertos y las estrellas de la noche”.

Preguntas y reflexiones me han llegado desde las historias del gato imaginario que escribió para mí, sin saber que podía conmover mi corazón y mi pensamiento; sin saber que las pequeñas y las grandes historias viajan en medio de la luz y las tinieblas, de la tranquila levedad del ser o de sus tormentosos episodios de tristeza o desilusión.

Dices, Benito, “que la infancia no le impone límites a la imaginación”. Y eso es tan cierto, como que escribir para niños no excluye a viejos que seguimos teniendo el corazón y las energías de aquellos días donde la infancia solía recorrer el arcoíris con toda la sabiduría de los sueños, con toda la esperanza de quienes como tú, tienen no siete sino muchas vidas dispuestas a mirar al cielo con la transparencia milagrosa de la imaginación.

Dile a Giovany Coxolcá, que agradezco mucho que, por medio de esas historias y poemas, haya propiciado un encuentro contigo, para que mi pequeño mundo se ensanche y multiplique con los dones de un lenguaje que, como trigo limpio, alimente las bondades que la vida nos entrega por medio de la palabra.

Y como las cartas no deben ser largas para no aburrir, me despido de ti, regreso a tus historias y poemas, con un miau miau y un fuerte abrazo,

27 de agosto del 2026

Centro de Cooperación Española (Lux)

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?