Las escuelas de niños cantores y la fundación del Colegio de Infantes III Parte y final

Esta columna es la tercera parte de la serie publicada el domingo 14 y el domingo 21 de junio de 2026, por lo que sugiero y agradezco sus respectivas lecturas para comprender de mejor manera el presente texto.

Mauricio José Chaulón Vélez

junio 28, 2026 - Actualizado junio 27, 2026

Cayetano Francos y Monroy (1736-1792), el arzobispo fundador del Colegio de Infantes era originario de Villavicencio de los Caballeros, León.  Nacido el 7 de agosto de 1736, su formación educativa y eclesial se desarrolló en un contexto en el que el clero de la Iglesia castellana y leonesa buscaba retomar posiciones de poder frente al crecimiento de la influencia de las órdenes religiosas, particularmente los franciscanos y los dominicos, quienes en América eran muy fuertes. Francos y Monroy había estado en Salamanca y en el Colegio de Palencia, siendo rector de este último en 1765.  Por lo tanto, conocía muy bien la importancia de los colegios catedralicios, colegios mayores y universidades originadas en la organización de la Iglesia, lo cual se asume que fue determinante para ser nombrado IV arzobispo de Guatemala el 26 de noviembre de 1777. Desembarcó en el Reino el 7 de octubre de 1779, sustituyendo de forma definitiva al arzobispo Pedro Cortés y Larraz.  Dos años después de tomar la silla arzobispal en Guatemala, Francos y Monroy fundó el Colegio de Infantes, bajo los cánones de los colegios catedralicios de Castilla y León y con todas las influencias que había recibido en su formación y en su labor académica, siendo una de ellas la de formar niños cantores desde la tradición académica, estética, artística y teológica de las schola cantorum, es decir, las escuelas de cantores.  

Las Schola Cantorum: los niños del coro de las catedrales en Europa

El canto como alabanza en el cristianismo tiene sus orígenes en los cánticos judíos antiguos.  Sin embargo, la religión cristiana fue configurando la forma de sus cantos de acuerdo con las nuevas formas de interpretar a Dios, surgiendo las estructuras corales posiblemente en las abadías benedictinas, siendo el canto gregoriano una de las manifestaciones más importantes para la conformación de los coros de monjes. Durante el papado de Gregorio I (590-604) se llevó a cabo una reforma en los cantos, porque se consideraba que eran expresiones de suma trascendencia para dirigir las oraciones a Dios.  Se unificó una forma de cantar por medio de coros, por lo que se conoce como canto gregoriano a esta manera particular de canto eclesiástico.  Prácticamente, los cantos mozárabes fueron dejados de lado hasta su extinción. Es por ello por lo que durante los siglos IX, X, XI y XII el canto gregoriano ya estaba difundido por todas las regiones de Europa que estaban bajo la influencia de la Iglesia de Roma y ese tipo de coros se instituyó como el oficial en las liturgias y otros ritos eclesiásticos. Gregorio I es uno de los cuatro padres de la Iglesia latina, junto a Jerónimo de Estridón, Agustín de Hipona y Ambrosio de Milán y se le denomina san Gregorio Magno, canonizado en el 604 inmediatamente a su muerte y en 1295 fue declarado Doctor de la Iglesia.

Para algunos especialistas en el tema, fue en las abadías y luego en otros conventos, así como en las parroquias, en donde se comenzó a entrenar a cantores que conformaran los coros, con el objetivo de que la parte musical de la liturgia se hiciera lo mejor posible. Fue san Gregorio Magno quien estableció la Schola Cantorum como una institución eclesiástica con un alto grado de importancia.  Por ejemplo, en el año 844 el Papa Sergio II reconstruyó la casa de la primera schola cantorum de Roma, porque estudió en ella, al igual que los papas Sergio I, Gregorio II, y Esteban II.

Los cantorum eran funcionarios que dirigían estas escuelas, las cuales se convirtieron en lugares fundamentales para la formación no sólo de niños cantores sino también de futuros sacerdotes. Fueron adscritas posteriormente a las escuelas catedralicias, fusionándose entre los siglos XIII y XIV.  Ejemplos en Europa lo son Metz y Lyon (Francia), Saint Gall (Suiza), York y Worcester (Inglaterra).  En los monasterios y luego en las catedrales, las schola cantorum produjeron coros de alto nivel de excelencia, los cuales ejecutaban los cantos más elaborados en las misas y ritos especiales, sin participación del pueblo o de los feligreses comunes, ya que el grado de especialización fue muy alto.  En Francia el cantorum, es decir el director del coro y de la schola cantorum, pasó a llamarse chantre, término que fue adquirido por la Iglesia católica en los siglos posteriores. De ahí que en la Catedral de Guatemala al momento de fundarse el Colegio de Infantes, el chantre pasó a ser un funcionario eclesiástico central para el nuevo colegio de los Seises.

El Colegio de San José de los Infantes se inscribe en estas caracterizaciones históricas.  Fue creado con carácter catedralicio, es decir, que los alumnos debían servir como monaguillos y formar parte del coro de la Catedral, al estilo de los colegios que funcionaban en Europa. Sus primeros alumnos fueron doce, de los cuales, como se dijo en las columnas anteriores, sólo dos no se ordenaron de sacerdotes. Estos doce alumnos fueron seleccionados atendiendo su calidad de voz que poseían para el canto.  Fueron, así, los primeros y únicos “seises” guatemaltecos y así prosiguieron siempre en número doce, hasta que el colegio aumentó el número de sus alumnos.  En España, según lo indica el historiador Bernabé Bartolomé Martínez (Historia de la Acción Educadora de la Iglesia en España. Vol. I. Madrid: Universidad Complutense, 1995) estos colegios de niños cantores, fusionados ya con los colegios catedralicios, estuvieron patrocinados por los cabildos, obispados y arzobispados, por lo que en el Reino de Guatemala fue el arzobispo quien encargó a la Catedral en la Nueva Guatemala el sostenimiento del Colegio de Infantes:

“Los componentes más pequeños de la comunidad catedralicia eran niños de coro, de la misma manera que los donati o monacelli de los monasterios, si bien, aunque con distintas misiones, también aparecen estos niños en las catedrales durante la Edad Media. El origen social, la edad, el número, las formalidades de admisión, oficio, género de vida y modelos de enseñanza en el período histórico que nos preocupa, ya han sido estudiados.

Ya en el Renacimiento, dos acontecimientos importantes cambian la suerte de esta institución de pequeños cantores. Por una parte, la definitiva secularización de los canónigos obliga a todos los residentes en los claustros catedralicios a salir fuera de ellos para ocupar viviendas y habitaciones de la ciudad o villa con capitalidad diocesana. Por otra parte, el desarrollo del arte musical y, en concreto, de la polifonía convierte al coro, órgano y orquesta catedralicia en una auténtica escuela y centro de cultivo musical. Dentro de esta organización, las voces infantiles de tiples o contraltos se convierten en una pieza fundamental, con la personalidad propia de miembro importante en la comunidad cantora y como elemento imprescindible para la grandeza y calidad interpretativa del canto litúrgico.

A este propósito, no conviene olvidar que músicos tan celebrados como Tomás Luis de Victoria, Pedro y Francisco Guerrero o Cristóbal de Morales fueron niños de coro en sus respectivas catedrales primeras.

En algunas historias de distintas diócesis o iglesias catedrales, en los estatutos o actas capitulares, vemos que estos niños, durante el siglo XVI, comienzan a vivir en una casa contigua a la catedral, bajo la tutela y enseñanza del maestro de capilla, quien, como beneficiado más técnico y mejor preparado en conocimientos musicales, ha sustituido al sochantre en la docencia de los niños cantores. Los libros de fábrica llevados por el administrador capitular y las propias Memorias o Fundaciones de Niños de Coro o Infantes nos recuerdan que su vida transcurre en régimen de internado. Desde estos mismos fondos archivísticos, hemos conocido que diócesis o catedrales con mayores posibilidades económicas, entre los siglos XVI y XVIII, se fundaron establecimientos más amplios bajo el título Colegio de Infantes para niños dedicados al canto y música eclesiástico- catedralicia. La mayoría de estos centros, como casa o colegio de niños cantores, carecen de una historia minuciosamente dotada o sostenida, al estar su supervivencia o normal funcionamiento sometidos a la variabilidad de las rentas fundacionales…”.

Al leer lo que indica Martínez e integrarlo con los análisis históricos sobre el surgimiento y desarrollo de las schola cantorum en Europa, así como con el contexto de la fundación del Colegio de Infantes, podemos comprender por qué el objetivo de Cayetano Francos y Monroy de fundar el colegio con ese nombre (Colegio de Infantes) y darle un carácter catedralicio. A 245 años de su fundación, esta serie de columnas es un pequeño aporte para su historia y la de la educación en Guatemala.

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